“A través del velo del tiempo”

Bueno, estas vacaciones de Navidad no he escrito ni una coma, es lo que tiene ser mami y tener que entretener a la familia todo el día. Pero, como tenía mono de subir algo a Internet, aquí cuelgo otro pequeño capítulo de esa partida de rol de Mundo de Tinieblas que estoy arbitrando, Redención.

Pequeña introducción: la historia tiene mucho trasfondo religioso y, a grandes rasgos, narra la lucha de un grupo de vampiros (en este juego, descendientes de Caín y, por tanto, malditos) para traer la Redención a su especie y poder retomar su vida como humanos. La primera parte de la campaña estaba situada en el siglo XIII y recorría diversos escenarios históricos: las Cruzadas, el saqueo de Constantinopla, la Reconquista española y, sobre todo, la guerra contra los cátaros en el sur de Francia.

El personaje principal, un vampiro Lasombra, se casó con una mujer cátara, de Occitancia, llamada Sybille. Milagrosamente, tuvieron descendientes. En las llamadas Profecías de Isaías estaba escrito que ella, su único amor, se reencarnaría más de 700 años después y sería la clave para conseguir la Redención de los vampiros. Para ello, deberían proteger a su descendencia a lo largo de los siglos. Sybille se reunió con sus hermanos de fe para compartir su final en marzo de 1244, en el castillo de Montségur, donde 200 cátaros fueron quemados vivos sin renunciar a su fe (podeís encontrar en Internet muchas páginas con información sobre la “herejía” cátara).


Las ruinas del castillo de Montségur (Francia)

Esta es la historia de cómo empezaría para la reencarnación de Sybille la segunda parte de la campaña, en el París del año 2000. El grupo de vampiros perdió la pista a los descendientes de la Sybille original, no saben dónde está ella y se les acaba el tiempo para encontrarla. Por su parte, la Sybille reencarnada no recuerda su vida pasada, pero tiene aterradoras pesadillas…

El cantante de rock Bertrand de Tolosa, que aparece en este escrito,  es otro de los vampiros de ese grupo especial: un trobador de finales del siglo XII, que ha decidido enviar al demonio la discreción exigida a su especie cantando su historia, con la esperanza de que, en algún lugar del mundo, ella recuerde… El vampiro que aparece al final es el hermano del personaje principal.


A TRAVÉS DEL VELO DEL TIEMPO

“… dolor. Un dolor atroz, lacerante, insoportable. El dolor se clava en toda mi carne como millones de diminutas agujas. A pesar de todo, canto. Sé que lo hago porque mi boca está abierta y mi garganta se mueve con la melodía. También hay canciones a mi alrededor. Pocas. Se van transformando en los gritos de los agonizantes a medida que las llamas nos alcanzan a todos, abatiéndonos entre el olor a carne humana quemada.

Debe ser mi turno, porque el dolor se clava en mis pies y lame mis piernas. El dolor es tan horrible que destruye mis nervios y, en un instante entre la vida y la muerte, dejo de sentirlo.

En esos últimos segundos, noto algo fresco en la cara y doy gracias por ese último regalo. Pienso que debe ser viento, porque se lleva el acre humo negro de los cuerpos en la hoguera el tiempo suficiente para poder ver el sol iluminando un cerro sobre el que se alzan unas paredes de piedra. Qué curioso. Ahora que estoy a punto de perder mi cuerpo me parece tan material, un esfuerzo tan primario de los hombres… Pero ese lugar no es sólo físico. Es lo que nosotros, mis hermanos de fe y yo, quisimos que fuera.

Mis pulmones se llenan de humo y los últimos vestigios de conciencia, de vida, empiezan a apagarse. No recuerdo el nombre de esa construcción, pero no es importante. Quisimos que fuera un lugar seguro más allá de las paredes de piedra. Un lugar construido sobre una veta de poder señalada por los antiguos paganos, un lugar donde late la energía de la tierra, conectándolo con el cielo. Un lugar donde todo hombre y mujer de buena voluntad podría encontrar solaz. Más allá de la religión, de la condición social… o de la vida y la muerte.

Dejo de cantar porque mi garganta está abrasada, consumida por las llamas. Mientras el resplandor de la hoguera es reemplazado por una luz pura, blanca, cometo mi último acto de atrevimiento. Espero que el Señor pueda perdonar el atrevimiento de esta pobre mujer.

Consagro mi voluntad, mi alma, parte de mis energías a hacer que aquel lugar sea el monte seguro que quisimos. Allí podrán acudir los hombres de buen corazón en busca de paz. Allá podrán acudir los Guardianes de la Tierra a velar por su antiguo lugar sagrado. Allá podrán acudir aquellos con el don de modelar las fuerzas de mundo en busca del maná que necesitan para su arte… Y allá podrán acudir los malditos del Señor. Los condenados a la oscuridad y la sangre. Los hijos de Caín. Nada podrá tocarles, ni siquiera el sol que representa la luz de Dios.


Este es mi regalo a los seres que viven en el mundo físico mientras me alejo de él, de la violencia, las guerras y la crueldad. Un lugar de paz para todos.


Mi último pensamiento mientras mi alma vuelve al lugar donde pertenece, por encima de los cuerpos que se convulsionan en la pira, por encima de donde los soldados celebran su victoria, por encima de los muros iluminados por el sol del amanecer, es para ti. Te amo. Siempre lo he hecho. Tengo fe en tu luz, en tu bondad, incluso si has caído bajo la Maldición. Velaré por ti y por nuestra hija desde allá a donde vaya, pero tú tendrás que cuidar de nuestra descendencia a través de los siglos. Ojalá pudiera salvarte ahora, pero las leyes que rigen el universo son inmutables por una buena razón. Ahora que vuelvo a la luz lo entiendo y me abruma saber que tendremos una oportunidad de traer la Redención a los demás Malditos.


Tu peregrinar por los siglos será tu prueba de fortaleza, tu demostración de valía. Igual que los nuestros se encerraban en la soledad de las cuevas durante años, buscando la fuerza para salir de ellas convertidos en Hombres Buenos, tú, y quienes te rodean, tendrás que demostrar tu valía a través del tiempo. Sé que lo harás, sé que conservarás tu humanidad a pesar de la Maldición de la Sangre.

Y, dentro de setecientos años, volveré…

…luz… luz blanca, pura. Bondad.

Algo de me aleja de ella a tirones sangrientos ¿A dónde? A un mundo primario, físico, de dolor y de cuerpos materiales que me asusta. No quiero irme, no quiero dejar la luz. Es mi hogar, es a dónde pertenezco. Pero, a pesar de esa sensación, sé que debo seguir los empujones, que debo entrar en ese estrecho túnel oscuro de dolor y sangre hasta emerger… ¿dónde? No lo sé, y esa incertidumbre me asusta.


Me posee una sensación extraña. No quiero ir hacia allí, no quiero enfrentarme a ese mundo de carne de nuevo, pero es… urgente que lo haga. Algo importarte depende de eso. Suspiro, intentando llevarme algo de la luz que me rodea a ese nuevo mundo de oscuridad, y me dejo arrastrar. La luz blanca se difumina, se desvanece, y paso por una inquietante penumbra.


Antes de que el dolor y el miedo se apoderen de mí, creo percibir algo… o alguien. Alguien me está esperando en ese mundo nuevo al que voy, pero parte de él, parte de su ¿alma?, está aquí, atrapada en esta penumbra. Hay tristeza y deseo alcanzarle para consolarle, pero no puedo. Sólo podré hacerlo si entro en ese pequeño trozo de carne que me espera. Hay más como él, cientos, miles de almas atrapadas en ese limbo gris y frío. De muchos emana maldad, pero de él, del que me aguarda, no. Sólo tristeza y anhelo. Como si llevara mucho tiempo esperándome.


Por él, me dejo arrastrar a mi nueva envoltura. El dolor estalla a mi alrededor. La presión, la sangre, los gritos, el sonido de un corazón… todo me asusta. Todo es violencia y carne, ya no hay luz etérea, ya no hay paz. Tiran de mí, me aplastan, me empujan… El miedo es tan intenso que grito. Unos pulmones diminutos se abren por primera vez y el grito de un recién nacido, de una nueva alma en esta tierra de dolor, anuncia mi venida al mundo…


La joven se incorporó en la cama de golpe, con un grito agudo. El pelo le tapó los ojos cuando agachó la cabeza, jadeando. Al cabo de unos segundos, se inclinó hacia la mesita de noche para abrir la luz de la lamparita con una mano que temblaba. Se miró los dedos como si esperara encontrarlos carbonizados en vez de con aquel suave color tostado o que se hubieran reducido al tamaño de los de un bebé.


-Joder…


Pasó las piernas por el borde de la cama y se levantó, caminando sobre unas piernas que no parecían responder a sus órdenes, hacia el lavabo de la habitación. La luz azulada del fluorescente la hizo parpadear, desconcertada, y contempló su reflejo en el espejo, asustándose de sí misma. Los grandes ojos azul pálido estaban abiertos como platos, enrojecidos, con las pupilas dilatadas. Todavía corrían lágrimas por sus mejillas y, de no ser por el moreno que había cogido aquellas últimas semanas, parecería que había visto un fantasma. Levantó las manos temblorosas para echarse hacia atrás la melena rubia, que el sol había aclarado hasta parecer blanca en las sienes, se retorció el pelo en una coleta improvisada y se agachó para lavarse la cara y mojarse la nuca.


Cuando tanteó para coger la toalla, tiró varios de los innumerables frasquitos que poblaban el mármol del lavabo. Suzanne había vuelto a largarse sin recoger, claro. Tampoco es que hubiera podido hacerlo, a juzgar por el estado de histeria-pre-hiperventilación en el que había salido de la Residencia para ir al concierto. Toda maquillaje blanco, sombras negras y búuuu-búuuu-soy-una-gótica-de-fin-de-semana. Ella tendría que haber ido también, no sólo porque la música de aquel tipo le chiflaba -como a medio planeta, sólo porque el otro medio no tenía equipo musical-, sino porque quizás se habría librado de las pesadillas.


Suspiró y colgó la toalla en su sitio. Necesitaba aire. Normalmente, las noches de septiembre en París eran frescas pero últimamente parecía que hubieran metido a la ciudad entera en un invernadero tropical. Notaba la camiseta de tirantes y los shorts ceñidos que llevaba pegados al cuerpo por el sudor. Salió del baño de nuevo hacia la habitación que compartía con Suz en la residencia. Estaba patas arriba, todavía con cajas de cartón de mudanzas por todas partes. El curso no empezaría hasta dentro de una semana, pero la mayoría de los estudiantes ya habían corrido a tomar posesión de sus habitaciones y a organizar todo lo que habían arrasado de casa de sus padres.


Ella no había traído demasiado equipaje -era lo que tenía vivir al otro lado del charco-, y su mitad de la habitación estaba ya ordenada. La de Suz era un caos. Había cajas y bolsas encima de su escritorio y al pie de su cama y ropa por todas partes. El saloncito que compartían, al otro lado de la puerta del dormitorio, tenía el mismo aspecto de campo de batalla. Eso sí, lo primero que había hecho Suz al llegar había sido coger las chinchetas e inaugurar la pared de encima de su cama con un póster casi a tamaño real del cantante de moda. Lo cual no les iba a ayudar en nada a concentrarse en los estudios en cuanto empezaran las clases.


Volvió a sentarse en su cama, indecisa sobre si intentar volver a dormir o distraerse. El reloj despertador marcaba las 2 de la madrugada. El concierto debía estar en pleno apogeo y el pensamiento le hizo levantar la vista, topándose con el póster de Bertrand de Tolosa. El nombre ya era raro de narices para un cantante heavy -perdón, “gótico-melódico”, como diría Suz-, pero es que no había nada de normal en aquel tipo. Para empezar, nadie podía estar tan bueno, no era humanamente posible.


El póster mostraba a un hombre atemporalmente joven sentado -más bien, despatarrado- en lo que parecía un sillón de madera o un trono medieval cubierto con una manta de terciopelo negro, con un águila grabada justo por encima de su cabeza. El tipo tenía el codo derecho apoyado sobre uno de los brazos del trono y descansaba la cabeza sobre su dedo índice, en pose interesante contra su sien. Estaba hundido en el trono, con las piernas abiertas de forma irreverente y tenía la mano izquierda extendida al frente, gesticulando una invitación con undedo, como si animara al observador a postrarse a sus pies. Lo cual, echándole un buen vistazo, no sería difícil. Llevaba unos pantalones de cuero negro, un cinturón grueso de plata y una camisa negra de mangas abombadas con puños abierta por delante hasta el ombligo, mostrando una generosa visión de un pecho fibrado, musculoso con una piel extra pálida sin mácula.


Pero lo que quitaba el hipo a la mayoría de las mujeres normalmente configuradas del mundo era su rostro. Bertrand de Tolosa -como se llamaba él mismo, a pesar de tener nacionalidad estadounidense- era rubio, con una larga melena hasta debajo de los hombros. El tono era extraño, de un dorado peculiar, como si el pelo fuera tan fino como hilos de ángel. Tenía las facciones angulosas,  delicadas, los clásicos rasgos de portada de revista de modas. Llevaba una gruesa cadena de plata al cuello de la que colgaba una cruz estrellada, anillos de plata en los dedos largos y toda una colección de ferretería diversa en ambas orejas.


En aquel póster lucía una media sonrisa entre seductora y demoníaca que dejaba ver otra de las cosas que hacía perder el seso a todos los góticos del mundo y a todas las jovencitas en general: colmillos afilados. O llevaba implantes para simular dientes de vampiro, en consonancia con su música, o era unos de esos tíos raritos que se los hacían limar por un dentista. Lo más probable es que fueran implantes, porque eran demasiado largos para ser los suyos de verdad; le rozaban el labio inferior. El tipo era como un cruce entre Marilyn Manson, un modelo de CK One y un ángel caído.


Pero la primera de las cosas que más la trastornaba a ella eran sus ojos. Debían ser grises, pero los focos de los conciertos que ella había visto por televisión o los de las sesiones fotográficas les arrancaban destellos plateados. Suzanne levitaría si la oyera decir aquello, pero había algo peculiar en esos ojos. Le recordaba las miradas que había visto en algunos niños o adolescentes en los campos de refugiados en los que había trabajado: la de alguien que ha visto todas y cada una de las miserias del mundo en carne propia y que, milagrosamente, seguía vivo. Lleno de rabia y muy frágil a la vez. Pero aquello no cuadraba con una estrella del rock, ¿no? Y, además, algo se agitaba en ella cada vez que miraba aquellos ojos, como si algo no estuviera bien. Eran grises, sí, pero, de algún modo, el color no era del todo… correcto. Lo cual no tenía maldito el sentido.


La segunda cosa que la trastornaba por completo y por lo que no había querido acompañar a su amiga al macroconcierto de aquella noche era su música. Ella no era una virtuosa, pero sabía solfeo, había recibido educación musical, no cantaba del todo mal y tocaba el violín y el piano. Así que sabía distinguir entre un auténtico músico y Britney Spears. Bertrand, si es que era su verdadero nombre, era un genio. Sin matices. Tenía grabadas todas sus actuaciones, sus vídeos y sus escasas entrevistas y le había visto tocar con auténtica maestría más instrumentos de los que podía nombrar, incluso algunos que sólo estaban en museos ¿Sus talentos como vocalista? Simplemente, tenía más registros de los que había creído posible en una garganta humana. Desde el rugido-derrumba-estadios de un cantante de heavy a las delicadas escalas de un castrati. Podía parecer salido de “Entrevista con el vampiro”, pero detrás de la pose había un talento que había hecho sucumbir hasta a los más reticentes críticos musicales del mundo.


A ella su música le daba pesadillas. Era como cánticos de sirena que la atrapaban, que llamaban a su alma, que creaban vívidas imágenes en su mente que luego se reproducían sin cesar en sus sueños. Muchas de sus canciones hablaban de guerras, de la hipocresía de los hombres de religión, de antiguas traiciones, de la búsqueda de la redención, de causas olvidadas a través de los siglos, de amores que sobrevivían al paso del tiempo. Siempre contado desde la perspectiva de cómo se sentiría alguien que hubiera vivido aquellos hechos y vivido hasta hoy. Todo ello con profusión de baterías, violines y velas negras. Incluso había conseguido que sus legiones de fans situaran en el tiempo las Cruzadas, la caída de Constantinopla o la tragedia cátara, dándole un baño a los profesores de Historia. Cuando algún periodista le preguntaba el por qué de esos temas, él se limitaba a contestar “porque quiero que la Rosa recuerde”.


La joven desvió la vista del póster y se dejó caer en la cama de través. Al momento, algo duro se clavó en su espalda. Hizo una mueca y metió la mano bajo el cuerpo para sacar la funda de plástico del CD que había estado escuchando justo antes de caer dormida. De Bertrand, por supuesto. Porque, a veces, lo que te asusta también te atrae como un imán. Y ella no podía dejar de escuchar su música porque, cuando lo hacía, con los auriculares y los ojos cerrados, dejándose envolver por su voz, tenía la estúpida sensación de que, de algún modo, estaba en casa. De que aquellas viejas historias de amor, valor, guerras y sacrificio le eran más familiares que la vida que había tenido hasta ahora. No es que se volviera loca por Bertrand, como la mayoría de fans. Su música era el vehículo que la trasladaba a alguna especie de sueño que no podía recordar. Como si la acercara a alguien. A alguien en concreto cuya historia estaba en esas canciones. Y siempre le dejaba una sensación agridulce y las lágrimas en los ojos. Como si algo se le escapara como arena entre los dedos, algo muy, muy importante. Y que, al no acabar de –recordar– entenderlo, le estuviera fallando a alguien.


Tumbada de espaldas en la cama, intentando respirar algo del aire caliente que se filtraba por la ventana abierta, se apretó los ojos con la palma de la mano. Eso, cuando la música de Bertrand no le provocaba directamente crisis nerviosas. La primera vez había sido con aquella balada que daba nombre al CD: “Rosa de Occitania”. Era uno de aquellos himnos heavies capaces de silenciar por completo un estadio y llenarlo de mecheros encendidos por los tipos más duros y tatuados del mundo. Comenzaba con un solo de algún tipo de instrumento de cuerda medieval, antes de dar paso a las guitarras acústicas. Era una canción de devoción absoluta que Bertrand cantaba con un lenguaje arcaico a una mujer desconocida, a la que llamaba “la Rosa”. Pero, al final, admitía que él sólo estaba cantando el amor que sentía por esa mujer otro hombre, el auténtico dueño de su corazón. Él sólo era el trobador.


Algo húmedo y tibio resbaló por sus mejillas y, sorprendida, se dio cuenta de que eran lágrimas. Otra vez. Y no había tenido ni que escuchar la maldita canción, sólo recordarla. La primera vez que la había oído, cuando había ido con Suzanne a la Fnac y habían curioseado el álbum gratuitamente, había acabado doblada sobre sí misma como si le hubieran dado una patada y llorando como si le arrancaran el corazón del pecho. Afortunadamente, los clientes habían meneado la cabeza con una sonrisilla y se habían limitado a pensar que sólo era otra groupie histérica. Así que por eso no había ido al concierto. Porque había algo en aquel hombre, en su música, que la aterrorizaba.

Hasta el punto de hacerle tener pesadillas y convertirla en la única freak del mundo que creía recordar su propio nacimiento. Lo cual, médicamente hablando, era imposible, como ella sabía bien. Por no hablar del fuego…


Contuvo un escalofrío y se dijo que era por el aire de la noche en su piel sudada, mientras la sensación de ser abrasada viva amenazaba con volver a salir del rincón en que la había encerrado al despertar. Dios, ¿es que no había tenido bastantes pesadillas espantosas de niña? Creía haberlas tenido bajo control a medida de crecía y que la lógica de la madurez se imponía sobre el sinsentido. Pero, de un tiempo a esta parte, habían vuelto. La de ser ser quemada viva era una de las que más veces habían conseguido despertarla gritando cuando era pequeña, aferrada a su osito de peluche mientras intentaba llamar a gritos a alguien que no sabía quien era ¿Por qué había vuelto a atormentarla, tantos años después?


Se abanicó con el CD más por costumbre que porque esperara encontrar algún alivio real al calor. Espera… Se había quedado dormida escuchando una canción de Bertrand, ¿verdad? ¿Cuál era? Se había comprado el CD hacía un par de semanas pero, a diferencia de Suz, no lo había escuchado de golpe. Las emociones que le provocaba cada canción eran demasiado intensas. Ayer se había atrevido a escuchar otra canción y creía recordar el track número 8 en el reproductor. Consultó la lista de canciones en la parte trasera del CD, resiguiéndolas con el dedo, hasta dar con la 8: “De hogueras y fe”. Bonito título pero poca información.


Sacó la carátula delantera del CD sin mirar la portada. Era el clásico librito con las letras de las canciones, fotos extras y agradecimientos. Se sentó en la cama con las piernas desnudas cruzadas y buscó la canción. No necesitaba la letra, pero sí algo de información. Bertrand siempre añadía notas sobre cada una de sus canciones, escritas como si él mismo hubiera vivido los hechos, interpretando su personaje de vampiro nacido en la Edad Media que tanto éxito le había deparado.


“De hogueras y fe” narraba la caída de un castillo y la quema de los resistentes en el transcurso de una guerra religiosa, pero no daba datos históricos, se centraba en las emociones de un testigo de los hechos. Ah, sí. Una reseña al final de la letra, escrita por el mismo Bertrand con una caligrafía florida que la imprenta había respetado: “El castillo de Montségur, bastión emblemático de los Cátaros, se rindió al ejército Francés el 16 de marzo de 1244 tras un prolongado asedio con catapultas. Un total de 226 Hombres y Mujeres Buenos fueron quemados vivos a los pies del castillo. Ninguno de ellos renunció a su fe. Todavía oigo sus gritos y recuerdo sus ojos azules, girándose hacia nosotros antes de dirigirse hacia la pira con el resto de sus hermanos. Dios te guarde hasta que vuelvas, mi Rosa”.


Oh, Dios…


Su mano estrujó el libreto convulsivamente mientras las imágenes de la pesadilla, de aquella visión atroz que la había atormentado desde pequeña, se liberaban de golpe y bailoteaban ante sus ojos. Se dobló sobre sí misma creyendo percibir el olor a carne quemada y alzó la cabeza, respirando profundamente. La silueta de unas murallas de piedra sobre una montaña se le quedó grabada y jadeó, parpadeando para aclararse las lágrimas. Oh, Jesús…


La mirada se le desvió hacia la portada del CD que sostenía en la mano y la sangre se le heló en las venas. La había visto, claro, pero nunca se había parado a estudiar los detalles. Las letras góticas “Rosa de Occitania” destacaban en plateado sobre un fondo negro y la mayor parte de la portada la ocupaba la imagen de una delicada rosa blanca de grandes pétalos salpicados con gotas de agua, algunas de las cuales resbalaban como lágrimas, enmarcada por llamas. En la esquina superior derecha, lamida parcialmente por el fuego, se apreciaba la figura de unas ruinas. Un castillo.


Santa Madre de Dios…


El castillo del CD era poco más que un montón de piedras sobre una montaña que se adivinaba imponente, pero ella no necesitaba de un estudio arqueológico para reconstruir cómo había sido la fortaleza cuando estaba en pie: los muros que veía en su pesadilla encajaban perfectamente, incluso con algún detalle adicional. Recordaba que una de las murallas estaba parcialmente derrumbada, igual que parte de la torre central, como si hubieran sido derruidas durante un asalto.


Soltó el CD con un grito ahogado, como si portara alguna maldición fatal, y saltó de lacama, recorriendo la habitación a pasos rápidos con la sensación de que el corazón se le había atravesado en la garganta, privándola de oxígeno. No debía mirar el póster, no debía mirar el póster…


Boqueó, echándose el pelo largo hacia atrás, y se precipitó hacia la ventana abierta, aferrándose con ambas manos al marco de madera. Tomó aire profundamente varias veces, intentando calmarse. Era una estúpida pesadilla, algún tipo de… de trauma infantil resucitado por un… por un estímulo reciente y lo que tenía que hacer esa deshacerse de aquel maldito CD, de todos los vídeos de aquel cantante y decirle a Suz que descolgara el dichoso póster o que se buscara otra compañera de habitación para lo que les quedaba de prácticas. Eso era lo que tenía que hacer o…


Parpadeó, interrumpiendo sus pensamientos inconexos mientras enfocaba la calle. La ventana de la habitación de la residencia estudiantil iba a dar a un parque, uno de los numerosos rincones coquetos de aire romántico dispersos por todo París. Sauces llorones de ramas largas, parterres de hierba, farolas de estilo imperial y bancos de hierro forjado con caminitos de grava. Normalmente, era un rincón acogedor al que muchos estudiantes acudían a leer por la tarde y que congregaba a bastantes parejas cuando caía la noche, murmurando en los bancos al pie de las farolas cuando no hacía demasiado frío.

¿Por qué todas las farolas estaban apagadas?


Sus ojos se dieron cuenta entonces de lo que estaba mal: no sólo el parquecillo, sino toda la calle que lo rodeaba estaba a oscuras. Sólo las luces que provenían de las otras habitaciones ocupadas de la residencia -que no eran muchas a principios de septiembre- y de los edificios de vecinos alrededor del parque rompían la penumbra. Había algo… algo que ponía los pelos de punta en aquella oscuridad, como si fuera más que la simple ausencia de luz, más profunda, más densa, como tinta negra que ocultara algo que se movía bajo la superficie.


Instintivamente, con el corazón latiéndole en las sienes, cerró la ventana, corrió las cortinas con un gesto brusco y bajó la persiana. Había… algo… algo que no quería que se acercara a ella.


Abrió y cerró las manos, plantada ante la ventana cerrada, mientras luchaba contra el impulso de salir corriendo de allí, precipitarse en la primera habitación ocupada por alguna otra estudiante que encontrara y pedir asilo bajo las mantas. Al final, sucumbió a esa necesidad.


Con la sensación de que alguien le estaba pasando un dedo frío por la columna vertebral, abrió de un tirón la puerta de la habitación y se precipitó a la pequeña salita a oscuras que tendría que cruzar para alcanzar el pasillo de la planta. En cuanto puso un pie en la salita se quedó paralizada, con la sensación de que todos los nervios de su cuerpo se habían roto.


Había alguien allí. En la salita a oscuras. La penumbra tenía la misma cualidad densa que la del parque exterior, como si estuviera viva. Y algo la estaba mirando desde el sofá del extremo más oscuro. En aquel momento entendió por qué muchas víctimas de asesinato no conseguían dar la alarma antes de que su agresor las atrapara. El miedo paralizaba sus gargantas igual que lo hacía con la suya. Sólo pudo gemir débilmente.


-Buenas noches. Siento si te he asustado, no era mi intención.


La voz, profunda y sosegada, era masculina. De algún modo, ella ya sabía que su asesino en ciernes era un hombre. Seguía sin verle, pero notaba su presencia como si llenara toda la salita. Las pocas neuronas de su cerebro que seguían funcionando registraron que hablaba inglés con una corrección británica, pero tenía un acento peculiar. Y había algo en aquella voz…


Oyó un rumor sordo de ropas y un crujido que le indicaron que el hombre se había levantado del sofá. Unos pasos suaves. Seguía sin verle. Empezó a parpadear con un tic nervioso.


-Paz.


La palabra parecía contener un firme mandato y una promesa de calma. Sin saber por qué, el nudo en su garganta se aflojó y ella pudo volver a respirar. El corazón seguía al borde del paro cardíaco, pero era como si hubieran untado su cerebro con un bálsamo de calma antinatural.


-¿Q-Quién es usted?- su voz, siempre tan suave, parecía un graznido.


Intuyó que el desconocido sonreía. Más pasos tranquilos. Las sombras parecieron arremolinarse. Habría tenido más lógica decir que el hombre había encendido una luz y que las sombras se habían retirado, pero eso no fue lo que pasó. Aquella oscuridad densa pareció ondular, concentrarse alrededor de su persona y fundirse con él, dejando solo la penumbra normal, atenuada por la luz de la mesita de noche encendida en la habitación que ella tenía a sus espaldas.


El hombre no era demasiado alto, pero parecía enorme por algún motivo. En aquella oscuridad, ella vio que algo largo se movía al caminar: una gabardina o una prenda larga negra.


-Soy un amigo que trae respuestas… Sybille.- el hombre sonrió y se acercó a un metro y medio de ella-. Te he buscado durante mucho tiempo, más del que imaginas. Este lugar no es seguro para ti, ya no ¿Vendrás conmigo, por favor?


Ella se quedó mirando la mano que le tendía. Por alguna razón pensó que era hermosa. Delgada, elegante, de huesos largos, extremadamente pálida. Con un grueso anillo de oro en el dedo mediano. La mano de un hombre cultivado, no de un asesino.


No tenía ningún sentido. No tenía maldito el sentido. Estaba a solas en su habitación, en pijama, a oscuras, fuertemente alterada con un tipo desconocido que había entrado Dios sabia cómo y que era casi lomás siniestro que había visto en su vida. Pero Sybille pensó que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía a salvo.


Extendió la mano hacia él.”



Estela que recuerda a los 200 cátaros abrasados en el Camp des Cremats, al pie de Montségur

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7 comentarios to ““A través del velo del tiempo””

  1. The pics really nice… Wish I could understand what you wrote… *sobs* Its good to see you using LJ. Btw, you could reduce your text under a LJ-Cut so that it won’t eat up so much space.

    • Hey, thanks so much for your comment, even if you can’t understand the text ^^;;
      It’s one scene of the ”Vampire: the Mascarade’ role playing game campaign that I’m currently mastering. The action is settled in Paris, in 2000, but all the plot is strongly historical. This chunk was more or less related to the war against the cathares, a catholical heretical group that flourished in southern France in the Middle Ages, and with the burning of 200 of them at the foot of Montségur castle. Hence, the pictures.
      Thanks for your suggestion about the LJ cut, I didn’t know how to find it, but I’ll try :DD

  2. Lif reaparece entre las sombras
    Eso es lo que tiene el verano, mi viaje a Buenos Aires y el tener enterrada la nariz en los libros de la Hermandad. Voy por V, así que luego de cotillear todas las cosas que encontré con internet, decidí no seguir queriéndome cortar las venas con mi —nunca puedo dejarla ir— decepción con el Butch/V, y ser jodidamente feliz con el próximo Qhuinn/Blay, decidí hacer acto de presencia con algo cortito, así sabes que estoy viva y retomamos el contacto ^^.
    ¡Vampiro: La Mascarada! Tuve uan paja y un embotamiento mental me leí todo lo que encontré sobre ese juego de rol porque tenía una organización parecida a la de mi sga ade vampiros xDD. Bueno, incluso cuando comencé VK me quedé en estado de WTF xDD!!
    En fin, iré a leer lo que posteaste que pinta demasiado bien; se me apagó la cabeza donde leí el siglo y de qué iba.

    • Re: Lif reaparece entre las sombras
      ¡¡Hola chiquillaaaaaa!!!!! Pleased to meet you again :DDD
      Ah, Vampiro:La Mascarada… es la Madre de todos Los Juegos de Vampiros. El mundo mejor estructurado y las habilidades y familias mejor descritas ¿Y qué decir de esos magos y lupinos para amenizar las veladas? Fantástico. Para mí es una adicción recurrente en la que voy cayendo a temporadas. La mierda es que, para jugar a rol, hay que tener algo qe escasea: tiempo. Tiempo para preparar las partidas (en mi caso, cada campaña requiere meses -y no va en coña- de investigación histórica) y tiempo para jugarlas.
      ¿Y qué es lo que yo no tengo, además de paciencia? Justo, tiempo.
      Así que de los nervios me tienes, intentando preparar esa campaña.
      ¿Vas por el libro de V? Creí que te habías leído toda la saga ^^;; ¿Has progresado en ese V/Lassiter que me tenía con palanganas anti babeo previo? Yo dejé escritas 52 páginas de V/Butch antes de vacaciones pero no pude escribir nada durante los días de fiesta por cuestiones de monipolización a manos de mi hija =.=
      Ahora estoy concentrándome en intentar acabar el epílogo de “Rosa de sangre”, antes de que la llama de la inspiración de VK se apague definitivamente ¿Soy la única que tiene la sensación de que el manga cada vez es máaaaaaaas lento y con menos contenido o es que estoy en una etapa oscura de mi vida?
      En fin, cuando lo termine *pone velas a Santa Rita* me concentraré en el V/Butch, en ir “construyendo” los capítulos, que ya tienen título cada uno. *sonrisa de oreja a oreja* Pues sí, al menos podemos ser jodida y asquerosamente felices con el Quhinn/Blay. Espero que la autora se atenga a su palabra y acaben juntos, no vaya a ser que, durante el proceso de revisión del manuscrito, la editora le cambie las ideas *Vane empieza a afilar cuchillos* Oh, y, por supuesto, queremos tantas escenas de alto voltaje entre ellos como entre las demás parejas hetero, ¿a que sí? *guiña un ojo*
      ¡¡¡Besoteeeeeees!!!!

      • Re: Lif reaparece entre las sombras
        Perdón por tardar, pero mi vuelta a la obsesión con el Final Fantasy VII me absorbe. Joder, ¿es posible traumarme por leer a Cloud o Sephiroht SONREIR? Y encima me metí en el culebrón de Clod/Aerith vs. Cloud/Tifa. ¿Qué te puedo decir? La eterna historia de mi vida fandomera.
        También digo, ¿es posible que haya empezado la psicóloga? Me asqueo y averguenzo de ello, pero al menos la jodida me ayudó a retomar mis musas y estoy escribiendo de nuevo, tanfo fics como originales. ¿Y adivina que terminé? SÍ! Familias poco convencionales con Rido, así que puedes leerlo cuando quieras y decirme que opinas, porque enserio, necesito saber en qué fallo y demás. Estoy muy seria con esto ahora que entro en carrera de Letras y Dibujo.
        ¿Sientes VK muy lento? Puede, pero creo que lo justifica el hecho de que estamos entrando a un arco mucho más serio y van a sacar a relucir el tanque de mierda que tienen detrás los cazadores, los vampiros y los planes de Sara. El arco de Kaname, vale decir; lleno de conspiraciones, culebrones y un buen chapuzón al mundo vampírico y a las triquiñuelas de lso SangrePura. Más bien, Hino está haciendo que nosotros seamos Yuuki y aprendamos con ella.
        Yo creo que cada “arco” se ajusta al “jefe final” de este, por lo que… no me extraña si se toma su tiempo en asentarnos y explicar antes de lanzarlos el asado a la cara. Me encanta saber que comenzará el politiquero y eso, pero me frustra el que la linea de la revista Lala sea tan “rosa” y poco profunda. Me hubiera gustado de VK se publicase en uan recista seinen o josei (manga para adultos), porque ya veo que todo lo jodido va a estar atenuado. ¡Me muero por ver al Ancestro! Y me jode las pausas y que sea mensual cuando me muero por saber de él.
        Y eso dí, odio que se le haya sido tan fácil tomar a Kaname las riendas del mundo de la noche. Bua, es Kuran, al fin y al cabo.
        De hecho, estoy en relectura de Hermandad, ya me la leí entera ^^. Es que me estoy tomando mi tiempo para aspirar todos los detalles (hasta las cosas que publicó alternas a los libros en su foro) y hacer un buen fics. Sabes que odio todo lo rosa, así que es un milagro que me guste la Hermandad. No es empalagosa, amen por eso. Prometo un V/Lassiter (si puedo hacerlo), BIEN duro ¬¬.
        En fin, te deseo suerte con tu fics de V/Butch y Rosa de Sangre, porque aquí hay alguien que se muere por leer ambas cosas (más lo primero que lo segundo desde ciertos extractos que me dejaron cachonda ¬¬. ¡Amo el V/Butch!).
        ¡Eres mala! Peor te quiero igual. Resulta que soy del tipo S+M :P.
        Al final nunca te di mi mail xD. No me importa que me lo vean, así que puedes escribirme a fma_3oct11@hotmail.com si te apetece cuando acabes con el fics de la Hermandad. 0 presión xD.
        Te cuidas, eh ^^?

      • Re: Lif reaparece entre las sombras
        Nena, te he intentado enviar un mail con fotitos pero me dice que es imposible localizar tu dirección ^^; O yo soy más inútil de lo que creía con los ordenadores, o algo pasa en tu dirección de correo =.=

      • Re: Lif reaparece entre las sombras
        Ah, pero yo también!
        No, cariño, mea culpa: dedazo en el mail xD.
        Es fma_3oct10@hotmail.com.
        Veamos si ahora lo escribí bien *se pone un par de antejos de pasta negra* Sip, ahora sip n_n.

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