“Amantes Liberados”, parte 1 del capítulo 8, “Empezando a volar”

Bueno, pues iniciamos la recta final con esta parte 1 del capítulo 8, y último, de esta historia. Ya no queremos más drama, ¿verdad? Vale, sólo un par de gotitas justas *guiño* Veamos, con esta parte cerramos definitivamente cuatro temas: la implicación de José de la Cruz en el mundo vampírico (y los flecos sueltos de lo que la poli averiguó de los restictores), la nueva vida de Layla, de Saxton y la relación de Blay con sus padres. Maticemos: con su madre, porque creo que la tensión con su padre no puede resolverse en esta historia. Sencillamente no me parecería realista pasar del rechazo frontal al “hijo mío, te acepto como eres”. En el mejor de los casos, eso requiere muchísimo más tiempo (sobre todo si hablamos de longevos vampiros) que el mes que ha transcurrido entre el principio de esta parte y el final de la anterior. Pero hay señales para el optimismo^^ Los detalles sobre el origen británico de la madre de Blay son inventados, hasta donde recuerdo en los libros no se menciona nada.

Más cositas, veamos… *repasando la libretita* Sip, supongo que estas alturas de la película lo de advertir que es un fic MA con escenas pero que muy explícitas entre machos, blablablbaba ya está un pelín pasadito. Peeeeeero: es mi deber^^ Ojito con cierta escena que viene… um… ¿cochina? Pues eso. Por otra parte, espero que por los comentarios de Butch y de Saxton podáis adivinar lo que va a pasar en la siguiente parte… *meneo de cejas*

En esta ocasión, el título del capi está inspirado no exactamente en una canción de Linkin Park sino en una que el cantante compuso con su anterior banda, se llama “Startin’ to fly”. “Empezando a volar” parecía el titular perfecto para este último capítulo y,  como es el último, voy a empezar a desgastaros de nuevo cierta palabra: GRACIAS. Os diré por qué en la siguiente parte pero el resumen sería “Por todo”. Por eso es la palabra que ilustra este montaje… *corre rápidamente a por su protección antibabas para el teclado*… que tuvo a bien hacer Vishous Esencia en respuesta a mi petición de “¡¡¡Auxiliooooooooooooo, soy una inútil, el potochop me odia, yo le odio y no sé cómo hacer una imagen!!!”. Él mejor que yo, ¿verdad? ¡¡¡Gracias tío, te kero muxo, muxo, muxoooooo!!!!

 

CAPÍTULO 8. EMPEZANDO A VOLAR. PARTE 1

Blaylock no habría creído jamás al idiota que le hubiera dicho que llegaría el día en que tomar un té y scones con su mahmen le pondría al borde un ataque de nervios.

Claro, tampoco habría dado crédito si le hubieran dicho que eso sería después de abandonar su familia por ser gay, de ingresar en la de Qhuinn, de haberse emparejado con él y de estar al frente de un esbozo de Ghardhyner. De hecho, habría muerto de un ataque de risa irónica si le hubieran asegurado que, un mes y medio después de haberse cepillado a un semidiós, ahora necesitaba que su pareja le acompañara para tener el valor de sentarse en el salón de té del hotel Savoy con su madre.

A veces, estaría bien poder tener una de esas bolas de cristal de las brujas.

—¿Estás seguro de que me quieres acompañar?— Blay miró de reojo a Qhuinn, recién salido de una maldita portada de revista gótica, de negro integral, recién afeitado y con sus piercings destacando en la piel dorada. Un auténtico puñetazo en las retinas para los habituales de aquella parte de la ciudad.

Caminaba por la calle como si marchara al frente de todo un ejército. Conquistando con su mera presencia. El señor de una Qhuinlandia de la que, contra todo pronóstico, él era el amo. La sonrisa Profidén que le disparó antes de pasarle un brazo como un leño sobre sus hombros le catapultó directo a la estratosfera mientras su estómago se quedaba pegado al asfalto.

—Respiiiiiiiiiiiira, Blay.— le apretó con el brazo y le meneó como a una muñeca—. Es tu madre, no va a sacar una motosierra para cortarte en trocitos y echarte al té.

—Ya…

Qhuinn no retiró su brazo y él se esforzó por no enrojecer como una amapola cuando las parejas de humanos bien vestidos se giraron a mirarles, murmurando por lo bajo. Durante los años en que se había limitado a mirar a Qhuinn desde la distancia del “nunca será mío” había fantaseado con cómo se comportaría ante los demás si alguna vez fueran pareja ¿Disimularía? ¿Sería de los que te meten mano en público? La realidad es que Qhuinn era completamente natural y desinhibido. Si le apetecía rodearle con los brazos, lo hacía. Si le venía de gusto darle un beso rápido, también. No intentaba magrearle delante de nadie, porque sabía que eso atentaba contra sus Muy Sagradas Normas de Buena Educación de un Macho de Valía, pero no se reprimía a la hora de dar a entender que Blay era su pareja y a quien no le gustara podía meterse una escoba por el culo, muchas gracias.

Blaylock seguía intentando asimilar ese comportamiento, junto con el hecho de que ahora vivían juntos en su habitación –Qhuinn había insistido en que su casa, de ahora en adelante, fuera el cuarto de Blay, no el suyo-. Y que despertaban juntos por la tarde. Después de haberle dado uso a las sábanas, por así decirlo, durante el día.

Joder, le costaba aceptar tanta dosis de alegría.

Respiró fuerte y se obligó a caminar con naturalidad, con las manos en los bolsillos y el brazo de Qhuinn sobre sus hombros. El Distrito Cultural ocupaba diez manzanas del corazón de Caldwell. Los teatros se alternaban con los museos, conservatorios y pubs donde la élite bohemia de la ciudad se daba cita para lecturas comentadas y sublimes audiciones. Todo ello frente a frente con el barrio gay, separados por la frontera invisible, pero muy real, de Penn Avenue.

En el Distrito Cultural se mezclaba la juventud que aún vestía al estilo parisino de los años 60 con los que parecían anclados en Woodstock y los humanos de mediana edad cargados de joyas que eran capaces de encontrar las diferencias al “Cascanueces” interpretado por el Ballet Nacional Ruso o el cubano.

A su mahmen, en cambio, le gustaba más el refinamiento dandy británico. Por algo había nacido en el Londres victoriano. Cada viernes quedaba con sus amigas de toda la vida para jugar al mus en su salón de té favorito, en los bajos del hotel Savoy, junto al muy shakesperiano Byham Theater. Hoy era sábado y había cambiado a sus amigas por su hijo… ex hijo… lo que fuera.

Desde que su mahmen le llamó, dos días después de salir del coma, habían hablado algunas veces más por teléfono, siempre en horario de trabajo de su padre, lo que le hacía sospechar que Rocke no tenía ni idea de que ambos se mantenían en contacto. Blay se obligó a arrinconar ese escozor y a centrarse en la invitación de su mahmen para tomar el té y charlar –no en casa, sino en un café- en cuanto tuviera un hueco en su apretada agenda.

El momento había llegado y estaba nervioso del demonio.

Llegaron a la puerta del salón de té, de donde salía un nutrido grupo de humanos que debían estar a punto de acudir a las sesiones matinales de conciertos, y Qhuinn ojeó los alrededores desde la ventaja de la altura.

—Mmmm… aún no la veo.

—No tardará, siempre es puntual.— Blay se arregló la camisa por mil millonésima vez. Hay que ver qué contraste eran los dos, el modelo gótico y el asiduo de Valentino— ¿Vas a volver a la mansión, a hacer otra vez eso que no puede ser explicado?

Qhuinn llevaba prácticamente desde la ceremonia de Ahna encerrado en la fragua con Vishous cuando no patrullaba con John. Parecía que los dos estuvieran preparando un atentado con gas sarín, a juzgar por el secretismo con que llevaban lo que fuera que hicieran. Su macho soltó una risa baja y negó con la cabeza antes de taconear con sus New Rocks en la acera.

—Nah, Butch se ha pedido a V para su noche libre. El poli tiene preferencia.

—Y no vas a contarme qué demonios estáis haciendo.— era más una afirmación que una pregunta porque Qhuinn no había soltado prenda hasta ahora.

—Ni bajo tortura, nop, nop.— meneó la cabeza levantando la barbilla, orgulloso de guardar el secreto de la fórmula de la Coca-Cola o lo que fuera—. Te esperaré en el Iron, ¿vale? Xhex les echa una mano a las Sombras hoy, así que John estará pegado a su culo y yo al de John.

Sip, esa era otra de las novedades de la era Post Lash. Hasta que se desatara un nuevo Armaggedon, las calles estaban tranquilas. El Omega también se había quedado sin Primer Restrictor; necesitaría tiempo para volver a encontrar uno y para que el elegido en cuestión reconstruyera la Sociedad Restrictora. Volvería a correr sangre por los callejones de Caldwell, porque así era el ciclo de la vida para los vampiros y sus cazadores, pero tardaría un tiempo. Por el momento, y extrañamente, Wrath les había dado la noche libre a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: John, Xhex, Qhuinn y él.

Aquel interludio de paz era lo que él necesitaba para poner en marcha su proyecto. Después de que Saxton arreglara el traspaso del patrimonio de Eckle como fondos fundacionales del Ghardhyner, las cosas se habían precipitado. La llamada de reclutamiento en nombre del Rey que había hecho Blay con ayuda de Tohrment había desbordado sus previsiones: resultaba que a los civiles de su raza les entusiasmaba la idea de tener alguien a quien acudir para que mediera en los conflictos entre ellos y con la glymera. Blay se había pasado una semana entera entrevistando a candidatos a “polis”, telefonistas, señoras de la limpieza y voluntarias hasta para llevar tarta de manzana a los futuros miembros del cuerpo. Gracias a la Virgen que Butch había estado a su lado para aconsejarle y ayudarle a discernir cuándo un candidato buscaba servir a la raza y cuándo vengarse de alguna antigua afrenta.

Lo de encontrar un local para instalar el cuartel general también había sido como buscar una aguja en un pajar. Debía ser céntrico pero discreto, con espacio de oficinas y también de gimnasio para que él y Butch pudieran entrenar a los futuros polis. De nuevo, la respuesta vino de Saxton y su conocimiento de las inmobiliarias humanas. Blaylock no podía estar más agradecido de que su camino se hubiera cruzado con el del macho. En todos y cada uno de los sentidos.

Sorprendentemente, Layla también había aportado otro granito de arena: los agentes recibirían heridas tarde o temprano y seguro que no todos estarían emparejados para poder llamar a sus shellans en caso de necesidad de sangre. Las Elegidas eran la mejor opción, especialmente las que, como ella, residían en Este Lado. Su conocimiento del mundo real –en comparación con las que seguían junto a la Virgen, claro-, las convertía en las mejor preparadas para atender ese tipo de emergencias.

Resultaba que Blay no estaba solo para sacar adelante el cuerpo de vigilancia. Él era el impulsor, pero en cuanto los demás habían oído el ruido de su motor habían aparecido las ruedas, los ejes y el chasis. El coche estaba listo para empezar a rodar con él al volante y los demás a su alrededor.

No había experimentado tanto vértigo feliz en su vida. Era la primera vez que tenía entre manos su propio proyecto, que le recorría la ilusión de lanzar una idea y que los demás la cogieran al vuelo, ayudándole a pulirla.

La expresión de puro orgullo posesivo de Qhuinn al mirarle era la pieza que completaba el puzzle de su sentimiento de macho de valía.

Si sólo sus padres…

—Mira, ahí la tienes.

Volvió a la Tierra con un sobresalto para ver a su madre acercarse a ellos por la acera, la pura encarnación de la discreta elegancia nobiliaria con su traje chaqueta gris, el bolso y los zapatos de charol negro y el pelo rojizo en un recogido que resaltaba sus rasgos limpios. El estómago de Blay se contrajo mientras ella se les acercaba con una pequeña sonrisa en los labios.

—Blaylock.— murmuró antes de ponerse de puntillas para poder besarle en la mejilla.

“Musk” de Cartier seguía siendo su perfume favorito y su abrazo era tal como él lo recordaba: la varita mágica para hacerle olvidar a los monstruos del armario, el dolor de barriga y los arañazos en las rodillas.

Mahmen… me alegro de verte.— por el rabillo del ojo vio la sonrisa reservada de Qhuinn y estuvo a punto de darse un par de sopapos. Su macho había crecido sin esto, no debía haber permitido que le acompañara, era un desconsiderado de m…

Hasta que su madre le soltó, se volvió hacia Qhuinn y él vio la mirada rápida que intercambiaron. Que le jodieran si no gritaba “¡Conspiración!” a pleno pulmón. Empezó a sospechar que su mahmen y su macho podían haber estado más en contacto esas semanas que él con ella.

—Señora.— Qhuinn sacó sus mejores modales y les dio brillo, inclinando un poco con la cabeza ante ella, tal como era costumbre.

Su madre envió la etiqueta al cuerno. Acarició la cara de Qhuinn con la mano derecha mientras con la otra aferraba la mano de su macho, apretándole fuerte.

—Me alegro de ver que te recuperaste del todo.— Miró en su dirección una vez y Blay pudo ver que sus ojos brillaban—. Cuida de mi hijo, por favor.

Mierda si los ojos bicolores de Qhuinn no le clavaron en el sitio al alzarse a mirarle.

—Todo lo que él me deje, durante todo el tiempo que tengamos.

Su madre bajó la mano que apoyaba en su cara para estrujarle la que le sostenía.

—Eres un buen macho, Qhuinn. Siempre lo supe.

Lo cual estaba tan cerca de ser una bendición a su emparejamiento como se podía estar cuando dicho emparejamiento era ilegal. Blay se quedó atascado en un parpadeo compulsivo.

—Os dejaré para que toméis el té y esas cosas de ingleses, ¿vale?— Qhuinn se acercó a él de una zancada larga y, aprovechando su estado de ensimismamiento idiota postraumático, le plantó un beso duro en la boca—. Te veo luego en el Iron. Señora.— Asintió hacia su muy ruborizada mahmen y luego echó a andar calle abajo, con las manos en los bolsillos y las miradas de medio mundo humano sobre él.

—Ah… p-perdona eso.— Blay apretó y aflojó los puños, queriendo abrir un agujero en el suelo y escurrirse hasta el centro de la Tierra. Su madre, toda buena educación, carraspeó con delicadeza, corriendo una cortina sobre eso que no había visto.

—¿Entramos? Seguro que no es el tipo de sitio que frecuentas últimamente, pero creo que te gustará.— Se colgó de su brazo con la naturalidad de años.

La siguió al interior del café como un manso borreguillo, todavía descentrado por el beso desinhibido de Qhuinn, sobre todo porque seguro que no había conseguido ocultar su expresión de estar flotando entre nubes de algodón.

El Savoy era uno de esos hoteles de principios de siglo XX, cuando aún se construía imitando a la madre patria del promotor de turno en vez de según el nuevo y modernísimo estilo norteamericano. En este caso, uno podía pensar que estaba en Picadilly: columnas de mármol, alfombras rojas, madera en el techo y mucho dorado. Al salón se accedía subiendo una escalinata de mármol y, entre las mesas, distribuidas de la mejor manera para respetar la intimidad de todos los comensales, circulaban camareros con el mismo complejo de pingüino que Fritz, empujando carritos cargados con scones, galletas, crema de leche y sándwiches.

También era el único lugar que ofrecía la ceremonia del té las 24 horas, lo cual era “deliciosamente rupturista con la costumbre y refrescantemente práctico para un vampiro”, en palabras de su madre.

Estaba claro que su mahmen era una habitual del sitio, a juzgar por cómo el chef le sonrió, besó rápidamente el dorso de su mano y se deshizo en cortesías mientras les acompañaba a su “mesa de siempre”, en un discreto rincón. El personal ya había desplegado la mantelería bordada y el juego de té de porcelana con rosas inglesas pintadas a mano.

Blaylock decidió que, si Qhuinn estuviera aquí, habría escogido ese momento para partirse el culo de risa y palmear al chef en la espalda con un “vale, tronco, ¿para cuándo las bebidas de verdad?”.

Rió por lo bajo sin poder evitarlo mientras se sentaba en el mullido asiento de terciopelo rojo, reflexionando de nuevo en cómo puñetas habían encajado así de bien Qhuinn y él cuando sus mundos parecían destinados a un choque en toda regla.

—Me gusta verte reír, siempre fuiste un chico muy serio. Qhuinn debe haber obrado un milagro.

Levantó la vista para encontrarse a su madre con los codos apoyados sobre la mesa y la cara sobre los dedos cruzados, sonriendo. Blay se concentró en desplegar una servilleta sobre sus piernas para no tener que mirarla hasta controlar su expresión de imbécil redomado. ¿Tenía que intentar desviar la conversación de ese punto? No es que se avergonzara de su macho –joder, no después de lo que le había costado tenerle-, pero tampoco era el tema ideal para discutir con tu madre mientras…

La llegada puntual del Señor Pingüino con toda la parafernalia le salvó por el momento. Pidió té negro con dos terrones de azúcar mientras su madre se decantaba por un Earl Grey con un chorrito de leche y, por un rato, se limitaron a alabar las pastitas.

—Estás revolucionando a media raza con tu cuerpo de vigilancia, hijo. En las reuniones de la glymera no se habla casi de nada más.— Por suerte, la diplomática nata que su madre llevaba dentro salió al rescate al cabo de un rato.

—Apuesto a que también se habla de Lash y del… desafortunado final de Eckle.— Se esforzó por imitar el tono falsamente grave de un noble compungido.

Su madre rió, tapándose la boca con la servilleta.

—¡Oh, no! Fue horrible, pero sólo alcanzó como tema de conversación hasta el Baile de Verano. Todos se escandalizaron mucho, desde luego. Pero ya sabes lo prácticos que son los miembros de la glymera en cuanto a los cuchicheos: una vez muerto alguien, no hay mucho más de lo que hablar. En cambio, tu papel de alguacil puede poner en jaque todos los privilegios de los nobles.— Le dio un sorbito al té—. Eso es un digno tema de conversación, especialmente al ver cuántos civiles has reclutado ya.

Um, ¿así que a los nobles les preocupaba que los civiles pudieran denunciar los abusos ante alguien con autoridad para investigar?

—Todo un escándalo, ya me imagino.— Asintió, tragando su tercer sándwich.

—Creí que siempre habías querido ser un Hermano.— murmuró ella con delicadeza.

Eso le hizo fruncir el ceño. Sinceramente, no lo había pensado. Las últimas semanas habían sido como una carrera a contracorriente por los rápidos del Gran Cañón del Colorado. Recuperarse, hacer el amor con Qhuinn y poner en marcha la maquinaria para el cuerpo de vigilancia había consumido todas sus energías pero, ahora que su madre sacaba el tema, la respuesta acudió sola a la punta de su lengua.

—Y sigo queriéndolo, mahmen, es el máximo escalafón en el servicio a la raza. Pero… también necesitamos otras cosas para prosperar. No digo que yo lo vaya a hacer perfecto, pero… —Se removió en el asiento—. Nunca he tenido un proyecto, algo que realmente quisiera de verdad. Siempre he estudiado porque era lo que tenía que hacer y me he esforzado por ser lo que esperabais que fuera… Esto lo deseo de verdad y, bueno… quizás algún día pueda ser admitido en la Hermandad. O no. Ahora mismo, esto es lo que me importa.

La mano de su madre, con el anillo de prometida en diamantes y zafiros brillando en el dedo anular, se apoyó sobre la suya, que arañaba el mantel.

—Siempre has sido más de lo que tú mismo creías, Blay. Más de lo que fue tu padre y más de lo que yo estaba preparada para afrontar.

—Nunca quisiste que peleara.

—Porque siempre tuve miedo de perder a mi único hijo.— Le acarició la mano con sus dedos suaves—. Blaylock, ¿no sabes cómo piensa una madre? Lo único que quiero es que seas feliz… y que vuelvas a casa sano y salvo. Pero eso habría significado matar lo que eres, lo que llevas en tu interior. Me ha costado, pero no me ha quedado otra que aceptar que tu felicidad está en las calles —puso voz de comentarista de peli de acción, frunciendo el ceño en pose heroica—, con todo el peligro y la acción.

Él tuvo que reír con su mala imitación de superhéroe.

—Creí que era porque querías que fuera como papá, que renunciara a luchar para ser, no sé, abogado o algo.

—Tu padre es tu padre, y tú eres tú. A él le gustaba ser soldado más por la adrenalina que por ese compromiso tan fuerte que tienes tú con la seguridad de todos.— Le soltó la mano y cortó delicadamente un trocito de sándwich para llevárselo a la boca—. Mmmm… exquisito.— murmuró después de tragarlo.

Blay se concentró en remover lo que quedaba de su taza de té con el ceño fruncido. Nunca se había puesto en la piel de su madre para intentar averiguar por qué se opuso con tanta firmeza cuando decidió apuntarse al programa de entrenamiento de la Hermandad. Sólo se cabreó con ella. Resultaba que únicamente quería que su retoño volviera a casa entero. A veces, las cosas más increíblemente sencillas son las que causan los mayores malentendidos. En cambio, Rocke…

—Papá pareció contento cuando empecé a pelear. Pero nunca me perdonará lo de —dilo, gallina, es tu macho emparejado—… Qhuinn.

Su madre dejó de cortar el segundo trocito de sándwich al punto.

—No tiene que perdonarte nada. No has cometido ninguna ofensa. Trato de hacérselo entender.— murmuró, y la serena alegría que venía luciendo se esfumó de su expresión, dándole una pista de cómo debía ser la convivencia entre sus padres en ese momento.

—Lamento que estéis teniendo problemas por mi culpa.

Ahí el ceño de su mahmen se volvió fiero.

—Cariño, tú no tienes la culpa de nada. Los únicos que tenemos la culpa aquí somos Rocke y yo, por haberte atrapado entre dos fuegos. No hemos sido justos contigo y deberíamos haberte apoyado en todo.— Bajó la vista y siguió cortando el sándwich con más fuerza de la necesaria, arrancando un chirrido al plato de porcelana con el cuchillo—. Sigues siendo nuestro niño y siempre lo serás. Y Qhuinn es casi como nuestro segundo hijo, ha pasado más tiempo en nuestra casa que en la suya. Ruego a la Virgen que tu padre lo entienda algún día.

Blay levantó la vista hacia ella cuando el instinto y los años de conocimiento de su madre se aliaron para darle dos tortazos en la cara con una conclusión repentina. El discursito había sido demasiado argumentado, demasiado de corrido, lo cual quería decir que su mahmen llevaba tiempo pensando en el tema.

—Lo sabías, ¿verdad? Que yo… que Qhuinn…— Quiso decir “que soy gay y siempre he estado enamorado de mi mejor amigo” pero, afrontémoslo, eso sonaba demasiado marica incluso para un marica.

Ella perdió la expresión enfadada y la cambió primero por una de sorpresa porque tuviera que preguntarle tal cosa y después por otra de ternura.

—Blay, mi vida, te tuve en brazos la primera vez que sonreíste. Y también la primera que frunciste el ceño con esa arruguita —estiró la mano para tocarle entre las cejas con una pequeña sonrisa— cuando no podías tener algo que querías. Soy tu madre, conozco todas tus expresiones, incluso las de disimulo ¿Cómo crees que podía pasar por alto la manera en que mirabas a Qhuinn? Y, por amor de la Virgen, no te sonrojes, no tienes por qué.

Blaylock tuvo que conceder aquel tanto a sus habilidades deductivas. Madre: 1 punto a la hora de hacerle sentir imbécil por haber sabido lo suyo por Qhuinn desde el momento en que había comenzado. Blay: 0 a la hora de disimular y/o ocultar su vergüenza.

Intentó poner cara de póker mientras luchaba contra el calor en sus mejillas hasta que cayó en la cuenta de que ella también conocía esa expresión. Dichosas madres y sus escáneres mentales, eran peor que el Hermano Vishous.

—Ya, os lo tendría que haber dicho antes.

—Y nosotros no deberíamos haber disimulado que lo sabíamos. Al menos, yo. El problema de tu padre es que siempre quiso hacer ver que no era cierto.

Blay dejó de pretender que comía. Apretó los puños sobre la mesa, sin levantar los ojos de sus gemelos de plata.

—Sigo siendo el mismo. Hago las cosas lo mejor que sé. Peleo, intento ayudar a la raza. Dejé la familia para no avergonzaros. Maldita sea, ¿qué puede importar ahora que… que me haya emparejado con un macho?— Al final la burbuja de amargura acabó estallando y miró a su madre sin ocultarla— ¿Sabes lo que más me jode? —A la mierda la educación nobiliaria—. Que papá nunca me echó en cara que lo que soy perjudicara a la familia por dejaros sin un heredero. Siempre me acusó de decepcionarle a él, cuando siempre he hecho…

—Shhh… shhhh, vamos, Blaylock, déjalo, mi vida.— Se inclinó sobre la mesa para poder pasarle una mano por la mejilla—. Tu padre está equivocado. Abordó el tema de la manera incorrecta, igual que lo hice yo cuando quisiste luchar. Los padres no tenemos ningún derecho a decidir cómo queremos que seáis los hijos. Aún así… No nos disculpo, cariño, pero… con lo que nos costó tenerte…— meneó la cabeza, volviendo a sentarse en su silla—. Es muy difícil no imaginar cómo serías, no proyectar ilusiones.

Alto ahí, pensó.

—¿”Lo que nos costó tenerte”?— preguntó con recelo.

—Olvídalo, cielo, no importa.

Oh, sí, ya lo creo que sí.

Mahmen… —insistió—. Cuéntamelo.

Ella paseó los ojos azules por todo el salón de té, desde la intimidad del rinconcito que les habían reservado, mientras jugueteaba con los bordados de la servilleta entre los dedos. Blay pensó que no le contestaría pero al final lo hizo, sin mirarle.

—Tuve… varios abortos antes de que tú nacieras.— susurró, con la vista fija en la mesa—. Y eso… las ocasiones que conseguí… concebir. La mayor parte de las veces, mi necesidad acababa… estéril.— Su larga uña pintada de marfil jugaba con los hilos de la rosa bordada—. Creímos que no podríamos tener hijos. Después, cada vez que me quedaba embarazada… la ilusión…— Volvió a sacudir la cabeza—. Algunos de los abortos fueron muy tardíos, cuando ya sentía al bebé.— Apretó los labios—. Entonces, en uno de los embarazos, conseguí pasar del octavo mes.— Le sonrió un poco, mirándole con los ojos brillantes—. Estuve en cama diez meses, por miedo a perderte. Rezaba todos los días, y tu padre conmigo, por que la Virgen nos dejara conservarte.— Se llevó las manos a la cara antes de seguir hablando—. Una noche empezaron los dolores de parto. Fue… tardaste dos días en nacer. Tu padre estuvo a mi lado, sin moverse, todo el rato, alimentándome cuando yo perdía demasiada sangre. Me quedé sin fuerzas… pero te traje al mundo.— Las lágrimas cayeron sin disimulo por sus mejillas—. Eras lo más hermoso que habíamos visto nunca, un varón sano, con una pelusilla rojiza y esos ojos… tan azules… —Sonrió entre lágrimas—. Havers dijo que nunca…. que ya no podría… —Tomó una honda inspiración temblorosa mientras buscaba un pañuelo en su bolso—. Perdona. Supimos que nunca tendríamos otro hijo. Así que supongo que… te presionamos demasiado. No eras solo el heredero, ni nuestro único pedacito hecho de los dos, de Rocke y de mí. Eras Blaylock, una persona… aparte. Y fallamos en eso.— Se secó las lágrimas con delicadeza para no correrse más el rímmel de las pestañas antes de mirarle muy seria—. Te pido perdón.

Blaylock se quedó como un pasmarote, sentado muy recto en el sillón de terciopelo rojo, sin parpadear, mientras su madre parecía esperar su veredicto. Nunca se había preguntado por qué no tenía hermanos. Incluso las familias mal avenidas o los matrimonios de conveniencia que se mantenían durante décadas, como el de los padres de Qhuinn, tenían varios hijos, por muy arriesgado que fuera para las hembras. La mortalidad infantil era elevada, sobre todo entre los machos, que debían pasar una transición más agresiva que las hembras, así que las familias hacían lo posible por garantizarse varios herederos en caso de fallecimiento.

Pero sus padres nunca tendrían otro hijo. Él había sido su única esperanza. Y ahora, al revelar su condición, al irse para ser libre, acababa de talar para siempre la rama de su familia.

Su linaje moriría en esa generación.

—No… no lo sabía, mierda, mamá no lo sabía. Cuando me fui… cuando decidí dejar la familia, creí que os hacía un favor. Que así podríais seguir sin… sin mi fallo y… —Se pasó las manos por el pelo, alborotándoselo, mientras su pierna iniciaba un ritmillo de puro nerviosismo.

—Blaylock, cariño, sé que eres inteligente pero a veces me pregunto si estás sordo.— le cortó ella.

¿Qué podía hacer uno frente a eso? Cerrar el pico y mirar a su madre, para empezar.

—¿Qué?

—Acabo de pedirte disculpas precisamente por haberte cargado con ese peso toda tu vida, aún cuando no supieras por qué.— Seguía con el ceño fruncido y los ojos enrojecidos—. Es la glymera y su —hizo un gesto con la mano, como si espantara moscas— retrógrado y… bárbaro código moral quien tiene la culpa. Quien te fuerza a escoger entre expulsar a tu hijo, dejándolo solo en el mundo, o que no tenga más remedio que abandonar su familia para poder vivir tranquilo.— Alcanzó sus manos a través de la mesa y se las apretó con toda su fuerza vampírica, mirándole fijamente—. Tú. No. Tienes. La. Culpa—enfatizó, apretándole a cada palabra—. No has hecho mal alguno, has sido muy valiente. La glymera al final tendrá que cambiar y personas como tú o como Saxton o Qhuinn estáis ayudando a que los demás jóvenes se den cuenta. Y el cabezacuadrada de tu padre acabará por entenderlo. Me aseguraré de ello.

Bajó la vista a sus manos enlazadas, con las palabras de su madre mezclándose con las de Wrath cuando hablaba de la recién decidida ampliación del Consejo del Princeps con tres miembros de familias aristocráticas menores: “La glymera tendrá que cambiar… o extinguirse”.

Nunca se había visto como un pionero en ese proceso, ya había tenido bastante con mantenerse cuerdo con su salida del armario y sus nuevas responsabilidades pero, analizado en perspectiva, quizás lo era. No sólo él, también Qhuinn, Saxton, Layla en su propia versión religiosa de la glymera… Y Xhex, que daría, con toda seguridad, el próximo paso en la lucha por la igualdad contra las leyes discriminatorias que les gobernaban, junto con Payne. Payne… que había demostrado que el ansia de libertad podía doblegar incluso el puño de hierro de una diosa hasta emparejarse con un humano. El propio Rey, casado con una mestiza y que había permitido la colaboración entre la Hermandad y la policía humana, a través de José de la Cruz. Y, antes que ellos, Vishous y Butch, que habían burlado las fronteras raciales y también las sexuales.

Gota a gota se hace el mar, pensó. Wrath había tenido razón. “El mundo está cambiando y la raza también. Poco a poco”.

Mierda, al final pasaría de sentirse un paria sacudido por los vientos a un pionero del nuevo mundo. Qhuinn se partiría el pecho de risa si se lo explicara; su macho vivía de acuerdo a su código, en el día a día, y dejaba las filosofadas para otros.

—Estás sonriendo.— murmuró su mahmen.

¿Lo hacía?

—Ahora tengo motivos.— Sacudió la cabeza para apartarse un mechón rebelde de la frente—. Gracias por contármelo. Todo. Por… tomarte un té conmigo.— Señaló la mesita bien servida con un ademán de barbilla—. Y por llamarme estas semanas para ver cómo estaba… es importante.

Su madre apartó las manos de la suyas y manoteó.

—Oh, he estado muy bien informada de tus progresos, créeme.— Volvió a sumergirse en su bolso, removiendo el contenido como quien busca petróleo.

—Sí, apuesto a que Qhuinn es un buen comentarista.— enarcó una ceja.

—Qhuinn es muchas buenas cosas. Ah, aquí está.— Exhibió triunfalmente una cajita de terciopelo negra antes de dejarla en la mesa, frente a él—. Vamos, ábrela, no va a morderte.

Blay tomó la caja con suspicacia. Su madre tenía el curioso don de hacerle pensar “esto no lo vi venir” y pillarle siempre por sorpresa. Abrió la tapa y sus pulmones se volvieron de cartón piedra. Miró a su mahmen con los ojos como platos. Luego a la cajita y vuelta a su madre. Ella sonreía como una niña en una travesura, tanto que tuvo que taparse los colmillos con un gesto elegante de la mano.

—Vamos, di algo ¿Te gustan? ¿El oro blanco te parece excesivo? ¿Quizás el ópalo?

—Son… son… -Tragó saliva y guardó silencio un momento— ¿Quién los ha encargado?

—Yo.— Adivinando el motivo de su pregunta, suspiró—. Pero tu padre consintió en pagarlos. Haciendo ver que no le importaba y gruñendo, por supuesto— hizo un mohín con los labios—. Qhuinn me envió el diseño, pero no sabe para qué lo iba a usar ¿Crees que le gustará?

—¿Gustarle? Dulce Virgen, es lo que siempre ha querido.

Blay se quedó con los ojos pegados a la cajita, sin poder creerlo. Allí, sobre un acolchado de terciopelo blanco, descansaban dos anillos. Más bien, dos sellos. Los aros y las bases eran de plata de primera ley, pulida y brillante como el mithril de los tesoros fantásticos. Las bases llevaban engastados los escudos de la casa Warrior, a la que pertenecían Qhuinn y él, delineados en oro blanco con incrustaciones de ópalo negro. Alrededor del pequeño escudo, forzando la vista, podían leerse las palabras “Honor, lealtad y servicio a la raza” en el Idioma Antiguo.

Sus sellos de casa. Los que acreditarían delante de todo el mundo que no eran dos descastados viviendo en pecado sino dos guerreros honorables con su propia línea de sangre. A Blay le importaba tres pares de huevos que la glymera no les aceptara y sabía que Qhuinn ahora pensaba igual, pero el impulso de poder decir que formaban parte de algo, que eran… joder, una familia, aunque fuera distinta a lo establecido, seguía ahí. Y para su macho, que jamás había podido lucir un sello…

—Tengo que enseñárselo a Qhuinn. Ahora.— De acuerdo, su expresión oral se había reducido a la de los indios de las películas, pero ya era mucho con el nudo que tenía en la garganta.

—Te han gustado.— Su madre señaló lo obvio.

A la mierda los modales en público. Blaylock se levantó del sillón como si tuviera muelles, con la cajita en la mano, y se abalanzó sobre su mahmen, agachándose para pasarle los brazos alrededor de los hombros y estrujarla.

—Cariño, vas a partirme el cuello! Ten piedad.— murmuró, con la voz ahogada entre sus brazos.

—Gracias, mahmen.— Esperaba que eso cubriera todo el sentido de su gratitud porque, francamente, seguía en modo apache. Incapaz de elaborar frases largas.

—Ve con Qhuinn, hijo— le instó cuando él aflojó el abrazo— ¡Y deja de estropearme el recogido, me ha costado una tonelada de laca!

Blay rió, muy consciente de tener todos los ojos de los humanos del salón de té fijos en su pequeña comedia romántica materno filial y sabiendo que su madre jamás había usado laca. Se agachó una última vez para darle un sonoro beso en la mejilla.

—Sí, sí, sí. Ahora vete y disfruta de lo que sea que hagáis los jóvenes en vuestras noches libres, va.— Le espantó con ambas manos, como a un bicho.

A fe que Blay pensaba disfrutar esa noche. Salió del Savoy como si tuviera alas de querubín en los tobillos y casi resbaló en la calle en sus prisas por alcanzar un callejón oscuro desde donde desmaterializarse. Forzar a sus partículas a volatilizarse y tomar forma de nuevo en un callejón solitario le costó varios segundos de respirar hondo para calmar su excitación. Dios, Dios, Dios… No podía esperar para enseñarle los sellos, sus sellos, a Qhuinn.

Giró la esquina del Iron y eludió la cola gracias a un asentimiento del segurata de la puerta. La densa oscuridad, rota por las luces violáceas de los candelabros del techo y el neón de las barras, le dio la bienvenida en una caricia susurrante. Blay caminó de puntillas para otear sobre el mar de cabezas con pelos de punta teñidos de negro y los cuerpos que se contorsionaban en la pista. Cómo esa gente podía bailar lo que escupían los altavoces era un misterio para él.

Allí. En la mesa de la Hermandad. Distinguió a Qhuinn como si fuera el norte al que siempre apuntaba su brújula, sonrió sin aliento…

… y perdió el paso.

Era la primera vez que volvían al Iron desde su combate contra el monstruo de final de pantalla y desde que estaban emparejados. Pero había cosas que nunca cambiaban.

Qhuinn estaba repantigado en el asiento de cuero negro, con los brazos sobre el respaldo y sonriendo, al lado de un John de aspecto aburrido. Su macho le sonreía a una tía con tan poca ropa que sólo alcanzaría para vestir a un Playmobil. Incluso desde la distancia, Blay podía ver que tenía las tetas llenas y pesadas, tensando el top negro, justo como a Qhuinn le gustaban. Y, al lado de la mujer, un tío tenía los santos cojones de sonreír a su macho. Como… sonreírle.

Los dos gritaban “danos por culo” tan fuerte que a Blay le sorprendió que no atronaran la sala.

Caminó hacia la mesa con pasos lentos y dudosos. ¿Así iba a ser, entonces? ¿Los dos podían estar emparejados pero, en cuanto pusieran un pie en el Iron, Qhuinn iba a proponer un intercambio de parejas? ¿O un trío? ¿O un “tómate un refresco mientras follo, Blay, por los viejos tiempos”? No quería creerlo, había estado seguro de que serían Qhuinn y él. Dos. Una pareja. Sin invitados.

Mientras se acercaba a la mesa, su macho dijo algo a los dos humanos y éstos se retiraron. Seguramente, para verse luego en los lavabos.

Blay metió la cajita de terciopelo en el bolsillo del traje mientras se sentaba al lado de John, con los labios fruncidos en una línea muy delgada.

OOO

—¿A los vampiros no se os dispara el colesterol?

—No que yo sepa. No conozco a ninguno que se haya vuelto lechuguívoro por necesidad.

Butch dejó los cubiertos cruzados sobre el plato, se secó los labios con una servilleta y luego se arrellanó en el asiento del Steak House con un suspiro satisfecho, mientras José de la Cruz le observaba con la adecuada expresión de disgusto envidioso.

Hijos de perra suertudos— murmuró el detective en español, ojeando los restos de ensalada césar y bistec magro de ternera de su propio plato.

Ambas cosas eran migas miserables en comparación con las costillas de cerdo con salsa barbacoa acompañadas de patatas camperas con especias que él acababa de meterse entre pecho y espalda. Rió, señalando la chaqueta del uniforme policial que De la Cruz había dejado, bien doblada, en una silla, junto con la gorra reglamentaria.

—¿Tu mujer ha decidido que los héroes no pueden tener barriga y esta vez no te libras del régimen?

—¿Tu informático consigue soportarte sin hacerte tragar la lengua?

—Es que le doy muy buen uso.

—Ahórrame los detalles. Quiero seguir viviendo con mi blanca inocencia intocada. —José levantó las manos en señal de derrota y Butch tuvo que soltar una risotada mientras meneaba la cabeza. De la Cruz tenía tanto de blanca inocencia como él o cualquiera que llevara años en el Cuerpo.— Y métete lo de “héroe” por el culo, sólo recogí el fruto maduro que me servisteis. Si alguien merece la jodida medallita sois vosotros, pero pensé que los demás polis no estarían preparados para conceder la bendita distinción a un desfile de tipos hormonados sudando cuero con un juego de banderillas en la boca. Además de que habríais tenido problemas de bronceado. La ceremonia de concesión fue esta tarde.

—Yup, 10.000 puntos para ti.— Butch sonrió ampliamente, aliviado ahora que su ex compañero parecía capaz de bromear sobre los colmillos tanto como sobre el tiempo—. Pero te mereces la medalla.

José sólo gruñó antes de pedir un par de cafés largos a la camarera y Butch aprovechó para echar una ojeada a la insignia prendida en la americana del uniforme, aunque su colega había hecho lo posible por doblar la prenda sobre la silla para que no asomara. En realidad, la distinción al Mérito Excepcional del Cuerpo de Policía de Caldwell no era una medalla sino una banda rectangular, con un recuadro verde a la izquierda y otro azul marino a la derecha, separados por una estrella verde de cinco puntas. Era una de las raras palmaditas en la espalda que te daban los jefazos de la poli cuando te habías jugado el pellejo en pro de algún extraordinario avance para el Cuerpo.

Desactivar las dos principales bandas armadas de la ciudad entraba en esa categoría, aunque hubiera sido con ayuda sobrenatural.

Butch agradeció el café a la camarera del Steak House con una sonrisa contenida y se mordió la lengua para no partirse el culo con el gesto amargado de José al disolver la sacarina en la bebida mientras él la endulzaba generosamente con azúcar. De la Cruz le había llamado para cenar –“o lo que sea que hagáis los vampiros a primera hora de la noche”- porque ya le pinchaban los huevos de tanto peloteo después de recoger la medalla esa tarde.

El alcalde había presidido la concesión de su distintivo, en las escalinatas de la jefatura central, y el comisario en persona le había prendido la banda en su uniforme. Después de haberles dado por culo, a José y a él, más veces de las podían contar durante sus años de servicio. Todo ante los medios de comunicación, claro, porque las medallas no sólo sirven para chuparle la polla al poli en cuestión -al que congelaste el sueldo durante años por “falta de recursos públicos”-, sino también para exhibir músculo policial ante la ciudadanía y convencerles de que la Ley les protege, además de multarles.

De la Cruz podía considerar que quedarse en los astilleros para cubrir la retirada de los chicos, detener a los pandilleros y después interrumpir todo el tráfico de armas no le convertía en merecedor de una medalla. Pero, en opinión de Butch, valía por todos los asesinos que su compañero había detenido durante años de servicio arrastrando su culo por los peores antros a las tantas de la madrugada. Y por otras cosas.

—Bueno, piensa que es una distinción al Mérito Excepcional por haberme soportado de compañero.— le dijo, bromeando sólo a medias.

Las pobladas cejas oscuras de José se enarcaron.

—Eso no te lo voy a rebatir. Siempre fuiste una piedra en mi zapato.

Y Butch era consciente de que el detective también bromeaba sólo a medias. Sorbió el café de dos tragos.

—¿Piensas prejubilarte? ¿O pedir un cambio a despacho? Con una condecoración así podrías optar a un buen puesto. Horario diurno, cenas en casa todos los días… —insinuó.

José removió un rato el café con el ceño fruncido, sin decir nada, y después le dio un par de sorbos.

—Lo he pensado. Quiero decir, tengo cincuenta y cinco años. Podría conseguir un buen puesto estampando firmas en informes, fichar sólo para hacer mis horas y en cinco años más estaría cortando el césped en casa, prejubilado.—  Levantó la vista del café y torció el bigote en una sonrisa malévola—… Y se me escurriría el cerebro por las orejas en dos días. Ná… —descartó con un gesto de la mano, haciendo crujir su silla al echarse hacia atrás—. Empecé en este oficio en las trincheras y me retiraré con las botas puestas. No pienso calentar ninguna silla.

Eso hizo que Butch alargara la mano para chocar nudillos con él.

—Ese es mi hombre. Siempre dispuesto a proteger y servir— ironizó mientras José levantaba el vaso de café para un brindis por el lema—. Por cierto, ¿qué tal está el forense?

Vishous le había borrado la memoria al tipo hacía un par de noches. El jefe de la Polícia Científica y De la Cruz eran los únicos que sabían lo de la sangre negra y los corazones en tarros. Mientras que José estaba destinado a ser el vínculo entre su mundo y el de los Homo Sapiens, el remilgado Destripador no tenía por qué enterarse de nada. V también había incinerado los restos de restrictores que habían acabado en la morgue, para no dejar pistas. Butch no sabía si eso quería decir que los espíritus de esos malnacidos seguían vagando por el mundo porque no habían sido ni apuñalados en el corazón para volver al Omega ni aspirados por él y, por tanto, destruidos. Tampoco es que el asunto le quitara el sueño. Quien a hierro mata a hierro muere, o sea, que podían irse al puto limbo.

José torció el bigote y meneó la cabeza mientras se pasaba una mano por la calvicie frontal.

—Está de baja temporal, en cama. Un ataque de migraña horrible, ya sabes.

—No, ¿de verdad?— Butch abrió mucho los ojos.

—Por otra parte, nadie ha conseguido pistas sobre el allanamiento de comisaría que acabó con esos restos de cadáveres calcinados.— La mirada de De la Cruz se volvió guasona—. Ni imágenes en las cámaras de seguridad, ni huellas dactilares. Sólo marcas de pisadas en el suelo de unas botas militares del 45 que se pueden comprar en cualquier zapatería. Tu chico es bueno borrando rastros.

—Ya te dije que no tenías que preocuparte.— Butch no pudo evitar la sonrisa de orgullo por el halago a su macho.

José lo estudió en silencio un largo rato.

—Me alegro de que no me hiciera eso a mí.— Se señaló la sien—. La porquería de borrarme la mente. Lo hubiera odiado con todas mis fuerzas.

Butch lo comprendía a la perfección. Ningún vampiro le había limpiado los recuerdos nunca, pero alguien lo había hecho. No recordaba nada del día que estuvo secuestrado en manos de los restrictores, cuando el Omega decidió jugar a Nip/Tuck con él. Años después, todavía se sentía un imbécil por no haber podido rellenar la laguna de uno de los hitos macabros más relevantes de su vida. Tamborileó con los dedos sobre la mesa de madera.

—Tienes demasiados recuerdos nuestros, José. Si intentáramos borrarte, te dejaríamos vegetal.

El detective inclinó la cabeza a un lado con perspicacia.

—Así que ahora no me queda más remedio que ser un buen tipo o me daréis garrote directamente.— Levantó las manos—. De acuerdo, accedo. No mencionaré a nadie la existencia de vuestro grupito de gogós horteras discotequeros con pésimo gusto para la ropa de combate.

Butch soltó una sonora risotada que dejó al descubierto su juego completo de colmillos.

—¡Créeme, yo también tuve problemas para aceptar que me tocaría apretarme el culo en unos pantalones de cuero de por vida!— Ambos rieron entre dientes un rato antes de que Butch se pusiera serio— ¿Lamentas que te haya metido en este berenjenal?

José le miró como un padre regañando a su hijo bobo.

—Por si te falla la memoria, yo me metí solito en esto asomando mis narices de detective en uno de vuestros escenarios y metiéndole un tiro a uno de vuestros chicos. Supongo que, trabajando todos en las calles de noche, tarde o temprano teníamos de coincidir sobre el terreno. Lo extraño es que no haya ocurrido antes.

—Ya, tenemos trucos.— Llamado mhis, por ejemplo—. Y Qhuinn no te guarda rencor por lo de aquel disparo. Pero, ¿lo de saber de verdad lo que se mueve por ahí…?— insistió.

—¿Me estás sondeando para saber si estoy en buena disposición de ánimo para seguir colaborando con vosotros durante los años que me queden pateando calles?

José le golpeó directo y sin tonterías. Butch parpadeó un momento, desentrenado del estilo franco del detective, antes de soltar una risilla y llamar a la camarera, pidiendo la cuenta por señas.

—Uno a cero a tu favor. Sí, supongo que lo estoy haciendo.— Apoyó los brazos sobre el respaldo del banco, estudiando a su ex compañero con fijeza—. No vamos a borrarte la memoria de lo ocurrido ni enviarte a dos metros bajo tierra. Primero porque eres mi jodido amigo y segundo porque W… nuestro Rey es un hijoputa honorable. Nos has ayudado y pagamos nuestras deudas con gratitud. Capítulo cerrado. Pero nuestro pequeño mundo feliz está cambiando, somos pocos guerreros y, si seguimos viviendo con un palo metido en el culo, nos iremos a la mierda antes de decir “Jesús”. Nuestra política con los humanos ha variado un poco.— Ahí estaba Manello para demostrarlo, yendo y viniendo entre ambos mundos—. Así que te pregunto, José, ¿podemos contar contigo?— Se inclinó sobre la mesa, cruzando las manos y estudiando a su amigo sin parpadear— ¿Podemos tener línea directa para saber en qué tiene metida las narices la poli o qué se cuece en nuestras calles?

De la Cruz le copió el gesto.

—Depende. ¿La línea funciona en las dos direcciones? ¿Sabré en qué operaciones tenéis metidos los colmillos y cuándo puedo encontrar a alguno de vosotros cerca de mis escenarios?

Butch sonrió. Eso había sido el tema de una larga conversación con Wrath y una todavía más larga con V. Pero sabía que tenía ganada la batalla de antemano. Wrath se guiaba, sobre todo, por su sentido de la justicia y, ahora que estaban consiguiendo que lo aplicara también a los humanos, era fácil que entendiera que no puedes pedirle a alguien que arriesgue el culo por ti sin recibir nada a cambio. Vishous había sacado a relucir más letra pequeña en ese contrato, pero su macho se regía por la lógica y el argumento era difícil de rebatir.

—Lo sabrás— afirmó—. Tienes mi número, el de V y nuestro fijo externo. Ya sabes que no podrás localizar nuestra ubicación, pero siempre contestaremos.— Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una tarjetita blanca con otro número escrito a mano—. Y apúntate éste también.

José atrajo la tarjeta y estudió las cifras.

—¿De quién es?

—De Blaylock— se señaló el pelo—. El chaval pelirrojo, ya lo conoces. Está poniendo en marcha algo así como un cuerpo policial de nuestra raza. Es más probable que tu trabajo se cruce con el suyo que con el nuestro.

José asintió mientras se guardaba la tarjeta en la cartera. La camarera les dejó el tícket con la cuenta sobre la mesa y Butch le ganó en rapidez a la hora de sacar los billetes. De la Cruz puso los ojos en blanco y no protestó, pero dejó una generosa propina. El detective cogió su chaqueta de uniforme, su gorra y ambos salieron a la calle. El aire a esas horas de la noche era asfixiante y pegajoso, señal de que otra tormenta de finales de verano se estaba incubando en las Adirondacks antes de descargar sobre Caldie. Ambos echaron a andar por la acera hacia sus coches y Butch sonrió para sus adentros al darse cuenta de que habían sincronizado las zancadas y caminaban alineados, como en los viejos tiempos.

—Has encontrado tu sitio, ¿uh?— murmuró José de sopetón, con la vista al frente y el ceño fruncido.

—Sí. Me ha costado lo mío, pero estoy donde quiero estar.

Por alguna razón, confesárselo a De la Cruz le provocó una oleada de nostalgia. Butch nunca había echado de menos su antigua vida porque no había nada allí que valiera la pena. Sólo malos recuerdos, palizas, culpabilidad y un montón de platos sucios en un apartamento de mierda. Había abrazado a sus nuevos amigos, su raza, su cometido y su nueva familia de mil amores, sin mirar hacia atrás.

Hasta el momento en que se había cruzado con De la Cruz en el exterior de la fábrica de la General Motors. Y hasta que sus principios se habían ido al carajo al matar a Ahna. Y luego toda la tensión y las casi muertes por culpa de Lash.  Entonces había caído en la cuenta de que echaba de menos algo en la vida del Detective “Tipo Duro” O’Neal.

Extrañaba tener un compañero que siempre se manchaba la camisa con café por las mañanas y rezongaba en buen español mientras cogía el pañuelo que él ya le tenía preparado para limpiarse. También las copas a altas horas de la madrugada en un bar normal, lleno de gente normal que necesitaba oxigenar el cerebro después de doce horas en la oficina lidiando con asuntos normales como contenedores de importación retrasados. O llegar por la mañana a comisaría y oír a Lindsey y a Joey, de centralita, despotricando sobre maridos inútiles incapaces de hacer la colada y atender a los niños al mismo tiempo.

Butch había echado de menos la humana normalidad.

También había risas en la mansión, niños y copas de madrugada después de una noche de trabajo. Pero todo estaba condicionado a que no hubiera estallado una tragedia, a que todos volvieran de una pieza de las calles.

Eran guerreros, asesinos honorables y Butch estaba al 100% en esa vida. Sin embargo, a diferencia de la mayoría en la mansión, sus genes eran humanos de nacimiento, no había entrenado su mente para esa vida desde que había venido al mundo berreando. Butch era un ser con dos mitades y hasta hacía poco no había reparado en que echaba de menos una de ellas.

Sin previo aviso, colocó el brazo sobre los hombros de De la Cruz y le palmeó la espalda con fuerza.

—Pero me alegro de haberte reencontrado, amigo— añadió en español.

José le dedicó una mala mirada de reojo antes de sacudirse el brazo de encima, justo cuando llegaban al Escalade.

—No te pongas baboso, O’Neal, o me chivaré a tu informático.

Eso le hizo reír.

—¡Te cortaría en lonchas y haría sushi!— Sacó el mando del bolsillo y abrió las puertas del jeep—. Tengo que irme, José, estaremos en contacto.

—¿Vas a pelear con traje?— Le ojeó con desconfianza.

—Nop. Nada de peleas hoy. En realidad… supongo que voy a hacer de padrino.

De la Cruz enarcó las cejas.

—Oh, ¿un bautizo de vampirito?

Butch se sentó en el asiento del copiloto y encendió el contacto.

—No, eso ya lo tuvimos hace un mes, pero se puede considerar algo parecido. La entrada a una nueva vida, si es que el chico quiere— murmuró antes de extender el brazo por la ventana para despedirse de José con un apretón en la muñeca—. Cuídate.

—Lo mismo digo.— De la Cruz le despidió llevándose dos dedos a la sien—. La próxima vez, pago yo la cena.

Butch arrancó el jeep con una sonrisa. Habría una próxima vez con José. Una cena o un café bien cargado al acabar el turno o una copa, como hacen los amigos.

No tenía que renunciar a lo bueno de la otra mitad de su personalidad. Butch era quien era porque había nacido humano, vivido y sufrido como tal hasta llegar a ser Dhestroyer, el Elegido de la Profecía, de la sangre de Wrath, hijo de Wrath. Vishous siempre entendió esa progresión y José, único testigo de su vida anterior, comprendía lo que había representado para él su paso a la nueva existencia.

Sí, Butch “Dhestroyer” O’Neal era un tipo jodidamente afortunado, pensó.

OOO

En serio, Qhuinn era un desastre con lo de despachar a la gente de forma sutil. O bien necesitaba practicar sus habilidades para decir “no me interesa follaros” sin perder la sonrisa o aquel par eran inmunes al desaliento.

Hasta entonces, la noche había sido un jodido éxito. Volver al IronMask era como ponerte tus viejas zapatillas y sentarte frente al fuego en una noche lluviosa. Normalidad bendita y calmante. Xhex le estaba echando una mano a las Sombras con la seguridad, que se había reforzado desde que aquel restrictor gilipollas de los AKG había dado con el local. El Iron había cerrado sólo un par de noches mientras ellos acababan con Lash y las bandas de restrictores. Parecía que el muy idiota no había llegado a compartir la información de que el Iron era un cubil de vampiros, por suerte para todos, pero nunca estaba de más convertir en local en una réplica de la sede de Seguridad Nacional.

John y él habían echado unas risas ayudando a Xhex a presentar el callejón de atrás a los culos de un grupo de alborotadores, no porque la hembra necesitara dos pares de manos extra sino porque… coño, porque era divertido y punto. Luego se habían dejado caer en su mesa favorita, la del rincón, y Qhuinn había perdido la vista entre el mar de góticos mientras sorbía un tequila –sólo uno- muy despacio.

Le hacía sentir confortablemente anónimo. No hiperespecial, hiperafortunado e hiperfeliz, que era cómo se venía sintiendo desde que estaba emparejado con Blay.

Afrontémoslo, soy un gallina.

Porque a veces la felicidad de las puñetas era tan, pero tan grande… que le ahogaba. Uno no cambia de un día para el otro. No pasa de escoria rechazada a macho emparejado reconciliado con el mundo en un suspiro. La mayoría de las veces lo conseguía. El frenesí había desaparecido. Cuando no estaba encerrado en la herrería con V o patrullando, Qhuinn era capaz de tumbarse en la cama a escuchar música, tranquilo. Sin beber. Incluso era capaz de prestar atención a conversaciones largas sin que le pinchara el culo por salir disparado a cualquier parte. Mierda, hasta dejaba la ropa sucia en el cesto para lavar. Y podía hacerle el amor a su Blay poco a poco, saboreándole, en vez de devorarlo como si su vida fuera a acabar al día siguiente. Suponía que a eso se le llamaba encontrar la paz interior. O el equilibrio del Tao. O anda a saber qué mierda. Qhuinn se encontraba disfrutando de ese estado de Nirvana interior cada vez durante más horas del día.

Pero, de vez en cuando, el crío inseguro atacaba de nuevo. Entonces el “¿lo estaré haciendo bien?” le daba la manita al “¿tengo que darle más o menos espacio?”, iban a buscar al “¿me lo merezco?” y paseaban por el “¿mañana cuando me despierte esto no habrá sido un sueño?”. Entonces a Qhuinn le atacaba el vértigo. Tanto, que aún no se había atrevido a darle su regalo a Blaylock, a pesar de que hacía un par de días que lo tenía terminado.

Las últimas semanas habían intercambiado sus papeles. Blay, que normalmente siempre había vivido a ritmo calmado, iba como una moto cuesta abajo sin frenos, liado con su proyecto. Él, en cambio, tras años de quemar su mecha a toda velocidad, alternaba patrullas tranquilas por calles desiertas de restrictores con largas horas en la herrería, con o sin Vishous. En general, el cambio le había hecho bien pero, joder, cuando el pánico le mordía las pelotas necesitaba volver a algo de su antigua vida para hacerse la ilusión de que la transición no había sido tan brusca y que podía manejarlo.

Claro que “volver a algo de su antigua vida” no implicaba encerrarse en un lavabo o en un reservado con las dos primeras zorras que le presentaran el culo. Mierda, ni se le pasaba por la cabeza y no porque tuviera que esforzarse por ignorar la oferta 2×1 en pro de su fidelidad conyugal. Simplemente, era una idea ridícula. Qhuinn era biológicamente incapaz de mirar con deseo a alguien más que no fuera su macho. Punto. Bastaba con pensar en él y se le ponía dura. Sólo tenía que recordar la piel blanca sudorosa, los ojos azules nublados cuando Blay se corría, la sensación de su interior estrujándole cuando entraba en él y podía perfumar todo el Iron con su olor de marcaje.

—Gracias por la oferta, pero no pienso follaros, si es eso lo que queréis— acabó por soltarles, con el ceño fruncido. Si no había sido un tipo sutil en veintiséis años, seguro como la mierda que no iba a empezar ahora.

Y menos cuando acababa de detectar la cabeza pelirroja de Blaylock acercándose entre el mar de gente.

¿Por dónde íbamos con la línea de pensamiento anterior?, pareció susurrar su polla mientras se desperezaba.

El tío y la tía se miraron un momento, flipados de la muerte con que Qhuinn “El Sietepichas” les rechazara, y luego se giraron para largarse con el rabo entre las piernas. A su lado, John rió en silencio, con el vaso de Jack Daniel entre las manos. Qhuinn prácticamente se comió a Blay con los ojos mientras se acercaba, igual que hizo medio local.

¿Es que no se daba cuenta de que brillaba como un diamante entre cerdos? En el mar de cuerpos pintarrajeados como si fueran zombis venidos de ultratumba y embutidos en monos de falso cuero negro para simular que eran tipos y tipas duros, Blaylock era un soplo de aire fresco. El traje se adaptaba a él como si hubiera cobrado vida desde la portada del Vogue, resaltando aún más sus hombros enormes. Su caminar era pausado, algo receloso, con las manos en los bolsillos, apartando la americana a ambos lados. Y no necesitaba maquillaje para brillar como un faro en mitad de la multitud: su pelo rojo y esos ojos tan azules hacían todo el trabajo.

¿Hola? Toc-toc ¿Piensas hacerme caso ahora, listillo? Estoy abriendo un agujero en tus pantalones para salir a saludar.

Casi se imaginaba a su polla con expresión de aburrimiento por que él intentara obviar que la tenía como una lanza de caballería. Pero aquel era su Blay, su macho, su pareja y no iba a arrastrarlo a los lavabos, donde él se había follado a todo el catálogo del Iron más veces de las que recordaba.

¿Verdad que no?

Además, si la expresión de Blay era alguna indicación, no habría sexo esa noche, en ningún sitio. Su macho le dejó con la boca abierta al deslizarse en el asiento al otro lado de John, a la máxima distancia posible de él.

¿Pero qué…?

John enarcó una ceja mirando a Blay y luego a él, con signos de interrogación en los ojos. Que le jodieran a su amigo, en ese momento Qhuinn ya estaba bastante preocupado por los motivos de su macho como para atender a su curiosidad. Se inclinó hacia la mesa para poder alzar la voz y que Blay le oyera.

—¿Ha ido mal con tu madre?

Tenía que ser eso, desde luego. Y mira que Qhuinn había estado hablando por teléfono con ella, sin que le diera la impresión de que el reencuentro podía irse al garete. La mahmen de Blay era, ante todo, una madre normal: siempre que su hijo fuera feliz, siguiera con vida y tuviera un empleo honrado, ella lo aceptaría. Qhuinn incluso sabía que estaba preparando alguna sorpresa, porque le había pedido que le enviara el diseño del escudo heráldico de la casa Warrior.

—Ha ido muy bien— musitó Blay con los ojos fijos en sus manos entrelazadas sobre la mesa de metacrilato negro. Sin mirarle.

Algo había hecho mal. Fijo. Lo sentía en los huesos. Qhuinn había metido la pata de alguna manera, había roto alguna norma sagrada de la vida en pareja que no sabía ni que existía y Blaylock estaba dolido por ello. Lo sabía. Ese puto momento tenía que llegar.

John captó a las mil maravillas que entre ellos se mascaba la tragedia y que un tercero en discordia no pintaba nada en el drama, porque localizó a Xhex con la mirada y luego les dio dos golpecitos en los hombros para que le atendieran mientras señalaba.

“Voy a echarle una mano a Xhex, ¿OK? Estaré en el Iron hasta que ella acabe el turno, ¿vale?”

—De acuerdo, tío.— Qhuinn se levantó para ceder el paso a la mole de su protegido y luego volvió a dejar caer el culo en el asiento, al lado de Blay. Su macho imitó a los caracoles, casi encogiéndose y frunciendo el ceño—. Eh, ¿pasa algo? ¿He hecho… algo raro?

El ceño cobrizo se junto más, pero Blay siguió sin mirarle. A Qhuinn le pareció que soltaba un ruidito irónico.

—¿Raro? No, no has hecho nada raro. Para ti.

—¿Y eso qué mier…?

-Hola, pelirrojo. Qhuinn, cariño, ¿necesitas que te atienda?

El ronroneo justo al lado de su oreja casi le hizo levitar bufando con el pelo erizado, como los gatos. Gina, una de las profesionales que trabajaban en el Iron y que a veces hacía turnos como camarera, se inclinaba sobre su hombro con una sonrisa chispeante. Llevaba una botella de Herradura en una bandeja con bebidas para otros clientes, pero estaba claro que sus “atenciones” abarcaban un campo muy amplio.

Justo entonces, Blaylock se levantó del asiento murmurando una disculpa y se escurrió entre la gente en dirección al baño con el talento de una lagartija.

—Eh… no, nena, gracias, voy bien servido.

—Si me necesitas, ya sabes dónde estoy. Acabo el turno en barra en media hora.— Le guiñó el ojo y meneó el trasero enfundado en shorts de cuero de camino a otra mesa.

Qhuinn se quedó mirando su culo sin verlo realmente ¿Cuántas veces había dejado Gina que se la follara? De gratis. Joder, uuuuuuunas cuantas. La humana había sido otro coño en la lista anónima de agujeros donde había metido la polla hasta correrse en la época AB. Antes de Blaylock. Y la pareja que se le había ofrecido antes también. Pero cuando había venido esta noche al Iron con John no tenía nada de eso en mente, sólo un par de copas, unas risas con los colegas y relajarse con buena música –para su gusto- en un ambiente seguro hasta que Blay volviera de hablar con su madre y pudieran juntos pasar su tiempo libre.

Había olvidado la rutina de su vida anterior. Pero ésta no la había olvidado a él. Miró hacia la puerta de los lavabos, por donde había desaparecido su macho. Parecía que Blaylock tampoco había perdido la memoria.

Eso era lo que pasaba. Blay estaba celoso de que la gente intentara joder con él. El pensamiento, además de sorprenderle, le cabreó ¿Y qué culpa tenía de que la peña le encontrara apetecible? ¿Blay iba a ponerse de morros cada vez que salieran y alguien se le insinuara? Es más, ¿estaba enfadado porque pensaba que Qhuinn iba aceptar alguna invitación? ¿Después de todo?

Hombre, eso se iba a aclarar esta noche, a las buenas o a las malas.

Qhuinn se levantó del reservado subiéndose el pantalón de cuero para recolocarse la polla medio dura y apartó a la gente sin muchas contemplaciones en su trayecto al baño. Lo conocía de puta madre. Empujó la puerta ahumada de metacrilato negro del lavabo de hombres para entrar en la réplica de un pequeño palacio. Las Sombras no iban a dejar que sus clientes mearan y follaran en letrinas apestosas, por amor de la Virgen. Aquel baño tenía tantos recovecos como el cuarto oscuro de cierta discoteca gay, todo iluminado a medias por candeleros en el techo que bañaban el espacio en una luz violácea. Combinado con las paredes negras y el mármol blanco y negro del suelo, parecía una especie de mazmorra sadomaso con tintes góticos. Limpísima, eso sí. Oyó gemidos en muchos de los habitáculos de los WC y fijo que no era porque alguien se estuviera meando literalmente de gusto.

Frente al mármol con las picas para lavarse las manos, un tipo con más pinta de vampiro de libro que él, de mejillas hundidas, meneaba una bolsita con algo dentro ante llos morros de Blay. Drogas sintéticas, seguro. Su macho meneó la cabeza antes de coger papel para secarse la cara mojada.

—Te he dicho que no quiero nada— acabó por contestarle el pelirrojo al humano mientras tiraba el papel a una papelera.

Hora de una lección… ¿cómo se decía? Empírica.

—Eh, pedazo de basura.— Qhuinn se adelantó a zancadas hacia el humano, con los puños apretados a los lados, tensando los músculos de los brazos— ¿Qué coño te crees que estás haciendo? ¿EH?— se pegó al tipo, pecho con pecho, haciéndole sombra con su altura— He… dicho… qué mierda… crees que… haces.— punteó cada palabra con un empujón hacia atrás.

—¡Tranquilo, tío!— El camello levantó las manos— ¡Sólo hago mi negocio, con decir que no ya basta, joder!

—¡Ni se te ocurra… acercarte… a mi chico!— le dio tal empellón que el camello se estrelló contra la puerta de un lavabo, tirando la bolsita al suelo.

—¡Qhuinn! ¿Qué mierda te crees que estás haciendo?— Blay salió del pasmo y le cogió de los brazos, separándole a la fuerza del humano, que aprovechó el momento para salir pitando del lavabo, olvidando su material en el suelo a favor de conservar la cabeza pegada al cuerpo.

—¡Te estaba ofreciendo mierda!— Él se sacó las manos de Blay de encima con brusquedad.

—¡¿Y qué?!— Blay parecía a punto de un aneurisma— No es asunto nuestro ¡Y sólo porque me lo ofrezca no quiere decir que lo vaya a comprar! Maldita sea, Qhuinn, como si no me conocieras.

Ahora fue su turno de cabrearse de los mil cojones de verdad. Pegó directamente la nariz a la de Blay, retrayendo un momento los labios para mostrarle los colmillos.

—Lo mismo digo.— le siseó con furia.

Blay parpadeó y echó un vistazo alrededor para asegurarse de que el resto de los usuarios del baño estaba lo bastante distraído como para no reparar en la aparición de Drácula antes de volver a mirarle, alucinado.

—¿De qué mierdas estás hablando?

—De que no es puto asunto mío que alguien me ofrezca sexo— Empujó contra Blay, obligándole a retroceder varios pasos—. Y que porque alguien me lo ofrezca… —otro empujón con las palmas abiertas sobre su pecho— no quiere decir que lo compre… jodido imbécil— Hizo que Blaylock chocara contra la puerta de uno de los cubículos—. Creí que me conocías mejor… Creí que no pensarías que me follaría a cualquiera estando contigo. Hasta yo soy mejor que eso.

Blaylock pareció aterrizar de golpe en la tierra gracias a esa pedrada directa. Se quedó flojo contra él, con la espalda apoyada en la puerta del lavabo.

—Yo… Tú…— se lamió los labios, como hacía siempre que estaba avergonzado—. Mierda… lo siento, Qhuinn. En realidad no lo creía de verdad… no quería ofenderte sólo vi… ¡No pensé, joder! Recordé todas las putas veces que era así y —chasqueó los dedos— saltó en mi cabeza, ¿vale?

Qhuinn colocó las manos a ambos lados de su cabeza y le dio un empujón a la puerta del cubículo, haciendo que chocara contra los goznes mientras pegaba sus caderas a las de Blay, clavándole la polla.

—Llevo así de duro desde que te he visto entrar por la jodida puerta…— murmuró en voz baja, amenazante, mientras Blay dejaba escapar una exhalación—. Por ti. Me da igual que el Iron entero me ofrezca el culo, el único que quiero…— bajó las manos a las caderas de Blay, pegándolas a sus ingles— es el tuyo ¿Lo entiendes? Y no te he arrastrado hasta aquí en cuanto te he visto porque eres mi jodida pareja y no pienso follarte en el puto baño de una discoteca.

Blay tragó saliva con los ojos clavados en los suyos y Qhuinn sintió el momento exacto en que su ánimo cambió. La polla de su macho alargándose dentro del traje, pegada a la suya, era el mejor termómetro del mundo, junto con las puntas de sus colmillos asomando entre los labios abiertos.

Dios del cielo, los dos calientes como un horno y lejos de su respetable habitación de pareja… eh, emparejada.

Hasta que Blaylock le dejó de piedra.

—¿Por qué no?

Frunció las cejas, sin entender.

—¿Qué?

—¿Por qué no piensas… follarme… en el baño?- murmuró Blay, tan bajito que sólo lo oyó él.

Oh.

Mejor, “Oh, mierda”.

No, tacha eso.

Mejor “Oh, dulce Virgen que estás en el puto Otro Lado, gracias por tu misericordia hacia un macho con las pelotas a punto de estallar en pedacitos, éste polvo va a ser en tu honor”.

Qhuinn sonrió como un tigre acechando a un conejito.

OOO

Layla se miró las uñas y las manos manchadas de tierra y luego se acercó las palmas a la cara, aspirando el olor a ozono que desprendía, recién regada. Cormia le había dicho varias veces que usara guantes si quería cuidar el jardín, pero ella siempre lo rechazaba.

¿Renunciar a aquel olor punzante de pura vida, a la sensación de la tierra en sus manos mientras cavaba en las jardineras, a la simple posibilidad de mancharse y no estar impecable?

Ya no. Nunca.

De cuclillas ante los parterres del jardín trasero del rancho del Gran Padre, inspiró fuerte mientras levantaba la cara hacia el cielo nocturno. Allí, al pie de las Adirondacks, no había edificios que le impidieran contemplar la bóveda celeste ¡Y qué espectáculo! Las estrellas parpadeaban, guiñándole el ojo a su nueva vida, incrustadas en un lienzo de seda negra. Puro contraste colorido.

Apoyó las manos en sus pantalones –se llamaban “tejanos” o “vaqueros”, ya sabía eso-, ojeando lo que tenía alrededor. El lila, rosa, blanco y amarillo de begoñas, pensamientos y jacintos. El aroma vibrante, empalagoso, de los jazmines, a punto de terminar su floración. Y su gran orgullo: el rosal de rosas carmesíes, grandes como su puño. Layla solía esperar justo hasta antes del amanecer sólo por ver sus pétalos salpicados de rocío.

Colores, olores y más colores y olores.

Había aprendido que cada planta tenía su periodo de floración, sus ciclos. No permanecían inalterables de por vida, siempre perfectas como las del Santuario de la Virgen. Cambiaban.

Como ella. Layla ya no era una mariposa conservada en el tarro del Otro Lado. Ya no era perpetuamente fértil ni con su sangre siempre a disposición, como una garrafa que jamás se vacía. Ahora tendría sus ciclos de necesidad y debía alimentarse del sire Phury si es que quería ayudar a los machos que la requirieran.

Layla se movía con los imperfectos ciclos de la vida y, oh, qué feliz la hacía eso.

Consultó su reloj digital, tal como Cormia le había enseñado para poder calcular el paso del tiempo y ser puntual según las normas horarias de Este Lado. Si se adecentaba ahora, no llegaría tarde a su cita especial de esa noche.

Recogió en una bolsa de lona las herramientas de jardinería que había estado usando y se levantó, riendo al ver las rodilleras de tierra en los pantalones. La sensación de aquella tela apretando sus piernas la había reconfortado en vez de constreñirla. Con la túnica, su sexo había estado siempre disponible, aunque no hubiera sido usado. En cambio, la ropa interior y los pantalones le daban la impresión de llevarlo resguardado para cuando ella eligiera a quién dejaba acceder a su intimidad. Se pasó un brazo por la cara para limpiarse el sudor, seguramente dejándose tiznones y sin importarle una pizca. Layla se pasó dos mechones de pelo rubio por detrás de las orejas. Desde que había decidido no volver a recogérselo en el obligado moño alto siempre se le venía a la cara pero, de nuevo, ya le parecía bien. Podía elegir cómo peinarse, maldita sea.

Dejó las herramientas en la caseta del jardinero y entró en el rancho, sacudiéndose antes la tierra de las sandalias. Algunas de sus hermanas se reían cuando la veían volver del jardín como si hubiera estado combatiendo en las trincheras, pero eran risas bienintencionadas. Como Cormia le había dicho, estaba en la etapa de descubrimiento de la vida en el mundo real. Todas habían pasado por eso. Para algunas, la experiencia había sido tan abrumadora que habían vuelto al Otro Lado.

Layla dejaría que la mataran de una paliza antes de que eso sucediera.

Normalmente, a esas horas el rancho no estaba muy concurrido. El sire Phury asistía a su terapia de rehabilitación, Cormia estudiaba en una academia humana nocturna y muchas de las Elegidas estarían fuera. Civiles y nobles se ponían en contacto con ellas cada vez más a menudo, solicitando su asistencia a algún rito de importancia: emparejamientos, funerales, la bendición de un recién nacido. Era un hábito que se había ido perdiendo con el paso del tiempo, a medida que las Elegidas se refugiaron más y más en el Otro Lado de la violencia del mundo físico. Pero ellas seguían siendo el pilar religioso de la raza y, poco a poco, los vampiros recuperaban la antigua costumbre de contar con ellas para los festejos más relevantes. También servían a los machos no emparejados en situaciones de urgencia, civiles y nobles por igual, bajo la supervisión del Gran Padre.

Ella tenía trabajo más que suficiente como donante, lo que le hacía apreciar los pocos ratos que dedicaba al jardín. Ahora empezaba a entender la noción de “tiempo libre”.

Esta noche, sin embargo, el sire Phury ya había partido rumbo a la mansión y Cormia debía estar esperándola para desmaterializarse juntas hacia allí. Amalya se trasladaría a la gran casa directamente desde el Otro Lado.

Layla subió las escaleras de cálida madera de roble hasta su habitación, acariciando el pasamano. El cuarto que compartía con su hermana Selena era pequeño, en comparación con el del Otro Lado, pero infinitamente más acogedor… y atestado. Selena tenía la manía de coleccionar cualquier cosa que llamara su atención, lo que abarcaba desde hojas de distintas formas -que enganchaba cuidadosamente en un álbum-, a plumas de pájaro, cuarzo colorido o retazos de telas. Era una coleccionista de la variedad del mundo real. Cada cual se adaptaba a esta nueva vida a su propia manera, supuso.

Cogió una muda limpia –otros “vaqueros”, ropa interior y una blusa sencilla- y se dirigió al cuarto de baño que compartían entre varias habitaciones para una ducha rápida. Enseguida había aprendido a manejar aquella cascada artificial de agua y el hecho de que pudiera escaldarse la piel o congelarse con un simple gesto de su mano aún la fascinaba. Cuando salió, se envolvió con una toalla azul mientras se desenredaba el pelo con un sencillo peine negro. Se vistió con la ropa interior y forcejeó con el cierre del sujetador hasta ponérselo, sencillamente porque también le hacía sentir menos a la disposición de cualquiera. Los tejanos limpios se ajustaron a su cuerpo a la perfección, igual que la blusa.

Cuando alargó la mano para recoger la camiseta sucia y dejarla en el cesto para lavar, se detuvo un momento, acariciándola.

Había sido un regalo de Qhuinn. Bueno, más bien, un regalo inducido de Qhuinn.

Layla, él y Blaylock habían conversado varias veces en el transcurso de las visitas que ella hacía a la mansión para servir a los guerreros. Sobre cómo podía ayudar a Blaylock en su proyecto, de cómo se estaba adaptando a la vida aquí. Qhuinn le había preguntado si podían hacer algo más por ella y Layla le había dejado de una pieza con su estúpida petición.

—Quiero camisetas como las tuyas.

Las cejas de los dos guerreros casi habían salido disparadas hasta el techo al oírlo, pero Layla ya estaba un paso más allá de avergonzarse por lo que otros pudieran pensar de sus impulsos. Quería esas camisetas porque Qhuinn siempre vestía de blanco y negro, o de colores fuertes en contraste con otros claros, por el sencillo hecho de que eran los que distinguía con mayor facilidad.

Para ella, eran un recuerdo de la impresión que le produjo al verle entrar en su níveo cuarto del Otro Lado, irrumpiendo con su fuerte presencia colorida. Eran un recordatorio de la vida que quería para sí y también de cómo había estado a punto de fastidiarlo todo, para que no volviera a ocurrir.

Supuso que Qhuinn le pediría al amable jefe de los doggen, Fritz, que le comprara un par de camisetas nuevas pero, en lugar de eso, el guerrero había abierto el armario que compartía con Blaylock y le había puesto en los brazos una pila de sus propias prendas. Así que ahora Layla vestía tejanos, llevaba el pelo suelto y su guardarropa alternaba Kiss con The Cure y Sex Pistols y nadie tenía ningún problema. A Qhuinn le quedaban ajustadas pero a ella casi había que buscarla en el interior.

Layla se sentía divertida, a gusto, libre como un pájaro y así es como quería seguir.

La vida tenía muchísimas facetas, casi todas inexploradas para ella. No se reducía a servir a cualquier macho con su cuerpo –no si no quería-, ni a emparejarse con uno sólo porque la hiciera vibrar. Tenía miles de cosas que descubrir, multitud de temas sobre los que quería formarse su propia opinión, montones de proyectos en los que embarcarse.

Tenía toda la vida por delante y pensaba exprimirla.

Gracias Qhuinn… por haberme enseñado lo que es el valor. Y gracias, Blaylock, por haberme mostrado lo que es la auténtica devoción.

Sonrió ante su imagen en el espejo antes de salir del cuarto de baño para dar la bienvenida a aquellos guerreros a la nueva vida que también les aguardaba a ellos.

Era lo menos que podía hacer para expresarles su gratitud.

OOO

En los baños para hombres del IronMask, Blaylock estuvo a punto de dar con sus huesos en el suelo cuando Qhuinn le empujó a lo bruto dentro de uno de los cubículos, cerrando la puerta tras de sí y corriendo el pestillo con la mente.

Iba a pasar. Iba a follarle en el baño, donde antes Qhuinn jodía en grupo pero que ahora había pasado a ser su puto territorio, como siempre había imaginado. Indiscutido. Porque su macho no pensaba en tener sexo con nadie más aunque se lo pusieran en bandeja. Porque sólo le deseaba a él, a pesar de que Blay fuera un idiota que sufría de un ataque de Celus Fulminantus a la primera de cambio. Tomó una rápida nota mental de hablar de su estúpido numerito más tarde, con calma.

Porque ahora la calma se iba a ir literalmente a tomar por culo.

Habían ido a parar al cubículo más grande, probablemente el reservado para minusválidos, aunque Blay nunca había visto que nadie lo usara nada más que para follar. Tenía un retrete con dos barras abatibles a los lados y una pequeña pica en la pared de la derecha, situada algo más abajo de lo normal, con un espejo encima. Dispuso de un segundo escaso para hacerse el plano mental antes de que Qhuinn le empotrara con la espalda contra la pared, entre el retrete y la pica.

La lengua de Qhuinn entró en su boca incluso antes de que sus labios se apretaran. Luego le arrancó la americana. La tiró al suelo. Chupó su lengua mientras tiraba de su corbata. Blay tuvo que forcejear para ayudarle a aflojar el nudo. La corbata fue a parar al suelo. Qhuinn tiró del cuello de su camisa hasta saltarle dos botones y conseguir abrírsela un poco. Después le cogió el pelo de la nuca en un puño, rompió el beso para inclinarle la cabeza a un lado y hundió los colmillos en la vena de su cuello con un gruñido.

—¡DIOS!

Blay empezó a gemir con los brazos rodeando los hombros de Qhuinn mientras las caderas de su macho empujaban y se retiraban, exigiendo a su polla que reaccionara bajo los pantalones del traje. Como si eso fuera un problema. Blay bajó los brazos al culo de Qhuinn, apretándole las nalgas sobre el cuero hasta clavarle los dedos para dirigir el movimiento mientras su macho bebía entre gruñidos, poniéndole al borde de correrse.

Sus ojos toparon con el espejo de reojo y la imagen que vio fue directa a sus pelotas, contrayéndolas. Mojó los bóxers con algo de semen.

Qhuinn era una enorme mole de músculos marcados que le rodeaba con los brazos hasta casi quebrarle, pegado a su garganta mientras su culo se contraía con el balanceo, bajo sus dedos.

Siempre había sido tan hermoso de contemplar cuando tenía sexo… Ahora Blay podía verle mientras follaba con él. Y lo iba a disfrutar.

Qhuinn se despegó de su cuello echando la cabeza hacia atrás con un gruñido, la sangre manchando sus labios. Se los lamió para luego enseñarle los colmillos extendidos.

—Eres mío.

El olor a especias brotó de su piel con la última palabra y Blay mandó las pocas inhibiciones que le quedaban al séptimo infierno. Le cogió la nuca con ambas manos y lamió su propia sangre del labio perforado.

—Tú también…

Metió una pierna entre los muslos de Qhuinn, haciendo palanca para poder forzar un cambio de posición, obligando a su macho a apoyarse con la espalda en la pared. Antes de que Qhuinn pudiera protestar, le imitó, metiendo la lengua en su boca y masajeando el sensible nacimiento de sus colmillos con ella hasta que su macho gruñó como un salvaje, con las manos enredadas en su pelo.

Momento que Blay aprovechó para llevar las manos entre sus cuerpos, desabrocharle el cinturón y hacer lo mismo con los pantalones. Se los bajó hasta los tobillos de dos tirones secos y se separó para admirar su erección en todo su esplendor; grande, tostada y surcada de venas. Dio un vistazo de reojo al espejo para ver la polla de su macho sobresaliendo como un mástil. Qhuinn siguió su gesto y soltó una risa jadeante.

—¿Te gusta mirar? Eres un pervertido.

—Puede…

Sonrió un momento antes de arrodillarse frente a Qhuinn. Le sujetó las caderas con las manos y abrió la boca a su alrededor, sin tocarle hasta que llegó a su base. Era tan enorme que la punta de la polla se le encajaba en la garganta, ahogándole, pero a la mierda con respirar en ese momento. Ciñó los labios alrededor de su raíz, subió hacia arriba con toda la fuerza de la que fue capaz, asegurándose de apretar con la lengua la gruesa vena que recorría su parte inferior, y se lo sacó de la boca con un “pop” húmedo.

—Santa Virgen.— Qhuinn se golpeó la cabeza contra las baldosas de la pared con un “clonc” sonoro al echarla hacia atrás. Sus manos formaron puños en su pelo.

No, ni santo ni virgen. No más.

Blay fue a por él con toda el ansia que había renacido con el ataque de celos y con toda la técnica que había desarrollado desde que estaban juntos. Miró de reojo hacia el espejo mientras lo sostenía con la mano izquierda, levantándole la polla para poder lamer la parte inferior, sacando la lengua. El reflejo que contemplaba en el cristal era la jodida visión con la que se había masturbado durante años, mientras soñaba con ser él quién tuviera la boca llena de Qhuinn. La punzada del deseo reprimido le golpeó sin aviso y llevó la mano derecha entre las piernas de su macho, apretando sus pelotas con fuerza.

—¡Joder… Blay…. Dios… chúpamela!

Será un placer. Siempre.

No desvió el rabillo del ojo del espejo mientras cogía el ritmo que a Qhuinn le volvía totalmente loco, frotando con fuerza la base de su polla con los dedos de una mano mientras se lo comía con la boca, arañándole la punta con los colmillos cuando se lo sacaba mientras movía sus pesadas pelotas en la mano, apretando y soltando al compás de su mamada. La polla de Qhuinn formaba un bulto en su mejilla cuando se la metía en la boca y Blay empezó a supurar en serio dentro de sus pantalones al verlo en el espejo.

Las caderas de Qhuinn se movieron como impulsadas por pistones, cabalgando su boca como a Blay le gustaba, llenándole por entero y diciéndole que su macho estaba a punto de irse. Pero esta vez quería verlo. Chupó un momento más, con frenesí, hasta que sintió los testículos de Qhuinn encogerse en su mano izquierda. Entonces soltó su escroto para presionar con un dedo en un punto entre sus pelotas y su entrada, justo sobre su próstata. Qhuinn gimió en voz alta y sus piernas flaquearon, lo que Blay aprovechó para sacárselo de la boca.

—¿Qué…? No…

Antes de que Qhuinn siguiera protestando, Blay se separó un poco, abrió la boca justo a un par de centímetros de su punta y siguió frotando su polla con la mano derecha a tanta velocidad que su macho se contorsionó, indefenso. Sus ojos se encontraron en el espejo y vio que Qhuinn entendía. Su macho le cogió los lados de la cara con las dos manos y no desvío la mirada de la suya a través del cristal cuando se corrió. En su boca abierta. Sobre sus labios. En su barbilla.

Blay pensó que todas las películas porno del mundo no podían compararse a la visión de su macho corriéndose en su boca abierta. Abundante y cremoso.

—Mierda divina…— Qhuinn jadeó el alma, apoyado contra la pared con las piernas flexionadas como si no le aguantaran el peso.

Él se incorporó con las rodillas benditamente doloridas del suelo del lavabo. No tragó lo que su macho le había dejado. Cogió a Qhuinn de la nuca, pegó sus labios y usó la lengua para introducir la semilla que guardaba en la boca de su hellren.

El subidón que eso provocó en Qhuinn quedó bien claro por la forma en que le destrozó las vértebras al ceñirle la espalda mientras se besaban, intercambiando fluidos. El moreno se separó de él con los labios apretados y un brillo de la mejor lujuria sucia que pudiera imaginarse en los ojos bicolores.

Blaylock sabía lo que vendría. Pero no estaba del todo preparado para el hambre que lo acompañaba.

Qhuinn le empujó para poder despegarse de la pared. Le hizo dar un par de pasos atrás y siguió empujándole hasta que le tuvo de cara al retrete de minúsvalidos. Le cogió las manos y se las apoyó en las barras auxiliares de los lados. De pies a su espalda, le quitó el cinturón, le arrancó el botón del pantalón y casi le destrozó la cremallera antes de bajárselo a lo bruto junto con los bóxers. Blay tenía la polla tan a punto de estallar que el bamboleo que dio al liberarse le encogió de dolor.

La enorme mano de Qhuinn en su espalda le obligó a doblarse hacia delante, dejando el culo… sí, justo a su jodido alcance. Los nudillos de Blay se volvieron blancos apretando las barras cuando vio en el espejo cómo Qhuinn se acuclillaba tras él… le separaba las nalgas con ambas manos… y apretaba la cara contra su hendidura.

Cerró los ojos con un gemido cuando Qhuinn usó su boca, su lengua con bolita y sus dedos para introducir en su cuerpo lo que el suyo había sacado antes. Dilatándole, humedeciéndole sin tapujos. Así era Qhuinn, tanto en el sexo como en la vida. Generoso y sin tabúes. Si se entregaba de corazón a algo, ése algo era bueno y no era sucio. Podía haber estado besando su boca y no su… ah, eso… a juzgar por cómo su lengua lamía los alrededores, entraba y salía, esparciendo saliva y semen. Por cómo paraba para besar sus nalgas, morderlas y apretarlas.

Abrió los ojos, inclinado como estaba, aferrado a las barandas, y giró la cara para poder mirar el espejo.

Las piernas le fallaron y dio las gracias por estar haciendo esto en un puto lavabo de minusválidos con agarraderas.

—Voy… voy… a… Dios, no voy a aguantar…

Qhuinn no tuvo ni que tocarle la polla para que se corriera. Separó bien su entrada con los dedos de la mano derecha, dejó que su lengua entrara al límite de sus posibilidades y con la otra mano masajeó la suave piel sobre su próstata.

Gracias al espejo, Blaylock tuvo una magnífica visión de perfil de él mismo disparándose en el suelo. A latidos. Mientras gemía por lo bajo, sin importarle dos cojones que todos los tíos que entraran en el lavabo con la intención de usarlo para lo que realmente había sido diseñado pudieran oírle.

Tampoco es que nadie fuera a escandalizarse. No en el Iron.

Quedó medio derrumbado, con las manos rígidas apretando las barras laterales, los pantalones alrededor de los tobillos y las rodillas de gelatina.

—Me encanta cuando te corres sin que te toque la polla, maldita sea.

Jadeó entre sudores cuando Qhuinn le habló al oído, pero no pudo salirle al paso con ninguna réplica ocurrente porque su cerebro parecía haber caído en una olla con barbitúricos hasta quedar anestesiado.

Su macho, por el contrario, se encontraba en plenitud de facultades.

Blaylock no supo cómo acabó sentado sobre la tapa cerrada del retrete, pero así fue. Qhuinn se agachó para quitarle del todo los pantalones, los bóxers y le siguieron los calcetines de seda y los zapatos. Blay acabó con expresión nublada sentado en el inodoro sólo con la camisa, el culo húmedo y Apocaliptica atronando por los altavoces del techo del baño.

Exactamente donde, como y con quien quería estar.

Los lavabos de minusválidos tenían otro detalle en el que Blay no había reparado jamás: el retrete era más alto de lo habitual. Asumió el detalle arquitectónico como una revelación cuando Qhuinn se plantó entre sus piernas, todavía con la camiseta puesta, los pantalones en los tobillos y la polla apuntándole, mojada. Blay recorrió toda aquella potencia con la mirada y, a saber por qué coño, el modo en que la camiseta ajustada de Black Sabbath daba paso a la piel suave recorrida por venas del bajo vientre desnudo de Qhuinn empezó a endurecerle de nuevo. Allí no había vello, como los humanos, ni imperfecciones, sólo piel dorada que se extendía hasta formar una erección descomunal y que terminaba en una ancha cabeza.

Bobo como estaba, Blay no reaccionó cuando Qhuinn le cogió los muslos, tirando de él hasta que su culo sobresalió del borde del retrete. Consiguió llevar las manos hacia atrás, aferrándose a los lados de la tapa para no desnucarse cuando su macho le levantó las piernas para colgárselas sobre las barandas laterales. Bien abierto para él.

—Mierda, estás para follarte.— Qhuinn se acompañó hasta su entrada, con una sonrisa sudorosa de medio lado.

No pudo evitar imitar el gesto.

—¿No es lo que pensabas… hacer?— gimió cuando la anchura de su macho le dilató.

—Lo estoy haciendo…

Qhuinn se inclinó sobre él, empujando hasta entrar por completo, con la cabeza gacha para no perderse detalle de las vistas. Blay tampoco podía apartar los ojos, alucinando como cada vez que sentía su cuerpo abrirse para él, tragándole. Hacía tiempo que había aprendido a relajar los músculos de allí abajo y a soltar el aire para reducir el dolor por el tamaño de su amante. Aún así… joder, no quería que esa punzada que le atravesaba de parte a parte desapareciera del todo.

Era Qhuinn poseyéndole y quería asegurarse de que percibía todos los detalles cada vez.

La polla de su macho tocó fondo en su interior y Blay chirrió los dientes, crujiendo los nudillos en su agarre de la tapa del inodoro. La presión era alucinante, tremenda, como si estuviera a punto de estallar… y Qhuinn lo sabía y se mantenía clavado, sin moverse, apretando contra él durante segundos….

Hasta que le agarró de los muslos que tenía colgados sobre las barandas y se inclinó sobre él para hablar contra sus labios.

—Rápido o largo.

—C-capullo…— Rompió a sudar, temblando, intentando contener la enormidad de Qhuinn en su interior.

El cabrón no sólo no se retiró sino que empujó más con las caderas contra él. Blay gimió y acabó con la cabeza hacia atrás, apoyada sobre la cisterna del retrete.

—Si no me lo dices… haré lo que me salga de las pelotas.

Tomó aire varias veces hasta conseguir entreabrir los ojos para encontrarse los de Qhuinn muy cerca de su cara, brillando.

—Largo— murmuró. Después del subidón de adrenalina made in celos, quería poder paladearlo.

Esos largos colmillos blancos brillaron con picardía un segundo.

—Como quieras…. hellren.

Sin moverse una pizca, Qhuinn se llevó el dedo índice de la mano izquierda a la boca. Se lo lamió, humedeciéndolo, sin desviar la mirada de sus ojos. La erección de Blay alcanzó de nuevo toda su longitud, apoyándose en su estómago en su postura encogida.

Cogió aire con todas sus fuerzas cuando Qhuinn introdujo también su dedo, despacio, pegado a la parte superior de su miembro. Él cerró los ojos, obligándose a no tensar los músculos de allí.

Hasta que Qhuinn giró el dedo hacia arriba y la yema encontró lo que buscaba en su interior.

—¡JODER!

OOO

Qhuinn sopesó poner a Blaylock celoso a propósito más veces. Porque el total abandono posterior de su amante era megajodidamente fantabuloso.

Blay expuso el cuello elegante cuando volvió a apoyar la cabeza sobre la cisterna del inodoro, tensando los hombros y los brazos bajo la camisa, y con sus muslos bien abiertos. Qhuinn bajó la mirada para verse bien enterrado en su interior, dedo incluido, y admirar la belleza masculina de su pareja.

Que les jodieran a los que pensaban que el sexo entre dos tíos era pecado. ¿Qué mierda podía tener de malo hacer disfrutar al macho al que amabas hasta que se le derritiera el cerebro?

Nada.

Y Qhuinn sabía exactamente cómo convertir a Blay en una masa gimoteante. Se cogió a su muslo con la mano derecha cuando comenzó a mover las caderas, retirándose para volver a entrar hasta que Blay se mordió los labios, con las mejillas casi tan rojas como el pelo. Sin sacar el dedo. Qhuinn lo mantuvo en su interior presionando directamente contra la próstata de Blay, fuerte, haciendo que tensara todos los tendones del cuerpo.

Luego empezó a frotarle por dentro con el dedo. Mientras le follaba.

Blay arqueó peligrosamente la espalda con un grito estrangulado en cuanto su polla se unió al masajeo de su dedo y, por un instante, Qhuinn temió que los dos acabarían en el suelo del baño.

—¡Virgen… Qhuinn… eso… m-mierda!

Sonrió. Sin perder el compás. Entrando hasta el fondo, retirándose casi hasta salir mientras frotaba aquel punto interno de locura con su dedo.

—Tengo… que traerte… al lavabo… más a menudo.— gimió al ver que brotaba líquido transparente de Blay, el producto de la excitación directa de aquella glándula interna.

Blaylock abrió los ojos llorosos, golpeándose la cabeza contra la tapa del inodoro al ritmo de sus empujones, con los colmillos extendidos y brillantes. Qhuinn dejó de masajear con su dedo un momento para presionarle por dentro a la vez que le clavaba la polla hasta el límite. Blay volvió a arquearse, electrificado, y gritó cuando su cuerpo bombeó más de aquel líquido directamente desde su próstata.

La humedad resbaló por la piel sonrosada de su miembro y Qhuinn rugió al verla, reanudando sus estocadas. Tenía que tocarle y ¿no le quedaba una mano libre?

—Aguántate… bien… en las barras.— masculló entre las mandíbulas apretadas.

Los ojos de Blay le miraron vidriosos pero su macho se afianzó con las piernas en las barras laterales justo antes de que él alargara la mano derecha y ciñera su polla con fuerza. Dios, Blay estaba hirviendo, resbaladizo y prácticamente latía en su mano.

¿Cómo podía pensar si quiera que él pudiera desear a otra? ¿O a otro?

—M-mierda… m-mírate.— murmuró.

Blay rodó la cabeza sobre la tapa del retrete, jadeando, y fijó la mirada en el espejo. Qhuinn le siguió el gesto y sus pelotas se encogieron, mandando una primera descarga de humedad al interior de su macho, lubricando aún más su contacto.

Su propio culo se encogía al ritmo del vaivén y a través del espejo pudo ver su mano derecha acariciando la polla de Blay. Y su amante… puro sexo sensual, abandonado por completo, con el pelo despeinado, sonrojado, los ojos brillantes y la camisa abierta, aferrándose a la tapa del retrete con las piernas abiertas sobre las barras, luciendo músculos en tensión y meciéndose a su compás…

Aquello era la imagen de la perfección. Y punto.

Vio a través del espejo que Blaylock se arqueaba al tiempo que su interior le apretó con una contracción que casi le hizo perder el control.

—Joder, Blay…

Tomó aire un momento, decidido a no irse hasta que Blaylock no hubiera viajado ida y vuelta a la luna. Hundió más el dedo en su interior, arrancándole un gemido, y aceleró la fricción sobre aquel punto interno hasta que Blay empezó con los gemidos agudos que indicaban que estaba a punto de correrse.

Él no iba a hacerlo. No todavía. ¿Me oís, hijas de perra? No voy a correrme aún, aleccionó a sus pelotas mientras el sudor resbalaba por su frente al sentir que aquel punto que acariciaba con su dedo se endurecía de golpe.

—¡QHUINN!

Blay se echó hacia atrás cuando su polla estalló, bombeando líquido transparente sobre el estómago y también sobre su mano. Una vez. Dos. El gemido se convirtió prácticamente en un lloriqueo cuando Qhuinn no le dio tregua y siguió con su triple asalto, cada vez más cerca de descontrolarse del todo él mismo, con sus propias pelotas duras como piedras.

—B-Blay… n-no aguanto… ¡Dios!

Su macho se corrió de verdad ante sus ojos. Nada de flujo. Su semilla blanca, cremosa, le empapó la mano mientras Blaylock se separaba del retrete con un grito y le estrujaba por dentro, retorciéndole… Qhuinn se ancló hasta el fondo en él y rugió cuando perdió el control de su cuerpo, apretando las caderas con furia en su afán de derramarse lo más dentro posible de Blay, de marcarle y poseerle. Liberó las manos para poder cogerle de los muslos y levantarle del inodoro, encajándole el culo a conciencia contra su polla. Bombeando. Sin parar.

—¡Q-Qhuinn!

Rugió con la cabeza hacia atrás, bien clavado dentro de Blay. Rugió su posesión, diciéndole al mundo que aquella criatura sensual era suya durante todo el tiempo que él respirara y que nadie en el jodido planeta iba a estar jamás a su altura y…

—¡Qhuinn, me haces daño!

Alto. Al segundo.

Su grito cesó como si le hubieran cortado las cuerdas vocales y abrió los ojos para encontrarse con Blaylock haciendo equilibrios, con el cuerpo totalmente levantado del asiento del inodoro, aguantándose únicamente con las manos en la tapa. Él seguía con la polla a tope en su interior y sosteniéndole los muslos en vilo.

—La madre que me…

Bajó las piermas de Blay con cuidado mientras salía de su interior tan despacio como si su amante fuera de porcelana, hasta que su macho pudo apoyar los pies en el suelo. A Qhuinn le fallaron las rodillas y quedó arrodillado en las baldosas, entre las piernas de Blay. Apoyó la cabeza en su muslo, muy cerca de la ingle, y rodeó su cintura con los brazos.

—L-lo siento… Soy un cafre.— tragó saliva con la boca seca.

Blaylock rió con ganas hasta que se le escapó un “¡ay!” y tuvo que cambiar un poco de postura, sentándose algo ladeado. Pasó los dedos por su pelo en una caricia suave y Qhuinn cerró los ojos.

—Como para dudar de que me deseas, después de esto.— Había una sonrisa en la voz de Blay.

—No vuelvas a hacerlo. Nunca.— ciñó su cintura con más fuerza.

—No lo haré.— Los dedos largos de Blay acariciaban también su nuca, la piel suave tras sus orejas, y Qhuinn podría haberse dormido allí, de rodillas en el suelo con los pantalones enrollados en los tobillos—. Supongo que aún estamos “en proceso”, ¿verdad? Todavía hay cosas que estamos superando.

Él pensó en su necesidad de desdibujarse entre la multitud del Iron para escapar del vértigo. En su miedo a entregarle lo que le había forjado. Soltó un bufido y sintió que a Blay se le ponía la piel de gallina con su hálito. Era tan sensible.

—Puedes apostarlo.— Besó la piel suave de la ingle de su macho y rió como un crío cuando Blay ronroneó—. Mierda, si sigues haciendo eso te juro por la Virgen que saldrá el sol y seguiremos en este lavabo.

—¿Y que Xhex nos tenga que desenganchar y sacarnos de aquí a rastras con el culo al aire? Nop, gracias pero creo que paso. Ya tengo suficientes experiencias traumáticas acumuladas.

La risa de Blaylock resonó por encima de la música estridente y a él le asaltó la necesidad de salir de allí, de la cacofonía continua del Iron. Se incorporó, subiéndose los pantalones sin molestarse en abrocharse el cinturón. Blay se cogió de las barras con las manos para levantarse pero él le meneó un dedo delante.

—Ah-ah. Vas a dejar que aproveche que te he podido arrastrar a un lavabo para enseñarte lo bien que va para… después de cosas así.

Blaylock le enarcó las dos cejas, pero no se movió. Él sacó toallas de papel del dispensador y las humedeció con agua y jabón.

—Eh, sé limpiarme yo solito.— el ceño pelirrojo se volvió más profundo.

—Seguro, pero no me vas a negar ese placer.

Qhuinn alargó una mano y tiró de Blay para levantarle del inodoro. Cualquier otro macho parecería idiota con la camisa puesta y desnudo de cintura hacia abajo, pero el suyo no. Estaba… comestible. Se puso a su espalda, empujándole el culo con las caderas hasta que lo acorraló contra la puerta cerrada del baño.

—Qhuinn…— el tono era de advertencia.

—Shhhh…. Limpieza, ¿recuerdas?

Levantó las manos de Blay, obligándole a apoyar las palmas contra la superficie ahumada de la puerta. Luego le rodeó el cuerpo con los brazos hasta sostenérsela entre las manos. Le limpió con suavidad, usando las toallas húmedas… hacia arriba y hacia abajo. Lento y concienzudo.

Besándole en el cuello mientras tanto. Para que no se aburriera.

—¿Así es… como… piensas… limpiarme?— Blay siseó, alargándose un poco en sus manos.

—¿Alguna queja?— Sacó la punta de la lengua y acarició las dos heridas que le había dejado antes en la garganta con movimientos circulares.

—Sol. Xhex.— Gemido—. Experiencia traumática… ¿recuerdas?

Rió sobre la piel húmeda de su macho y soltó su meimbro endurecido.

—Separa las piernas. Del todo.— susurró contra su oído, mordisqueándole el lóbulo.

Blaylock masculló una maldición en el Idioma Antiguo, pero obedeció. Eso sí, en sus términos. Echó la cadera hacia atrás y frotó las nalgas húmedas contra su polla más que interesada bajo suspantalones. Qhuinn acabó por sisear en su cuello.

—¿No ibas a limpiarme? ¿O tienes… algo más en mente?— le tentó Blay.

Un geriátrico entero de ancianitas en pelotas. Piensa en un geriátrico entero…

Le dio un mordisco suave en la garganta, sólo con los dientes delanteros.

—Lo tengo, pero cuando lleguemos a casa. Quiero… enseñarte algo.

La mirada que Blay le dirigió por encima del hombro, entre pestañas bajas, provocó una revolución instantánea de su entrepierna contra sus planes de contención.

—Creí que me lo habías enseñado todo.— joder si Blay no ronroneó.

Qhuinn metió un muslo entre sus piernas para inmovilizarle y separó su culo con los dedos de la mano izquierda, apretando las toallas mojadas contra su entrada con la derecha. Mientras su semilla resbalaba lentamente desde el interior de Blay, arañó la vena de su cuello con los colmillos.

—Voy a ponerte celoso— lamió sus heridas—… al menos una vez por semana.

—¿Por… qué?— Las manos de Blay se cerraron en puños contra la puerta del baño.

—Porque luego te pones… zalamero… como una gata… en celo.— Hundió las puntas de los colmillos en las heridas recientes, no más de un par de milímetros, lo justo para que Blay se derrumbara contra su pecho mientras él acababa de limpiarle entre las nalgas.

—Ma-món— le maldijo.

Lamió las incisiones para evitar que algún reguero de sangre manchara –más- el cuello de la camisa de Blay y después le dio una sonora palmada en el culo prieto.

—Listo. Limpio como una patena.— Tiró la bolita con las toallas a la papelera y después recogió los bóxers, los calcetines y los pantalones de Blay del suelo mientras su chico maldecía. Qhuinn se volvió para alcanzarle la ropa, con una mirada apreciativa a su masculinidad, cuando algo duro cayó de los pantalones de Blay que llevaba en la mano, rebotando contra el mármol del suelo— ¿Qué es esto?— levantó una cajita de terciopelo negro a la altura de los ojos.

—¡Dámelo!— su chico se lanzó hacia él tan rápido que le arrebató la caja de las manos antes de poder reaccionar.

—Eh, eh, calma, Blay ¿A qué viene esto? ¿Qué hay ahí tan importante?

Blaylock le cogió la ropa de los brazos, sin soltar la caja, y empezó a vestirse a tirones, con la cabeza gacha y sin mirarle. Qhuinn se acuclilló ante él, con las manos en los muslos.

—Houston, ¿tenemos un problema? ¿Qué mosca te ha picado?

—¡Ninguna!— Blay se subió la cremallera del pantalón, se abrochó el cinturón y escondió rápidamente la cajita en un bolsillo—. Vámonos de aquí.

Qhuinn fue más veloz y apoyó la espalda contra la puerta, bloqueando la salida del baño.

—No hasta que me digas qué demonios te pasa, Blay, me estás poniendo…

—¡Sal de ahí!

—… los pelos de punta, ¡joder!

—¡No pienso dártelo aquí!

—¡MIERDA YA, COÑO! ¡¿EL QUÉ?!— Qhuinn estaba empezando a imaginarse toda clase de posibilidades horribles. Y tenía mucha imaginación.

—¡Es demasiado importante! ¡Estamos en un PUTO LAVABO, no te voy a dar…!

—¡No te ha parecido tan mal cuando estábamos follando, maldita sea!

—¡… TU ANILLO!

¿Su qué?

—Repite eso.

Blay se echó el pelo hacia atrás con gesto nervioso y negó con la cabeza.

—Es especial, es… un regalo ¡Es importante para los dos, maldita sea!— Bajó las manos, cerrándolas en puños, y murmuró como los críos—. Quería dártelo en casa, hacerlo… no sé ¡Porque es importante para ti!

Qhuinn no tenía, honestamente, ni la más remota idea de a qué anillo se estaba refiriendo Blaylock. Él no usaba ninguno, le estorbaban para pelear, así que era improbable que su chico se hubiera puesto ñoño perdido y le hubiera regalado uno. Tampoco seguían los ritos humanos, por lo que no intercambiaban anillos de casado ni ninguna mierda similar. Ellos se emparejaban en sangre, y ya lo estaban. Pero estaba claro que lo que fuera que hubiere en esa cajita revestía un significado especial para su amante.

Suspiró y le cogió la cara con las manos, alzándosela.

—Blay, escucha. No tengo ni zorra de qué puñetas estás hablando pero, si crees que lo apropiado es enseñármelo en nuestra muy respetable habitación, por mí guay— torció una sonrisa—. Siento haberme puesto pesado. Pero quiero que sepas que para mí es “apropiado” cualquier sitio en que esté contigo.— Puso los ojos en blanco—. Después de esa cursilada, puedes patearme el hígado, juro que no me defenderé. Pero no te enfades.

Los ojos azules lo estudiaron con atención un momento y después Blay asintió. Qhuinn le soltó el rostro.

—Lo siento, se me ha ido la olla.— El pelirrojo se encogió de hombros—. Es… es la primera vez que hago esto, ¿sabes? Lo de tener pareja y los regalos. No sé cómo manejarlo.

—Ah, pues ningún problema.— Cruzó los brazos sobre el pecho con una ceja enarcada—. Al habla Qhuinn, Doctorado, Postgrado y Máster en Relaciones de Pareja, ¿cuál es su duda?

Eso arrancó una carcajada a Blay y una mirada tímida antes de volver a asentir.

—Sí, bueno, vale. Tú ganas. En realidad supongo que el lugar no importa.— Echó una ojeada al baño bien usado—. Si es bueno para… estar contigo, entonces lo es por la compañía, no por el lugar.— Metió la mano en el bolsillo para sacar la dichosa cajita y le dio un par de vueltas antes de tendérsela—. Ábrela.

A estas alturas, Qhuinn estaba mentalizado para decir “¡Oh, cielos, cariño, me encanta!” a un anillo de perlas con mariposas fucsias, pero no para lo que encontró.

Dos sellos en plata, oro blanco y ópalo. Con los símbolos de su casa, Warrior. Uno para cada uno.

El primero y el único que él tendría jamás.

Tocó uno de ellos con el dedo, resiguiendo el grabado, y se dio cuenta de que le temblaba la mano. La apretó en un puño. Parpadeó varias veces antes de levantar la vista hacia Blay.

—¿Los has…?— Tuvo que carraspear— ¿Los has encargado tú?

Su macho negó con la cabeza.

—Mi madre. Es su bendición.— También su voz sonaba rasgada.

Un sello era el símbolo de heredero de una casa. Pero dos anillos iguales, el de una pareja. Miembros de una familia. ¿Cómo demonios podía representar algo tan pequeño un concepto tan grande y tan deseado? Por eso la mahmen de Blay le había pedido que le enviara el diseño de su blasón. Y él que pensaba que era porque el padre querría ponerles en la lista negra de familias non gratas o hacerse una diana con el símbolo.

—¿Y tu padre qué dice de esto?

—Consintió en pagarlos.— Blay no pudo ocultar el chispazo de esperanza en su mirada.

Un paso. Diminuto, poco firme, pero un paso por parte de Rocke.

—¿Me permites?

Blay señaló hacia la caja y él se la tendió con un temblequeo de muñeca. No dijo ni palabra mientras su hellren sacaba uno de los sellos, le cogía la mano izquierda, la del corazón, y lo deslizaba en su dedo anular. Encajaba a la perfección. Tragó saliva con la impresión de que se oiría en todo el Iron cuando Blay le acarició el sello y el dorso de la mano con una sonrisa.

—Ahora todo el mundo podrá ver lo que tus amigos ya sabíamos. Que eres un macho de valía y el digno heredero de una familia honorable.

Puto ambientador del baño. O a lo mejor era la maldita bruma de los cañones de la pista de baile, que se colaba hasta allá. O el humo de los cigarros. Sip, por eso le picaban los ojos. Él no era tan niña como para llorar tres veces en toda una vida, ¿a que no?

N.O.

Él era un tío con dos pelotas capaz de dar a su macho lo que el momento pedía en vez de ponerse a correr en círculos sollozando. Amenazó a su mano para que dejara de temblarle y debió surtir efecto, porque consiguió coger el otro sello sin que le resbalara. Incluso alcanzó a colocarlo bien en el dedo de Blay, situándolo bien visible.

Pero la reserva de pelotas de acero se le agotó a la hora de hablar, como siempre.

Total, ¿por qué tenía que decir nada? ¿Es que Blaylock no había montado el numerito de “no te lo quiero dar en el baño” justamente porque se hacía a la idea de lo brutal que todo eso iba a resultarle? A la mierda las palabras. Echó los brazos sobre los hombros de su macho y lo estrujó hasta arrancarle un quejido, con la cara contra su cuello. No “escondida”. Apoyada. Faltaría más.

—Le daré las gracias de tu parte.— susurró Blay en su oído con una sonrisa.

—Estámpale dos besos en las mejillas. Que resuenen.— Qhuinn se separó con un carraspeo—. Y dile que es la puta hostia como madre, que me la llevaría de copas hasta acabar los dos borrachos como cubas para celebrarlo, striptease incluido, si no fuera una hembra casada.

Blay soltó una carcajada de corazón mientras se encajaba los zapatos y recogía la americana.

—Más bien, le transmitiré tu profunda emoción y tu hondo agradecimiento.

Él manoteó.

—Eso mismo. Lo que yo quería decir.

La mano se le fue a la cintura de Blay, bien posesiva, cuando abrió la puerta del baño. Estuvieron a punto de darse de morros con la pareja que se le había ofrecido antes. Ambos esperaban su turno de ocupar el baño de minusválidos mientras manoseaban al tipo que parecían haber escogido para llenar sus agujeros esa noche.

A pesar de eso, los dos le sonrieron, esperanzados.

Qhuinn giró la cara de Blay y le robó un beso con la boca abierta, tirando de su labio para finalizar. Guiñó el ojo a la pareja al salir del lavabo, en señal de despedida.

¿Quién puñetas se conformaría con saldos a granel cuando tenía a alguien único en el mundo con quien compartir cada noche?

OOO

Iba a tener que buscarse una secretaria. Necesariamente. Había un límite en los casos que un pobre abogado estaba capacitado para llevar por sí mismo.

Saxton tapó la pluma y la dejó sobre el tapete de cuero de la mesa de su nuevo despacho para luego frotarse los ojos enrojecidos con las palmas de las manos. Parpadeó, aclarándose la visión borrosa, y se echó hacia atrás en el butacón, moviendo los hombros para reducir el agarrotamiento tras otra noche con la nariz entre los papeles. Por mucho que fuera sábado, los litigios no se detenían.

Al contrario que los humanos, que se regían por los horarios funcionariales de sus tribunales, el Rey de la raza trabajaba los siete días a la semana y, según sospechaba, casi las 24 horas.

Con un suspiro, se levantó de la silla y caminó hasta el mueble bar para servirse dos dedos de Cabernet Sauvignon. Se llevó el tinto a los labios con una mano, contemplando el espectacular paisaje nocturno del centro de Caldwell a través de la gigantesca cristalera de vidrio templado. Las luces blancas de las oficinas convertían los rascacielos negros en algo parecido a teclados de piano en vertical. La luna rielaba sobre la superficie calma del Hudson, alimentando la ilusión de limpieza de sus aguas. Desde la altura de su nuevo apartamento, incluso distinguió un par de barcazas deslizándose con pereza.

Todo el mundo sabía que el Commodore tenía las vistas más privilegiadas de la ciudad y la planta treinta era la crème de la crème del edificio.

Sorbió el vino con una sonrisilla en los labios. Desde el momento que su camino se cruzó con el del renacido Lash tuvo claro que debía abandonar su acogedora casa pareada en el barrio victoriano. No había manera de saber a quién habría chivado Eckle su dirección y Saxton apreciaba meterse en la cama cada mañana con la seguridad de saberse a salvo. Entonces creyó que encontrar un lugar que le agradara sería complicado.

Saxton era un amante del arte y del bonheur de vivre, un afrancesado que precisaba rodearse de cierto nivel de buen gusto para sentirse cómodo. Pero su vida había dado un giro de ciento ochenta grados, trayendo nuevos aires, y ahora la sucesión de casitas todas iguales del barrio victoriano en cierta manera le ahogaba.

La respuesta había llegado de mano de un nuevo conocido: Rehvenge. El macho residía en la mansión de la Hermandad junto con su shellan y se encontraba inmerso en un proceso similar al suyo de “redecora tu vida”.

Saxton se había encargado de tramitar como era preciso la cesión de su rancho de las Adirondacks al Gran Padre, Phury, así como de la transmisión de toda la herencia de su familia a su hermana, Bella, y a su sobrina, la pequeña Nalla. El macho no quería ni un solo dólar familiar para él. Bueno, tiempo atrás Saxton ya había intervenido en la herencia que había recibido su shellan, Ehlena, y sólo con esos números en mente podía decir que la pareja no iba a sufrir penalidades económicas.

Resultó que Rehvenge y él tenían gustos parecidos, derivados de una educación similar. Apreciaban la cultura y la elegancia, aunque el macho hacía gala de tendencias algo más espartanas que él. La conversación copa en mano tras el trabajo había derivado con facilidad hacia sus nuevas necesidades de residencia y a la voluntad de Rehvenge de desprenderse de su ático en el Commodore. El trato se cerró en menos de diez minutos. No dejaba de ser curioso lo bien que habían congeniado los dos cuando, hacía medio año, Saxton había estado a un tris de ser el instrumento de la glymera para acabar justamente con Rehvenge.

Ah, la vida y sus giros inesperados.

Así que ahí estaba ahora, el flamante propietario del mayor piso de la última planta del Commodore. Sólo la moderna cocina era tan grande como su antiguo salón y Saxton estaba convencido de que podría practicar jogging sin salir de su habitación, siempre que venciera su aversión al deporte. Mármoles italianos alternaban con modernos equipos de música ocultos en el salón, alta tecnología en cristales de protección solar y retrueques suficientes en los pasillos como para acoger su pequeña colección de estatuas.

Tampoco tenía queja alguna de los vecinos, principalmente porque sólo había otra puerta en el mismo rellano: la del ático de Vishous y Butch. Los Hermanos residían en una pequeña casita en la mansión de la Hermandad, que apodaban la Guarida, pero parecía que el guerrero de ojos blancos era propietario del otro cuarto de la superficie de esa planta. Saxton sólo se había encontrado con ellos en el Commodore una vez desde que se había mudado. Ambos salían del ático con una expresión satisfecha en la cara mientras él entraba en su piso. Todos se habían saludado como buenos vecinos caballerosos y nadie había hecho preguntas.

Claro, nadie inquiere a dos Hermanos machos emparejados qué han estado haciendo a solas en un ático lejos de una mansión sobreocupada.

Más que nada, porque no quieres que te miren como si fueras imbécil rematado.

Dejó el vaso vacío sobre el mueble bar y salió del despacho hacia el enorme salón para encender el equipo de música. Las frágiles notas de la “Mañana”, de “Peer Gynt” tintinearon su allegro por toda la casa a través de pequeños altavoces disimulados en cada estancia. El ático tenía cuatro habitaciones, además del despacho. Saxton había instalado su cuarto en una de las más grandes, aunque no en la que ocupaba la esquina del ático, con dos de las cuatro paredes de cristal.

Esa la había reservado para su estudio de pintura.

Caminó entre sus caballetes, con láminas a medio terminar del paisaje de la ciudad a vista de pájaro, y pasó la mano por los muebles con sus pinturas y botes de pinceles en remojo. Allí era donde procuraba pasar siempre un par de horas cada día, al concluir el trabajo. Desde que empuñaba de nuevo los pinceles y practicaba, su técnica había vuelto a la de sus días de Universidad, tras años oxidada. Saxton pintaba cualquier cosa que veía. Le gustaban especialmente las sonrisas. Las de los civiles a los que ayudaba, las del par de ignorados artistas humanos cuyo trabajo había alabado en pequeñas exposiciones, la de la reina Beth cuando le recibía las noches que despachaban en la mansión.

Sonrisas que le aseguraban que, esta vez, recorría el camino adecuado.

Cuando había decidido dar un vuelco a su vida y dejar de ser el abogado que lustraba los escudos de la glymera para consagrarse al Rey y a los civiles, pensó que sólo tendría el trabajo justo para ir tirando. Se equivocó.

Al parecer, había encontrado todo un nicho inexplorado de mercado: el de los civiles que no habían alzado su voz contra los abusos de la nobleza por el sencillo hecho de que ningún abogado de la raza se había puesto a su disposición. Y menos con unas tarifas que pudieran pagar. Una vez que Saxton hizo la pequeña presentación “en sociedad” de su nuevo cometido –a través de una serie de charlas con civiles influyentes-, los casos comenzaron a llegarle. Primero, gota a gota. No en vano él había sido el portaestandarte legal de los nobles, así que el recelo era lógico. Después, en una marea.

Semanas después de su giro copernicano, los expedientes de civiles se acumulaban en su mesa.

Ciertamente, no podían pagarle tanto como la glymera, aunque el trabajo como Procurador del Rey compensaba con creces esa merma en sus ingresos. De Wrath podía decir dos cosas: exigía mucho pero pagaba en consecuencia.

Para la Hermandad ya había tramitado la adopción de la pequeña Ahna, con la reforma de la línea de sangre del guerrero Rhage que eso acarreaba; el ingreso de Blaylock… no, de Blay en la familia Warrior; su designación como Alguacil del Rey y, por tanto, potestado para ejercer la labor de policía en nombre de Wrath; las herencias y transmisiones de Rehvenge, que acababan implicando a Bella, y también su propia designación al servicio de la Corona.

Fritz le recogía dos noches por semana en la puerta del Commodore y le llevaba a la mansión para despachar con Wrath. Por supuesto, con los ojos vendados y, según sospechaba, cambiando de recorrido en cada trayecto para evitar que él pudiera memorizar la ubicación de la mansión. La seguridad ante todo.

Las reuniones con Wrath eran lo más parecido a un consejo de guerra: Saxton debía llevarlo todo preparado, memorizar las argumentaciones de cada cuestión y prever las preguntas del Rey por anticipado. Wrath no toleraba dudas ni demoras y buscaba respuestas concisas. Sonrió mientras hojeaba sus láminas, meneando la cabeza. No quería ni imaginar lo que debía ser trabajar para el Rey en calidad de soldado, aunque tenía que admitir que Wrath y él habían acabado por conectar. El Rey podía tener los modales de un guerrero prehistórico, pero premiaba el trabajo bien hecho, la honestidad y, sobretodo, la fidelidad. Saxton pudo apreciarlo en cuanto trascendió la pantalla de testosterona y gruñidos. Eran polos opuestos, pero apostaba a que acabarían encajando para una provechosa relación laboral de largo recorrido.

Contempló el óleo que tenía a medias en su caballete: un camino que surgía de un parque frondoso. Había trabajado la iluminación de manera que el sendero partiera de unas densas tinieblas en el punto más cercano al espectador para cobrar luminosidad a medida que se alejaba. Aunque la urdimbre de hojas y ramas aún se le resistía, estaba bastante satisfecho del tratamiento de la luz, especialmente teniendo en cuenta que la pintura era, necesariamente, en blanco, negro y grises. Los vampiros no eran afamados por su percepción de la gama de colores diurnos del paisaje.

Así se le antojaba su vida actualmente. A pesar del trabajo inacabable, ahora le sustentaba la convicción, no sólo una equivocada noción de revancha, lo que contribuía a que se levantara cada tarde de la cama con el empuje de acudir a casa de sus clientes para comunicarles que sí, había conseguido que les pagaran las nóminas atrasadas y, por tanto, podrían ponerse al día con el alquiler de su piso; o que no, en ningún caso su hija estaba obligada a servir como doggen en una casa nobiliaria sólo por su estatus de civil, sino que percibiría el sueldo correspondiente.

Y, después de su trabajo, continuaba con sus amados óleos que quizás un día verían la luz en una galería de arte. O se llevaba algún libro de Proust para releer en el Café des Artistes con una buena taza de café, disfrutando de la tranquilidad que da vivir de acuerdo a tus principios.

Saxton veía, por fin, la luz al final de su peregrinar. Tras años de ahogar su lado idealista en la hoguera de las vanidades, sus dos platos de la balanza se encontraban en equilibrio.

Desvió la mirada del óleo para fijarla en el único retrato enmarcado y colgado en la pared.

Todavía escocía. Dejar marchar a Blay había sido el primer paso, pero la herida había sido profunda, como son las experiencias que dejan huella. Por suerte, porque el dolor agridulce que sentía en el corazón cada vez que miraba su retrato le recordaba la meta que se había marcado.

No más mercantilismo con su propio cuerpo ni con sus sentimientos. Cuando trajera a un macho a su cama –dentro de un tiempo, cuando la herida cicatrizara un poco- sería porque la persona le interesara. No sólo por demostrarse que podía coleccionar amantes y que, por tanto, había superado la humillación infligida por aquel macho tiempo atrás.

Y, quizás, con el tiempo, conseguiría realmente superarlo y estar listo para afrontar una auténtica relación.

Después de todo, ahí estaba su primo. Qhuinn cargaba con más piedras en la maleta que él y, después de ser un bala perdida a su propia manera autodestructiva durante años, se había asentado junto al que siempre fue el amor de su vida. Con dignidad, orgullo y paz, rodeado de amigos que le valoraban por quien era.

Saxton sonrió con la mueca pícara de quien guarda un secreto. Después de lo que el Rey le había pedido que preparara, al final de esa noche Qhuinn, su protegido John y Blay no sólo vivirían rodeados de amigos.

También de Hermanos.

Caminó hasta la vidriera y metió las manos en los bolsillos, sonriendo a la ciudad desplegada a sus pies.

Sí, el futuro se presentaba cada vez más luminoso.

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18 comentarios to ““Amantes Liberados”, parte 1 del capítulo 8, “Empezando a volar””

  1. ultrawoman8 Says:

    Me ha encantado guapa… y el baño… pues qué te voy a decir… no se si es limpio o guarro… ¿cochino? 0_o … pero desde luego que calentito te ha quedado… la madre de Blay… ya sabíamos que entraría en razón… el padre… bueno en general los tíos son un “pelín” más cabezones con eso de admitir que existe la posibilidad de que sus conclusiones no fueran correctas del todo… con eso de que no se equivocan… ya verá la luz en su momento… me sigue dando un poco de penilla lo inseguros que son Blay y Qhuinn… celarse de esa manera y desconfiar o no querer mostrar que eres vulnerable… digo yo que el tiempo hará que limen asperezas… Genial Vane… Voy a por el último… VIVAN LOS ATRACONES- Besos guapa.

    • *asintiendo* Cochina, seguro, es una escena cochinota. Pero el final se lo valía, ¿no? Vale ya de comidas de olla y a darle gusto al cuerpo que son dos días 😀

      El padre de Blay es eso, padre. Los padres suelen tener más altas expectativas de la hombría de sus hijos que las madres; a veces se toman lo de “soy gay” como una afrenta personal. Aceptar que Blay sigue siendo Blay, si es que lo consigue del todo alguna vez, le llevaría muuuucho más tiempo que este fic, no me parecía realista que de repente, puf, todo fueran flores y mariposas.

      Y en cuanto a los celos, a Blay le saltó el piloto automático. Si se hubiera parado a pensar desde luego habría llegado a la conclusión de que Qhuinn no se iba a follar a esos dos. Pero su inseguridad genética se mezcló con la sorpresa y con el chip de años y ahí tenemos los celos. Sí, el tiempo hará que acaben de acoplarse, pero no me gusta eso de “uy, nos emparejamos y a partir de aquí todo es un camino de rosas”. La gente necesita tiempo para habituarse a la vida en pareja, vaya.

      ¡¡Ojito los atracones, que luego duele la tripita (o los ojos, en este caso^^)!!!! ¡¡¡¡Muchas gracias y besotessssss!!!!

  2. Hola Vane,
    GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS…..
    Procedo a copiarlo al archivo de word donde tengo el resto del fic para leerlo tranquilamente en mi ebook.
    Sólo una cosita, no sería capítulo 8 parte 1 Aprendiendo a volar?
    Es que has puesto capítulo 7 y puede que alquien se confunda.
    Un besazo y ya te contaré.

    • Ay, sí, ya lo arreglé. Se me fue el dedo con el número del capi, grrrrrrr. ¡¡¡Espero que te guste cuando tengas ocasión de leerlo!! ¡¡Muchas gracias!!

  3. PURRITA Says:

    Hola Vane, ya he terminado, lo primero de todo “ERES UN GENIO”, aclarado el punto te comento:
    1.- siempre me gusto la madre de Blay, pero si llego a saber que juega al “mus” la invito a una partida, por Dios ¡el mus!, adoro ese juego.
    2.- nunca, pero nunca nunca, voy a volver a mirar como si nada las barras en los baños de los minusvalidos.
    3.- guarro?, cochino?, bien “VIVAN LAS COCHINADAS”.

    saludos y vuelvo a darte las gracias, voy a por la ultima parte

    • No, no soy un genio ni de lejos, pero celebro que te gustara y ya sabes, las barras de los lavabos de minuválidos pueden ser muy útiles *guiño*. Jajajajaja, yo no he jugado al mus en mi vida, ni siquiera sé cómo se juega, pero me pareció que le quedaba bien a la mahmen de Blay ;P

      Cochino, cochino, sí ^^ Vivan las cochinadas!!!!! 😉

      ¡¡¡Muchas gracias y un besoteeee!!!!

  4. WOW! siempre me sorprendes! la escena del baño *nosebleed* Me da gusto como todo este cayendo en su lugar, ahh la mamá de Blay es maravillosa, me gusto como le diste ese aire victoriano. Un beso!

    • No sé por qué, siempre me imaginé a los padres de Blay como de origen inglés, será por la corrección con la que habla el chico y esa educación tan… ¿british? Ni idea. Y sí, todas las piezas ocupan su lugar, ¿no? ¡¡Espero no haberme dejado ningún cabo suelto!! ¡¡¡GRacias y un besoteeee!!

  5. ikumi Says:

    Waaa!!!! me encanto!!!!!…Dios…ya no voy a mirar con los mismos ojos los baños!!!!!…siempre me acordare de esa escena…>///< wiiii!!!!!! leere el ultimo!!!

  6. Ay Vane querida, q manera de alegrarme un día realmente pésimo!!! Me estaban matando las ansias de leer un nuevo capí… y como siempre valió la pena la espera.

    La escena del baño fue… uff se me fundió el cerebro y la… pantalla de la pc, jeje. Bien contundente, como para q a nadie le quede dudas de quién desea a quién.
    Seguida por el regalo, el sello y lo que representaba poder usar ese anillo para Q.

    De Saxton y Layla me gusta como construyen su día a día en pequeñas acciones que los hacen cada vez más libres y dueños de su propio destino, que no necesariamente la “ruptura” los estancó sino que fue algo que tenía que pasar…
    Muy bien logrado Vane, esa forma de adentrarnos más en su mundo hace que quiera saber más de ellos y lo que les espera.

    En fin, un capi completito, completito. Gracias otra vez diosa!!
    Capaz q ahora me echo un sueñito y luego a seguir leyendo 🙂

    • Me alegra que comentes sobre Saxton y Layla, eran una de esas cosas que me tenía ahí sufriendo. Parece que en la novela romántica todo dios tiene que acabar teniendo su Felices para Siempre, cuando la vida no es así. Al menos, no en cuanto acabas de tener un disgusto. Quizás en el futuro ambos encuentren pareja. O no. Pero no quería que lo hicieran justo al acabar el fic. LAs personas necesitamos un tiempo de recuperación y, en el caso de ellos dos, de maduración, de reorientar su vida hacia una nueva dirección. Y eso, muchas veces, se hace sin pareja y no tiene por qué ser malo. No sé si me estoy explicando^^;

      ¡¡Muchas gracias guapetona, un besoteee!!!

  7. tres hurras por la madre de blay…., esa hembra si que vale. la escena hot del baño, después de los celos y malhentendidos, ha estado soberbia, hija mía que inventiva tienes y describes las escenas con una minuciosidad y claridad que parece estar metida en ellas. que layla y saxton vayan por derroteros tan prometedores para su futuro me alegra de verdad, se lo merecen. aayy.. vane! que calidad tienes como escritora y persona, gracias por todo. y ahora hablando en términos taurinos a por el último de la tarde. besos mil.

    • Disfruté mucho escribiendo esa conversación entre BLay y su mahmen. Es como tan… madre, ¿no? Quiero decir, sólo quiere que su hijo tenga un buen trabajo, sea feliz y llegue vivo a casa. Lo normal en una madre normal, sea de la glymera o no.

      Y Layla y Saxton están al inicio de su nueva vida tal como ellos quieren llevarla. No siempre un disgusto amoroso es malo, a veces te sirve de cachetes en las mejillas para resituarte^^ ¡¡¡Mal que duela!!!

      ¡¡¡Muchas gracias guapa, un besoteee!!!!

  8. Fabuilosooooooooooooooooo!! como siempre y vaya SEXcene te has montado, mjujer!!!! como siempre..lo amé!

  9. mariza Says:

    Verdaderamente genial !! tu logras que pase de la exitación a la risa directamente a la emocion y al llanto.. no sé como lo haces …
    La ecena del baño.. que caliente^^ y sep definitivo tendré que pensar en ello cuando vea un baño así ;D
    Y me ancanta la mama de Blay jijij que mona! .. pero me da un poquitín de pesar de Saxton *suspiro* el amor no es facil…
    gracias vane!! lo de escribir te va muy bien!! sigue así *abrazo*

  10. Madre mía, cuando estaba leyendo la bronca Qhuinn-Blay en el baño y ya estaba la cosa enfilada…. y de repente me veo leyendo a la pacífica Layla en su pacífico rancho casi me pega un aneurisma del frenazo que ha pegado la sangre en mis venas XDDD

    En serio, genial. Me encanta que todo esté tan bien atadito… Besotes!!

  11. muy buen capitulo¡¡¡¡¡¡
    me gustooo todo¡¡¡

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