“Amantes Liberados”, parte 3 del capítulo 7, “Deja que sangre”

¡¡Cielos, no puedo creer que esta vaya a ser la última vez que pido perdón por el retraso en colgar el siguiente capi de esta historia… porque ahora voy a ir colgando todo lo que queda de golpe!! Veamos, esta parte tres acaba el capítulo 7 de la historia y también, puedo prometerlo, todo el contenido dramático del fic. Naaaada de malos rollos (casi) en el capi 8. Veréis que hay un salto temporal de una semana entre el principio de esta parte 3 y el final de la 2.

Con esta parte 3 dejamos atados varios cabos, entre ellos: el nuevo rol de Saxton; la creación del Ghardhyner (término que he inventado) de Blaylock; la acusación de Qhuinn contra Eckle, y el final de este último. Así que la primera parte de esta parte, valga la redundancia, tiene mucha política, con el escenario del Consejo del Princeps de fondo. Al respecto, tengo varios comentarios.

El último leadhyre conocido, según los libros, es Rehvenge, en Amante Vengado. Al final de ese libro, Rehv corta con sus vínculos humanos (mata su identidad mortal y deja de ocuparse de sus clubs…), pero no sabemos si hace lo mismo con lso vampíricos. Así que, sencillamente, he dado por hecho que sigue siendo el leadhyre. Sabemos también que el Consejo lo componen seis familias fundadoras, de las que conocíamos a Rehv, Marissa, Lash, Eckle y Montrag. He creado a otro noble para completar el póquer de ases: Rhanulf. Sin embargo, Montrag fue asesinado por Xhex y Lash está muerto, así que quedan dos asientos vacíos. El rango de Princeps se hereda, no se concede, pero he introducido el debate sobre la posible compleción del Consejo con nobles menores, en el marco del debate sobre la modernización de la nobleza. No tengo ni idea de qué se supone que ha pasado en lo libros porque la Ward no nos habla de la glymera desde Amante Vengado.

 

La parte 3 cierra también toda la subtrama de Rhage, Mary y la pequeña Ahna. La ceremonia de “bautizo” o presentación vampírica que describo está basada en gran parte en la de Nalla, descrita en Amante Consagrado, con detalles de mi invención. Así, algunos de los colores familiares que describo están sacados de los libros mientras que he inventado los que no conocemos.

En cuanto a los chicos, con esta parte dejan zanjados todos sus problemas (aunque el tema familiar de Blay aún coleará un poco en el capi 8) y, básicamente, se nos hacen mayores. Es decir, dejan definitivamente de ser unos críos jugando a la guerra y aceptan con todas sus consecuencias lo que ello comporta y los cambios que provoca en su forma de ver el mundo.

No me lío más, aquí os dejo la parte 3 del capi 7 y me pongo a colgar la siguiente. ¡¡Espero que os guste!!  Las nuevas imágenes que podéis ver de los chicos son propuestas de algunas de vosotras en mi página de Facebook. Si encajan o no como Qhuinn y Blay, decidilo vosotras pero lo que nos deleitamos la vista y los ratos de cotilleo que tuvimos no nos lo quita nadie 😉 Ah, y esta parte va dedicada a Brian O’Neal DN Wahlker NG, que al parecer la estaba esperando con ilusión^^

 

 

CAPÍTULO 7. DEJA QUE SANGRE. PARTE 3

“Un aristócrata no debe únicamente serlo, también parecerlo”, decía siempre su madre. Uno de los consejos que pensaba seguir.

El traje confeccionado a medida de Chester Barrie le sentaba como un guante. De seda negra y con chaleco. Los zapatos eran Church’s, por supuesto. Elegancia británica de pies a cabeza. Los gemelos de plata con hematitas eran de Tiffany, sin embargo, y el reloj, un buen Atlas importado de Suiza. Sumándole la cartera de piel, Eckle calculaba que llevaba encima más de 6.000 dólares.

La imagen que le devolvió el espejo de pie de su habitación le dijo que era, ni más ni menos, lo adecuado a su rango. El del heredero de una de las familias fundadoras de la glymera que se presentaba por vez primera ante el Consejo del Princeps como único superviviente de su estirpe.

El hecho de que Lash no le hubiera incordiado en los últimos quince días era también un hecho notable. Eckle no tenía ni idea de cómo se había saldado el encontronazo que él había propiciado entre su primo y la Hermandad después del desliz informativo de Saxton. Quizás Lash no se había topado con aquellos simios, después de todo, y se estaba dedicando a sus tétricos asuntos del Más Allá. O quizás la Hermandad había encontrado una manera de matarle y su primo criaba malvas a esas alturas. A pesar de que Eckle, en un principio, pensaba arreglar que Lash acabara con Qhuinn una vez reclamara la servidumbre de éste en el Consejo por su agresión, también podía arreglar la muerte de su hermano sin que mediara su molesto primo de por medio.

De hecho, Eckle prefería con mucho que la Hermandad hubiera hecho su maldito trabajo y hubiera liberado al mundo –y a él en particular- del acoso de Lash.

Tenía previsto codearse con demasiada gente importante a partir de ahora como para tener que estar pendiente de sus apariciones fantasmales. Además, Eckle podía haber accedido a obtener direcciones de nuevas mansiones para llevar a cabo cierta limpieza de nobles. A fin de cuentas, la glymera estaba emparentada. Si varias familias, pongamos por caso, desaparecían, era muy posible que él recibiera su patrimonio en herencia. Pero tenía la impresión de que Lash apostaba por eliminar a toda la nobleza y por causar serios estragos entre los civiles. Eso no le convenía ¿Dónde encontraría a un hembra a su altura para emparejarse y continuar con su linaje? ¿Y quién trabajaría para él?

Así que, visto lo visto, que Lash se hubiera esfumado sumaba una nota más en el perfume de Satisfecha Serenidad que le envolvía esa noche.

Eckle se abotonó el último botón de la americana, dio un par de tirones a los puños de la camisa para asegurarse de que estaba impecable, cogió su maletín de piel y salió de casa con paso liviano. El nuevo doggen con atribuciones de chófer que había contratado –no podía subsistir sólo con la hembra medio subnormal que atendía la casa- le esperaba ya con la puerta abierta de su Rolls Royce Phantom. Suyo, después de la muerte de su padre. Lohstrong siempre había preferido el Jaguar y había tenido la desfachatez de dejar que aquella joya dormitara bajo una lona en el garaje. Bien, nuevo heredero, nuevos aires. El Rolls proclamaba más a las claras quién era él y, sobretodo, quién estaba destinado a ser.

Acarició la fina tapicería de cuero blanco mientras dejaba que el doggen le condujera hacia la mansión de Rehvenge, hijo de Rempoon, actualmente leahdyre del Consejo del Princeps. Aquella noche, nadie en su sano juicio se desmaterializaría. El desfile de coches de gama alta contribuiría a colocar a cada uno en su peldaño social con la misma fiabilidad que los asientos que Rehvenge les iba a asignar en la mesa del Consejo. Habría que estar loco para desaprovechar la ocasión de sacudir un poco las plumas de pavo real presentándose sin rodearse de todo el atrezzo de la posición de cada cual.

Eckle no había coincidido a menudo con aquel macho, pero las veces que lo había hecho encontraba que mezclaba atributos guerreros con su sangre noble más allá de lo aceptable. Le recordaba demasiado a los gorilas de la Hermandad, un aspecto que reforzaba con aquel excéntrico peinado, los ojos lilas -¡lilas! Qué malhadada ocurrencia genética- y el aire amenazante. Quizás se le había subido a la cabeza que su madre hubiera sido una Elegida o que su hermana se hubiera emparejado con un Hermano, más asesino y sádico de lo normal, según la rumorología.

En cualquier caso, corrían habladurías sobre Rehvenge. Chismes sobre su emparejamiento con una civil de baja estofa, contraviniendo las reglas morales de su rango, por mucho que la shellan en cuestión hubiera heredado una fortuna. También se decía que ya no vivía en la casa familiar, la que esa noche albergaría el Consejo. Y las murmuraciones iban incluso más allá, adentrándose en una densa niebla oscura a medida que escaseaban las fuentes para contrastarlas. Se hablaba de un complot desarticulado en contra de Rehvenge, de algo que involucraba limpieza de sangre, papeles y su primo abogado, Saxton. Pero, por supuesto, nada de eso era demostrable.

Al menos, se dijo, esa noche se libraría de la molesta presencia de Saxton. Ninguno de los nobles le había requerido como asistente al Consejo y era bien sabido el poco aprecio que el Rey y su corte simiesca sentían por la finura del combate legal, así que el maricón de su primo no le avergonzaría con su simple existencia. No fuera a ser que algún noble le recordara el parentesco.

Eckle se dejó acunar por el suave ronroneo del Rolls a la luz de las farolas. Se sintió tentado de bajar la ventanilla y disfrutar del cálido aire nocturno, pero eso estropearía su peinado. Esa noche debía representar, más que nunca, el papel de inmaculado heredero agraviado; nada debía estar fuera de lugar. Ya tendría tiempo, cuando su posición se asentara, de hacer todo lo que la defectuosa existencia de Qhuinn le había impedido durante su vida.

El East End, con sus regias mansiones ocultas tras grandes extensiones de jardines rodeados de muretes y verjas adornadas, contribuyó a acrecentar su seguridad. Se adentraba en su mundo, en el que ahora podría modelar según su voluntad, no la de su padre. No es que no lamentara su muerte, obviamente, pero, en fin, la libertad había sido un regalo inesperado y a nadie amarga un dulce.

Las ornamentadas verjas de hierro fundido de finales del siglo XIX de la mansión de Rehvenge se abrieron al instante cuando su doggen anunció a su pasajero por el interfono. Rodaron despacio por el sendero asfaltado de acceso, discurriendo entre jardines con amplias perspectivas y líneas sencillas. Tamborileó con los dedos sobre la rodilla cuando, inevitablemente, tuvieron que aguardar tras los demás coches a que les tocara el turno a ser atendidos por un doggen desconocido. El hombrecillo conversó brevemente con su propio criado, tachó su nombre de la lista que llevaba en las manos y se apresuró a abrirle la puerta con una reverencia.

—Sire Eckle, hijo de Lohstrong, bienvenido.— Le indicó la entrada principal de la mansión, abierta de par en par, por la que se derramaba luz en el porche—. Por favor, le están esperando.

Eckle se reajustó los botones de la americana al salir del Rolls, contemplando la fachada de la mansión mientras su doggen conducía hacia la plaza de aparcamiento reservada. Blanco, blanco… ¿qué tenía Rehvenge con el blanco por todas partes? A lo mejor había sido cosa de su madre. La Virgen sabía que las Elegidas tenían alguna clase de obsesión por el blanco y por las líneas desnudas. Personalmente, él opinaba que equivalía a proclamarse pobre en ideas y medios.

Metió una mano en el bolsillo de la americana con aire indolente mientras subía las escaleras de mármol del porche hacia la puerta de entrada, donde un hombrecillo diminuto, vestido impecablemente con el uniforme blanco y negro de un jefe de doggen, le sonrió, consiguiendo que los desagradables pliegues de sus mejillas oscilaran.

—Vos debéis ser Eckle, hijo de Lohstrong.— El criado se inclinó un instante para ofrecerle varias copas de champagne con el borde azucarado de una bandeja de plata repujada—. Servíos, si sois tan amable, y sentíos en vuestra casa. El amo Revhenge se encuentra en el salón principal, pero Su Majestad y la Hermandad todavía no han llegado.

—Por qué no me sorprende…— murmuró, enarcando las cejas y cogiendo una de las copas.

No podías esperar que unos Cromagnon tuvieran el mínimo respeto por las reglas de la civilización.

Eckle paseó por el recibidor, saludando con la cabeza a varias damas y nobles menores. Observó a las hembras jóvenes como un cazador a sus futuros trofeos, tan ensimismado en la búsqueda de posibles candidatas a shellan que pasó por alto que ninguno de los saludados le devolvió el gesto. Quizás debía concentrarse en las familias fundadoras, es lo que realmente se hallaba a su nivel. Aunque ese pozo cada vez estaba más seco.

Entró en el salón, donde en ese momento mariposeaba lo más granado de la nobleza vampírica recién retornada a Caldwell. El brillo de la seda, los rubíes y los diamantes en las damas conjuntaba con los zafiros y el oro blanco de los gemelos de los machos, enfundados en costosos trajes confeccionados a mano, todos departiendo con copas en la mano.

En el centro del salón, Rehvenge exhibía su acostumbrado aspecto de indio mohicano domado sólo a medias: un enorme macho con el pelo rapado por los lados de la cabeza, apoyado en un fino bastón de ébano y arrebujado en un abrigo de marta cibelina –¡en pleno agosto, santo cielo!-. Los ojos lilas del leadhyre le miraron un segundo y asintió imperceptiblemente, reconociendo su derecho a estar allí, o eso interpretó Eckle.

No había hembras casaderas en la familia de Rehvenge aunque, francamente, no estaba muy seguro de que fueran una elección acorde a su paladar. Que su hermana se hubiera emparejado con un asesino de la Hermandad decía muy poco a favor del orden correcto de prioridades en esa familia.

Eckle espolvoreó varios saludos, cumplidos y presentaciones entre los nobles y las familias sin derecho a voto en el Consejo, más pendiente de localizar a los supervivientes de los fundadores que atento a ver si le eran devueltos.

Además de Rehvenge, como exponente de las seis antiguas familias creadoras del Consejo del Princeps quedaba… Marissa. La antigua shellan del Rey, repudiada por él y embarrada por un lamentable suceso con un ex humano reconvertido a Hermano, no constituía, desde luego, una elección aceptable. La hembra era una belleza clásica, eso era innegable, pero su predilección por los trajes pantalón y las colas de caballo estropeaban su elegibilidad tanto como su expediente. ¿Qué noble con la cabeza bien amueblada cortejaría a una aristócrata venida a menos que trabajaba con civiles apaleadas? Además, era vieja para sus cánones.

Al margen de Rehvenge, Marissa y él mismo, sólo quedaba otro rancio representante de los Príncipes que, en plena Edad Oscura, unieron sus fortunas –y sus ejércitos- para proteger a la raza del auge de la plaga de la humanidad. Rhanulf, hijo de Wolfen, delataba todavía sus raíces germánicas en el Viejo Continente. El macho, de la edad de su padre, proclamaba genes arios en cada uno de sus secos gestos de cabeza, en la mirada glacial de los ojos azules y en las ondas rubias que no endulzaban un rostro que parecía pulido a cortes de navaja. Su shellan, de pie a su derecha, era la versión femenina del macho. Sin embargo, su hija… Eckle fijó la mirada en la joven rubia con vestido de noche negro perlado que ocupaba el adecuado lugar, a la izquierda y un paso atrás de su padre. La hembra parecía saber comportarse como el decoro exigía y no era del todo mal parecida.

—Sire— saludó con todo su aplomo al pasar por su lado, cabeceando sólo un momento, lo justo para que se interpretara como respeto y no como sumisión ante un igual—. Eckle, hijo de Lohstrong. En el pasado coincidimos en veladas como ésta— sonrió con afectación—. Estoy acabando de finalizar cierta…— gesticuló con la copa en la mano— remodelación de mi humilde hogar. Sería un placer que pudiéramos compartir una copa en el jardín una de estas noches de verano. Con su familia, por supuesto— dirigió una mirada de reojo a la hija.

El macho le estudió un instante sin un atisbo de sonrisa.

—Es admirable comprobar lo rápido que os habéis recuperado del golpe de perder a todos vuestros parientes de esa manera tan cruel, joven.

Um, esperaba que la hija fuera menos seca que el padre.

—La vida sigue, sire, como no puede ser de otra manera. Tenemos que mirar hacia el futuro, ¿no os parece? Especialmente los pocos miembros de las familias fundadoras que aún vivimos.

—Sin duda alguna.— los ojos azules del macho se entrecerraron.

Le despidió con un breve asentimiento antes de proseguir la inspección de la deliciosa fauna que poblaba el salón noble. Ciertamente, la heredera de Rhanulf era la única opción digna de considerar. El sitial reservado a la familia de Montrag estaba vacío, después de su terrible asesinato y mutilación meses atrás. Las demás hembras pertenecían a los clanes menores de la aristocracia.

También la silla de la familia de Lash estaba vacía, a menos que su fantasmagórico primo hiciera su aparición. Por un instante, se quedó congelado en el salón con la copa aún en la mano ¿Y si aparecía? ¿Y si aquel narcisista ególatra mentalmente inestable decidía arruinar su presentación en sociedad con algún tipo de… de solución final para la nobleza?

No. Imposible. Lash no conocía dónde iba a tener lugar el Consejo y él no había sentido su maligna presencia siguiéndole. Sus temores eran irracionales. Debía recomponerse antes de…

Toc-toc-toc.

El doggen desconocido golpeó el suelo de madera del salón con un bastón bañado en pan de oro antes de cuadrarse y hacer su anuncio con vocecilla temblorosa de orgullo.

—El Rey Wrath, hijo de Wrath, y su escolta han llegado.

La selecta reunión de nobles se sumió en el silencio al instante y Eckle chasqueó mentalmente la lengua, fastidiado de que la fatua ostentación de poder real que seguramente se produciría hubiera interrumpido su confraternización nobiliaria.

Primero entró un perro.

Un can rubio de pelo largo y ondulado que babeaba la alfombra de cachemira con la lengua que le colgaba fuera de las mandíbulas.

A Eckle estuvo a punto de escurrírsele de las manos la copa de champagne francés de importación.

El rey de la raza entró cogido al perro por algún tipo de arnés y, al hacer con la vista el recorrido desde el animal pasando por el grueso antebrazo tatuado del monarca hasta las gafas negras que lucía, lo comprendió. Había perdido la vista por completo. El Rey, el cabecilla que debía guiarles en la guerra, era ciego y necesitaba de un perro guía para no golpearse las espinillas contra los muebles.

Aunque… a juzgar por cómo giró la cabeza directamente hacia donde él se encontraba, quizás sus otros sentidos compensaban la falta.

Tonterías, se dijo. Wrath no tenía ninguna razón para fijarse especialmente en él, debía ser un gesto descoordinado de un pobre tullido. El Rey se detuvo en el salón, una inmensa mole con traje oscuro, ceño fruncido y pelo larguísimo, que se hizo dueño y señor del espacio con su mera presencia. A Eckle le pareció que su aura se extendía como tentáculos, tocando y explorando a cada uno de los presentes. Definitivamente, el Rey no le gustaba ni pizca.

Claro que los que entraron pisándole los talones y destrozando el elegante ambiente nobiliario con sus pantalones de cuero, sus gabardinas largas y las dagas cruzadas sobre el pecho le agradaban aún menos.

El primero fue un macho de pelo con corte militar y cansados ojos azules, que parecía haber pasado por tiempos mejores. Diantre, otro desastre que se suponía que protegía a los vampiros de los restrictores. Tras él, el que supuso que era el Hermano más normal de todos, con melena multicolor, acompañado de un espíritu de venganza encarnado: un macho de pelo rapado, ojos negros y una horrible cicatriz –contuvo un escalofrío de disgusto- desfigurándole el rostro. Válgame el cielo, pensó. El supuesto hellren de la hermana de Rehvenge. Esta vez, Eckle supo que no se lo había imaginado; las piedras negras que tenía aquel macho por ojos se fijaron en él con lo que le pareció una sentencia de muerte. Dio un paso atrás de forma inconsciente.

Un gigante rubio que andaba a zancadas fue el siguiente, seguido de cerca por un macho castaño de aspecto más normal, cuyos ojos avellana radiografiaban la estancia como si tomara notas. Muy cerca de ellos, el guerrero de los ojos blancos y los tatuajes que lo marcaban como una abominación tuvo el descaro de mirar a todos los nobles por encima del hombro, como si no le llegaran a la suela de sus espantosas botas. Cargaba con una enorme caja de acero sujeta con un solo brazo hercúleo.

Eckle apretó la copa, creyendo que su justa indignación no podía alcanzar cotas mayores, cuando los tres últimos miembros de la comitiva real acabaron de atestar el salón.

El pelirrojo amigo de su hermano, Blaylock creía recordar que se llamaba, vestía como un caballero, con un traje negro Tom Ford, como si fuera algo distinto a las bestias a quienes acompañaba. Afeitado y bien peinado, ojeó a los congregados hasta detenerse en un par en concreto. Ah, sí, sus padres. A quienes había avergonzado proclamándose homosexual, lo que últimamente parecía ser una plaga entre la nobleza. Rocke se empecinaba en desviar la vista hacia otro lado, negándole, como era normal, el reconocimiento de una mirada, mientras que la mahmen, débil como lo son las hembras, gritaba “¡hijito mío!” con la mirada. En cierto modo, Eckle podía comprender la carga que supone para los miembros aptos de una familia cargar con el deshonor de un componente tarado.

Y, hablando de tarados, la copa estuvo a punto de resbalarse entre sus dedos temblorosos de rencor cuando el descastado de Qhuinn entró justo detrás del pelirrojo. ¿Quién creía que era aquel miserable? Vestía como los demás Hermanos, con gabardina larga, pantalones de cuero y aquellas horribles botas con remaches plateados que se había empeñado en comprar con la paga que sus padres tenían a bien darle cuando vivían. Seguía llevando el pelo de punta y las orejas agujereadas, igual que una ceja y el labio inferior. La lágrima bajo el ojo izquierdo y el grueso collar de anillas sólo reforzaban su estigmatización, marcándolo como la extraña mutación del gen familiar que era.

Al menos estaba allí. Eso significaba, desde luego, que el Rey había aceptado incluir su petición en el orden del día del Consejo. Eckle se consoló recordándose que sólo tendría que tolerar su soberbia presencia durante un breve rato, hasta tenerlo a su merced.

Comparado con la repulsión que le provocaba su hermano, la aparición de Saxton cerrando la comitiva real casi se le antojó tolerable. Desconocía qué hacía su primo con el Rey, máxime cuando ningún noble del Consejo había solicitado su concurso, pero le importaba un comino. Había en juego un premio demasiado grande como para fijarse en las migajas.

Rehvenge se adelantó hasta detenerse ante el Rey, saludándole con un pequeño asentimiento y la mano en el corazón, signo de lealtad. Si era fingida o auténtica, Eckle no lo sabía.

—Mi señor, la sala del Consejo se encuentra preparada y los nobles convocados han acudido. Si tenéis la bondad de seguidme…

—Vamos.— el Rey tenía unos colmillos tan largos que Eckle pudo verlos con aquel simple monosílabo.

El leadhyre dio la espalda a Wrath, demostrando así que no pesaba sobre su conciencia ningún acto en contra del Rey que pudiera ser castigado con un ataque por sorpresa. La gestualidad en las reuniones de la alta aristocracia era tan importante como las palabras, bien lo sabía él. Eckle esperó en su lugar, junto con el puñado de nobles con derecho a voto, a que la comitiva real avanzara hacia las escaleras de acceso a la enorme librería del sótano. Si las miradas en la nuca mataran, Qhuinn habría caído fulminado allí mismo.

Los pasos de los nobles resonaron quedamente contra los escalones mientras descendían a la planta subterránea de la mansión, donde unas grandes puertas dobles de madera de cerezo abiertas conducían a una gigantesca biblioteca. La estancia rectangular, sin ventanas, tenía el techo artesonado de madera y sus cuatro paredes estaban cubiertas por estanterías acristaladas que custodiaban los libros atesorados por la familia en el transcurso de los siglos. Aquello era tanto una sala de lectura como una vitrina de la solera familiar, en la que cada libro constituía una muesca de la antigüedad de la estirpe. Una gran mesa de nogal ocupaba el centro de la biblioteca, con una gran silla reservada en una cabecera para el rey y otra para el leadhyre, el Primus inter pares de las familias fundadoras. Cinco sillas más estaban dispuestas, de las que sólo tres lucían un pequeño cartelito delante con el nombre de su ocupante en el Idioma Antiguo, y una era la suya.

El Rey, acompañado de su perro babeante, dejó caer su enorme corpachón en la butaca presidencial del fondo, mientras Rehvenge hacía lo propio en el extremo más próximo a la puerta. Para sorpresa de Eckle, Saxton se colocó de pie un paso atrás a la izquierda del rey, con la derecha ocupada por el Hermano de los ojos azules tristes. Dos pasos atrás de la butaca real tomaron posiciones Qhuinn y Blaylock, más cerca el uno del otro de lo que el decoro aconsejaba en aquellas circunstancias. Pero, de nuevo, ¿qué se podía esperar de unos inadaptados como aquellos?

El Hermano de los ojos blancos flanqueó al rey un poco más alejado, mientras que el asesino rapado se plantaba a un lado de la mesa, justo enfrente de él, y el de la nariz torcida más o menos a su espalda. Nada extraño, desde luego, teniendo en cuenta que su supuesta estúpida misión era prevenir cualquier ataque al Rey que pudiera provenir de los nobles pero, aún así…

Las puertas de la librería se cerraron con un golpe seco y Eckle dio un imperceptible salto cuando se estaba acomodando en su silla. La culpa la tenía aquel Hermano de la cicatriz, que no desviaba su mirada de reptil de él. Resultaba incordiantemente tétrico. El resto de los nobles de la glymera sin derecho a voto en el Consejo se dispusieron en dos grupos en las esquinas más cercanas a la puerta, sin llegar a obstruir la salida, custodiada por el Hermano melenudo.

Un golpeteo seco consiguió dirigir la atención de todos los congregados al sitial de Rehvenge. El leadhyre había hecho sonar sobre la mesa el mazo de plata labrada símbolo de su autoridad.

—Wrath, hijo de Wrath, Rey de la raza, los supervivientes de los fundadores del Consejo del Princeps han sido convocados y han acudido, igual que el resto de las familias de la glymera.— La voz poderosa del macho resonó en la librería en silencio—. Hacednos saber los asuntos que deseáis tratar.

Eckle enarcó las cejas sin poder remediarlo cuando el Rey asintió hacia Saxton, de entre todas las personas de la sala. El abogado depositó en una bandeja también de plata que portaba el doggen de carrillos descolgados un pergamino atado con las cintas de los colores de las familias principales restantes. ¿Exactamente qué papel tenía su primo allí?, pensó mientras el hombrecillo trotaba para llevar el orden del día al leadhyre. Rehvenge desató las tiras, desplegó la vitela y asintió, dejándola sobre la mesa ante él.

—Primer punto del orden del día: el nombramiento de nuevos cargos de designación real.

Sus cejas insistieron en permanecer enarcadas. Lo primero que cruzó su mente fue alguna nueva treta del Rey para librar a Qhuinn del destino que le esperaba, igual que cuando fue designado ashtrux nostrum. Sin embargo, se equivocó.

La voz del Rey atronó la murmurante reunión.

—Nombro a Saxton, hijo de Thym, Procurador real. Desde este momento está a mi servicio y al de aquellos que yo designe, civiles incluidos.

Los murmullos estallaron como un coro de gritos sofocados. Eckle apretó las manos que tenía enlazadas sobre la mesa tanto como sus labios, clavando la mirada en el degenerado de su primo. Así que aquel desgraciado había sido ascendido a mano derecha del Rey y a defensor de las causas perdidas de las clases inferiores cuando a Wrath le conviniera, sin duda en contra de los intereses de la nobleza. Dulce Virgen, ¿cómo habían llegado a semejante situación de pérdida de valores morales?

—Y nombro a Blaylock como Alguacil, con la potestad de crear un Ghardhyner, un cuerpo de guardia civil que asegure el respeto de la Ley Antigua en todas las interacciones de la raza, tanto entre los nobles como entre los civiles y de las dos clases entre sí.

¿QUÉ?

Eckle no estuvo seguro de si se le escapó en voz alta, pero tampoco importaba. El revuelo que estalló en la biblioteca bastó para acallar su indignada sorpresa.

La noche corría un serio riesgo de agriársele.

OOO

Blaylock mantuvo las manos en los bolsillos del pantalón, tanto para transmitir con su lenguaje corporal que se encontraba sereno en su papel como para disimular que no era así en absoluto mientras Rehv intentaba silenciar a la asamblea con cansinos golpes de su maza. Más bien parecía que el Reverendo se estaba relamiendo los bigotes al ver el caos en que se había sumido la reunión de nobles conocidos por vivir perpetuamente con un palo en el culo.

—Lo harás bien. Te crees tu proyecto, tienes dos huevos y eres mi macho. Lo harás de puta madre.— susurró Qhuinn a su lado.

Intentó una sonrisa que no llegó a salirle del todo hasta que le miró directamente. A pesar de saber lo que seguiría cuando le tocara el turno, Qhuinn estaba entero, de una pieza. Sólido. No necesitaba meterse las manos en los bolsillos porque no le temblaban. Estaba ceñudo y tenía esa mirada pétrea de seguridad, en sí mismo y en él, que Blay empezaba a verle cada vez más a menudo. Qhuinn se estaba convirtiendo rápidamente en la piedra angular que le sustentaba cuando su maldita timidez salía a pasear. Así que le sonrió de verdad.

Llevaba una semana encerrado con Butch, acabando de perfilar su Ghardhyner, su cuerpo de vigilancia. Habían diseñado el organigrama que mejor se adecuaría a las necesidades de la raza; fundido el reglamento de los Cuerpos policiales con la Ley Antigua para concretar su margen de maniobra, y dimensionado la plantilla y los recursos que necesitarían para, en primera instancia, ponerse a prueba en Caldwell.

Faltaban los reclutas, de los que ya se ocuparía cuando la noticia se hiciera oficial a través del correo general que el Rey enviaría a la raza; encontrar un local adecuado, y los fondos económicos, que se conseguirían gracias al punto tres del orden del día. En realidad, su intervención ante el Consejo era meramente protocolaria. No tenía que convencerles de nada. Sólo informarles.

Eso, y el apretón que Qhuinn le dio en la muñeca antes de que él diera un paso adelante para situarse a la vista de los nobles, fue lo que le dio el valor para hablar una vez que los murmullos bajaron a un nivel razonable.

—Blaylock, procede.— Rehvenge usó a la perfección su mirada lila a nivel “voy-a-freíros-como-palomitas” para conseguir el silencio absoluto, vete a saber si combinado con algunos efluvios de su poder manipulador de emociones.

—Gracias, leadhyre.— carraspeó, maldiciendo el momento en que se había apretado tanto el nudo de la corbata.

Tomó aire… y lo soltó.

Todo. La necesidad de contar con una fuerza que protegiera a los indefensos, nobles o civiles, de los conflictos que surgían entre ellos y también de minimizar el riesgo de encontronazos con los humanos. La imposibilidad de que la Hermandad, orientada a la acción militar y a la guerra contra los restrictores, pudiera asumir el papel de mediador que esa necesidad requería. La posibilidad de estimular el sentimiento de comunidad de la raza si tenían un organismo ajeno a cualquier estamento que velara por la convivencia. Su intención de reclutar tanto a nobles como a civiles que demostraran su aptitud, no necesariamente en el combate cuerpo a cuerpo.

Las palabras le salieron entrecortadas al principio, como el motor de un coche tras una helada, y luego ganó en fluidez, alentado por la presencia de Qhuinn tras él, los asentimientos de Marissa en la mesa y la sonrisa apenas disimulada de Butch, plantado de pie tras un Eckle con gesto de haberse bebido un litro de lejía.

Si su proyecto incomodaba a aquel hijo de perra y agradaba a las personas íntegras, entonces es que iba por buen camino.

—… y pondremos en marcha el reclutamiento mañana mismo. Ya estamos buscando un local adecuado para instalar el mando central- concluyó, haciendo una pausa para meter algo de aire en sus pulmones-. Gracias por su atención. Leadhyre.— saludó con una inclinación de cabeza.

Sólo cuando acabó su exposición se atrevió a mirar a sus padres. Lo había evitado a propósito porque sabía que si encontraba un único gramo de desaprobación, un único signo de rechazo porque no estaba siendo lo que ellos habían querido que fuera, se liaría con la lengua y el proyecto que podía beneficiar a toda la raza podía irse a tomar por culo.

Así que esperó hasta que hubo pronunciado la última palabra para enfrentarse a ellos. Su mahmen se tapaba la cara con las manos y le pareció que reprimía las lágrimas, hermosa como siempre en su vaporoso vestido negro. Y su padre… Rocke estaba rígido, como si una multitud estirara de él hacia la derecha y otra hacia la izquierda. Llevaba la sorpresa más monumental del mundo escrita en la cara y a Blay le pareció que el resentimiento y la decepción que lucía tras su anuncio en aquella fatídica cena habían desaparecido. O, al menos, se habían difuminado un poco. Quizás su padre le comprendía. A lo mejor, en un futuro, podría entender que lo que él hiciera entre las sábanas no condicionaba la persona que era.

Los golpes de unos nudillos en la mesa le hicieron volver la cabeza hacia la reducida asamblea de nobles con derecho a voto. Eckle estaba reclamando su atención.

—Disculpa, joven, pero ¿con qué legitimidad moral pretendes crear un Ghardhyner cuando ni siquiera cuentas con una familia que te respalde?- Eckle enarcó una ceja morena y enlazó las manos, en uno de cuyos índices brillaba el sello de su casa, sobre la mesa-. Hasta donde llega mi conocimiento, eres, perdona que utilice tan radical expresión, un paria. Tus… inclinaciones desviadas te forzaron a abandonar a tu clan.

Su corazón se detuvo un momento para después bombear su sangre del revés. En las sesiones preparatorias del Consejo con Saxton habían previsto la posibilidad de que ese tema saliera a relucir pero, joder, que un mamonazo psicópata dejara tu intimidad abierta en canal sobre una mesa para que toda la glymera la examinara era algo que no deseaba ni a su peor enemigo.

Eso sí, las miradas que Z y Butch, de pie a ambos lados de la gran mesa, dedicaron a Eckle habrían bastado para fundir los glaciares suizos.

—Con permiso, Eckle, pero tu afirmación no es pertinente.— La voz suave pero firme de Marissa volvió a ofrecerle un punto de apoyo para volver a la realidad—. El Rey tiene potestad para nombrar como Alguacil a quien él considere y Blaylock no se está sometiendo a la aprobación de esta asamblea, sólo informándonos. Su estatus personal o familiar es irrelevante.

—Discrepo, noble dama.— Eckle se desabotonó la americana, arrellanándose en la butaca y obviamente regodeándose con ser el centro de atención—. Pero si alguien va a tener la facultad de meter las narices en si mi doggen ha recibido dos platos de sopa o ninguno —ironizó para ganarse el favor de la audiencia—, creo que estoy en condiciones de exigirle una altura moral intachable. Por desgracia, el muchacho aquí presente carece de ello.

Eso lo consiguió. Que el hijo de perra que estaba dispuesto a asesinar a media raza y a darle una paliza a su hermano hasta sacarle las entrañas tuviera los santos cojones de echarle algo en cara activó directamente su parte guerrera. Él era un recluta de la Hermandad. Había combatido en las calles arriesgando su pellejo. Había enviado al Dhuhnd al mismísimo semidiós al que Eckle se había vendido ¿Qué derecho tenía aquel mamarracho a cuestionarle sólo porque llevaba un anillo en la mano?

—Mi altura moral, como tú dices, Eckle, hijo de Lohstrong, es absolutamente intachable. Dejé a mi familia cuando mi vida privada —se aseguró de enfatizar la palabra— colisionó con lo que se exige de ellos, como mi padre, aquí presente —desvió un momento la vista a la pálida figura de Rocke, al fondo de la sala—, puede corroborar. He dejado la glymera, por tanto no estoy sujeto a sus normas morales, pero no soy un paria. Antes de ser nombrado Alguacil ingresé en la familia Warrior, creada por el Rey, como es su facultad. Y, hasta donde he leído en sus estatutos fundacionales, no hay nada que sugiera que no soy digno de ella, te guste o no.— esta vez, los puños apretados dentro de los bolsillos contribuyeron a controlar el temblor de ira de sus manos—. Te sugiero que te informes mejor antes de lanzar una acusación semejante, podrías perder tu credibilidad por difamar sin ninguna base. Y también te aconsejo que te asegures de que mantienes a tu doggen con las condiciones mínimas que fija la Ley Antigua para los de su clase o sino, si ella lo denuncia, te aseguro que meteré las narices en si le has dado dos platos de sopa o ninguno.

Maldito cretino hijo de perra.

Blaylock estuvo seguro de que esa última parte quedó flotando en el espeso silencio que siguió a su respuesta. Sonó una risa entre dientes seguida de un carraspeo y vio a Rhage tapándose la boca con la mano, al otro lado de un Tohr que se rascaba la nariz, ocultando de paso su sonrisa. Butch murmuró un “ese es mi chico” que llegó a los oídos de toda la congregación mientras Zsadist retorcía el labio deformado en un remedo de sonrisa. No pudo ver la expresión de Qhuinn porque no le daba la gana de desviar la mirada del rostro demudado de Eckle, pero el olor a especias que emanaba desde donde se encontraba su macho era más que suficiente para calibrar su reacción.

—Creo que Blaylock se ha expresado a la perfección… te llamabas Eckle, ¿verdad?— Marissa frunció el ceño en una delicada interrogación, como si el tipo fuera un chinche recién aparecido en la mesa, ninguneando así su posición—. Sugiero que pasemos al siguiente punto del orden del día, tengo trabajo que hacer que no me permite deleitarme en debates estériles.

Dios, Blay amaba a esa hembra. Gracias a la Virgen que había nacido antes que su hermano Havers y por ello podía ocupar una silla en el Consejo. Pero parecía que su tortura aún no había acabado. Antes de que Rehvenge pudiera anunciar el siguiente asunto espinoso a tratar, un noble rubio salido de “El poderoso Thor” enfundado en un traje caro levantó una manaza para indicar su derecho a hablar.

—Rhanulf, procede.— el suspiro resignado de Rehvenge decía mucho de lo profundamente emocionado que estaba con su papel de leadhyre. A punto de batir palmas con las orejas.

—La dignidad del joven Blaylock me trae sin cuidado y tampoco puedo vetar un proyecto real— anunció, con un fuerte acento y sin despegar la mirada de él en un reto silencioso—. Pero vaya por delante que no pienso contribuir con un solo dólar al sostenimiento de ese —gesticuló como si espantara moscas—… cuerpo de guardia. La financiación de la Monarquía y de la Hermandad ya se lleva una décima parte de mis ganancias, no pienso aligerar más mis cuentas. El Rey no puede obligarnos a sostener otro organismo. Así que, muchacho, ¿de dónde vas a obtener los recursos para tu Ghardhyner?

Blay intercambió una mirada relámpago con Saxton, agradecido hasta el tuétano de que su ex hubiera previsto ese aspecto durante las veces que habían repasado su comparecencia. Ofreció al noble una media sonrisa.

—Somos conscientes de la imposibilidad de exigiros un esfuerzo suplementario, sire, y os agradezco vuestra preocupación —y una mieeeeeerda— por los recursos. Pero estamos a punto de recibir una muy cuantiosa suma que nos permitirá ponernos en marcha. Después, sólo será cuestión de invertir parte de esa fortuna en los fondos que nos proporcionen mayores rendimientos. La Hermandad cuenta con excelentes economistas que se han ofrecido a ayudar.— Cabeceó hacia Phury, al fondo de la sala, y hacia V, que a esas alturas se había colgado un liado de la boca, sin encenderlo, y jugueteaba con su Zippo. Clic-clac. Clic-clac. Poniendo los puñeteros nervios de punta a todos los nobles que tenía cerca.

Rhanulf ojeó a los dos Hermanos como si sugiriera que les creía tan economistas como profesores de arte abstracto, pero cerró la boca. Los aristócratas se habían quedado sin más “peros” que poner a su proyecto. Y tampoco es que les estuviera pidiendo permiso.

Alzó los ojos hacia el fondo de la sala para ver a su madre limpiándose discretamente las lágrimas con una punta de su pañuelo bordado y a su padre con una expresión de desconcierto mezclada con una de orgullo forzadamente disimulado.

Llegará un día en que entenderás que no tienes por qué disimularlo, papá.

Pero, por ahora, saber que había conseguido que Rocke se enorgulleciera de él a pesar de sus prejuicios sobre su orientación sexual era suficiente. Y también mucho más de lo que Qhuinn iba a tener a partir del siguiente punto de la asamblea.

Blay dio un paso atrás, volviéndose a situar tras la silla del Rey, y tuvo tiempo de echar una ojeada a su macho, tenso como reo el día de su ejecución.

—Qhuinn… es lo correcto.— murmuró mientras Rehvenge leía el siguiente asunto: la acusación del hijo único heredero de Lohstrong contra el ahstrux nostrum por agresión y su petición de desagravio.

Los ojos bicolores le miraron de reojo un momento y, por su expresión, su macho tenía las cosas muy claras.

Lo cual, supuso, las hacía exactamente igual de dolorosas.

OOO

Eckle se enderezó en la silla, recuperando toda su compostura nobiliaria, cuando el leadhyre anunció la que iba a ser su gran entrada aquella noche, el punto culminante que conseguiría que todos los sacrificios hubieran valido la pena. El momento en que, por fin, iba a poder disponer de su hermano tarado para hacérselas pagar todas juntas; todos y cada uno de los años en que él había sido anulado como persona individual con sus propios deseos para ser rígidamente modelado como el perfecto heredero. Iba a saborear cada uno de los momentos en los que Qhuinn estaría bajo la suela de su zapato como criado, le iba a hacer experimentar el sufrimiento de no tener ni una parcela propia, ni un rato de libertad para actuar como él mismo, ni un solo rincón donde poder ser quien quisiera.

Y luego le mataría de la manera más dolorosa posible, tal como Eckle, el macho que habría podido llegar a ser, había muerto noche tras noche de sentarse rígidamente a la mesa con modales impolutos mientras su hermano jugaba con sus juguetes en su habitación, lejos de la presión de los focos.

—Eckle, hijo de Lohstrong, expón tu caso, el Consejo te escucha.— la voz de Rehvenge era átona, pero no necesitaba más. El disfrute iba a correr todo de su parte.

—Gracias leadhyre.— Demonios, tuvo que recurrir a todas sus clases de oratoria para controlar el temblor de emoción en su voz—. Lo que voy a exponer aquí y ahora constituye, sin lugar a dudas, el más flagrante caso de intento de abuso de un cargo de designación real sobre un noble de las últimas décadas— comenzó mientras abría teatralmente su maletín de cuero para extraer un dossier—. El ahstrux nostrum Qhuinn, aquí presente— levantó un momento la cabeza de las páginas para fulminarlo con la mirada—, irrumpió en mi casa familiar para, sin motivo alguno, encargo o provocación por mi parte, agredirme de manera salvaje. Las lesiones fueron tales que tuve que ser atendido en la clínica del amable Havers, como pueden confirmar por el parte médico.— Repartió copias del informe a través de la mesa a Rehvenge, Marissa, Rhanulf y el Rey, que lo entregó a Saxton—. Como verán en este otro informe— hizo lo propio con un segundo juego de documentos-, mi doggen corrobora los hechos en calidad de testigo.— Una vez repartidos los papeles, cruzó los dedos sobre la mesa, enarcó las cejas y fijó su mirada uniformemente gris en el rostro de mandíbulas apretadas de Qhuinn. Dios, llevaba décadas soñando con poder ser el causante de esa expresión—. Debo enfatizar que el agresor no se encontraba en ese momento actuando como ahstrux nostrum, ya que acudió a mi casa solo, sin su protegido. Por tanto, no perpetró tamaña infamia en el desempeño de su deber sino impelido por la barbarie, por el desagradecimiento al único superviviente de la familia que le crió y por la supuesta impunidad de creerse protegido por el Rey— le chirriaron los dientes—. Hasta aquí la exposición, creo que clara e irrebatible, del caso que traigo al Consejo.

Podría haber seguido durante horas, llamando a Qhuinn por los adjetivos que se merecía, pero mantenerse en su versión sin ofrecer una imagen de revancha era clave para que se obrara justicia.

—¿Qué tienes que decir a eso, Qhuinn, ahstrux nostrum de Tehrror, hijo del Hermano Darius?— la voz de Wrath recordaba al tañido de una enorme campana, pero a Eckle no le impresionó en absoluto. Lo tenía todo bien atado y ni el Rey ni la Virgen Escribana podrían negarle su recompensa con ninguna argucia.

Su hermano dio un paso al frente, situándose frente a la asamblea que aguantaba la respiración. Eckle reprimió las ganas de componer un gesto de asco. El muy miserable osaba presentarse ante la nobleza con una de sus ridículas camisetas negras ceñidas bajo la gabardina y haciendo tintinear las chapas de sus botas, como si estuviera en alguno de los antros de perversión que frecuentaba. Eso iba a cambiar. Oh, sí, en cuanto lo tuviera bajo su yugo…

—Me reservo mi derecho a exponer los motivos de mis actos en el siguiente punto del orden del día.

Eckle estuvo a punto de tirar el vaso de agua hacia el que alargaba la mano.

—¿Cómo dices?— en esta ocasión no pudo disimular el deje de rabia en su voz.

Para más INRI, fue el otro desviado de su primo quien tomó la palabra.

—Según la Ley Antigua, capítulo 5, párrafo 2, al enjuiciado le asiste el derecho de declarar en otro momento del Consejo si cree que eso va ayudar en su causa.— enunció con su voz de estudiante de Harvard.

—¿Y quién te ha preguntado a ti?— recurrió a su voz más engolada para dejar bien claro la posición de cada cual.

Pero el chupatintas de Saxton se limitó a sonreír.

—Por designación del Rey, actúo como abogado de Qhuinn en la causa en su contra. He sido nombrado Procurador al principio de este Consejo, como sin duda habrás escuchado atentamente, y Qhuinn ocupa un cargo de mandato real. A Wrath, hijo de Wrath, le asiste la facultad de asignarle la defensa que crea conveniente.

—Está bien, se acepta.— Rehvenge dio un sutil golpecito con la maza en la mesa y a Eckle le pareció adivinar la sombra de una sonrisa en los ojos extraños del macho— ¿Algo más que añadir, Qhuinn?

—Sí.— Los iris deformes de su ex hermano se clavaron en él—. Si te hubiera agredido de forma salvaje ahora estarías dos metros bajo tierra y nadie de esta puta sala habría podido reconocer ni tu cara.

—¡¿Cómo te atreves, maldita escoria?!— Se puso en pie como el rayo, con las palmas sobre la mesa, sacudido por temblores de pura ira.

—¡Orden!— la maza del leadhyre sonó como un trueno en la biblioteca, acallando de manera repentina el mar de susurros que giraba a su alrededor—. Eckle, siéntate y guarda silencio hasta que te llegue el turno. Qhuinn, espero que tu bravata tenga algún motivo.

—Así es, leadhyre.— Los colmillos de Qhuinn eran visibles al hablar—. Estoy subrayando, de cara al siguiente punto de este Consejo, que hice un uso controlado de la fuerza. Teniendo en cuenta la misión que me llevaba a casa de Eckle, salió más entero de lo que merecía.

—¡Esto es intolerable! ¡No me cabe en la cabeza que se pueda permitir…!— dio una palmada sobre la mesa, absolutamente sulfurado.

—Cierra la maldita boca, hijo de Lohstrong.— El rey no necesitaba de una maza para conseguir el silencio. Su voz tuvo el mismo efecto—. Si hemos acabado las argumentaciones, podemos pasar a las peticiones.— Su cabeza ciega se giró hacia él—. Di lo que quieres y cíñete a eso.

Tuvo que tomar dos sorbos de agua para conseguir que la bola de frustración y odio rabioso volviera a su estómago, donde seguro que estaba provocándole una úlcera, para liberar la garganta y seguir hablando.

—Reclamo la custodia y servidumbre de Qhuinn como acto de desagravio por el ataque injustificado al único heredero macho de una de las familias fundadoras del Consejo del Princeps— recitó sin desviar la mirada de su hermano, disfrutando la avanzadilla de las humillaciones a las que le iba a someter—. Y estoy siendo generoso.

Se recostó contra el asiento tapizado de la butaca, meciéndose en los murmullos estremecidos de la audiencia nobiliaria. Oh, esto iba a ser un episodio que se comentaría durante mucho tiempo. Seguramente, su caché subiría bastante, los demás aristócratas verían en él una figura fuerte, que no dudaba en reclamar el debido respeto hacia su condición. Un baluarte a favor del respeto y la recuperación de las viejas costumbres que nunca debieron diluirse en el triste barniz de modernidad que les estaba matando tanto como los restrictores.

—¿Cómo te declaras, Qhuinn?— inquirió Rehvenge.

Sus dedos acariciaron los informes médicos que tenía delante, animando mentalmente a su hermano a que se declara inocente para poder restregarle por la cara todos los datos en su contra y conseguir que suplicara por su preciosa libertad, la misma que él nunca había catado.

—Culpable. Aunque aclararé mis motivos en el siguiente punto.

Parpadeó un par de veces. ¿Tan rápido tiraba la toalla, aceptando lo legítima que era su reclamación? Eso iba a restarle satisfacción a la noche, sin duda.

—No veo qué tiene que ver la ampliación del Consejo con la posibilidad de encontrar eximentes para tu comportamiento animal— le subrayó con una media sonrisa de suficiencia.

Ese era, en definitiva, el próximo asunto que se iba a tratar, con arreglo al orden del día que Rehvenge le había hecho llegar en un sobre lacrado. De los seis asientos en el Consejo, quedaban dos libres. El grado de Princeps de quienes allí se sentaban no podía ser concedido, se heredaba por sangre y quedaba circunscrito a aquellas seis familias. Pero, con el Consejo reducido a cuatro miembros, el resto de la glymera presionaba para que otros nobles, a pesar de no ser Princeps, pudieran ocupar un sitial, aunque fuera con prerrogativas reducidas. La discusión se adivinaba larga y tediosa.

—Disculpa, Eckle.—Saxton metió baza con una sonrisa zalamera—. Con las prisas olvidé informarte de que el Rey incluyó un nuevo asunto urgente a tratar antes de llegar al punto de compleción del Consejo del Princeps. Un lamentable descuido por mi parte.— Se llevó una mano al corazón.

—Zanjemos este punto de una maldita vez.— Rehvenge jamás se había distinguido por su diplomacia— ¿Qué dictamina el Rey sobre Qhuinn?

Eckle se volvió hacia la enorme mole de Wrath, con la inquietante sensación de que el macho ciego estaba practicando prospecciones geológicas en su cráneo a distancia, oculto tras las gafas negras. El Rey no se alteró un ápice cuando, mientras acariciaba la cabeza de su chucho baboso, dio a conocer el veredicto.

—Acepto la reclamación de Eckle, hijo de Lohstrong, para que Qhuinn Warrior quede bajo su custodia y sirva en su casa, perdiendo su consideración de soldado libre, mientras el agredido siga con vida. Aunque— la sonrisa torcida que exhibió el Rey le recordó a un gato relamiéndose ante un ratón— suspendo la ejecutividad de la condena hasta que hayamos finalizado con el siguiente punto de hoy.

Ya, bueno, Eckle no pensaba abandonar el Consejo del Princeps antes de que acabara, ahora que tenía a Qhuinn bajo sus garras. El matiz del Rey era innecesario pero lo supuso una de aquellas notas a pie de página inevitables en la enrevesada justicia de su raza.

Nada iba a quitarle la sonrisa de satisfacción que se le extendió, por primera vez en su desgraciada vida, de lado a lado de la cara.

—Muy bien, pasemos al siguiente asunto.— Rehvenge se enderezó en su asiento, como un enorme oso desperezándose tras la hibernación—. Majestad…

Eckle no apartaba la vista de Qhuinn mientras las palabras de los aburridos temas ordinarios resonaban en sus oídos sin que les prestara la más mínima atención. Cómo iba a disfrutar, maldita sea. Pensaba confinarlo en un cuartucho mohoso en el sótano, donde siempre habría tenido que vivir. Mahmen había sido demasiado débil dándole una habitación en la casa, como si aquel engendro bicolor fuera un miembro más de la familia. Pero él iba a enseñarle su lugar, sí señor, como se adiestra a un perro: con el palo y la correa. Pensaba…

Una sombra enorme le tapó parte de la luz y aterrizó de nuevo en la realidad para ver que el Rey se había puesto en pie, con sus dos metros diez de estatura empequeñeciendo la enorme biblioteca. Tenía la cara girada hacia él.

—Acuso a Eckle, hijo de Lohstrong, de conspiración para el asesinato y de alta traición. De vender las direcciones de la raza, incluida la única clínica médica que tenemos, al hijo renacido del Omega, Lash, a cambio de la muerte de Qhuinn. Y de complicidad en el asesinato de las civiles Martha y Ahna.

El corazón se le detuvo. Absolutamente cierto. La maldita cosa dejó de latir en su pecho, la circulación de su sangre se paralizó y, por un instante, la vista se le fundió en negro. Tuvo que aferrarse con ambas manos al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Q-qué…?

La audiencia, en esta ocasión, no estalló en murmullos alborozados. El silencio fue sepulcral.

Al menos, hasta que el Rey metió una mano en su gabardina para extraer algún tipo de dispositivo electrónico… una pequeña grabadora digital. Apretó el “play” con el pulgar, dejó el aparato sobre la gran mesa y lo hizo girar con un gesto de los dedos que lo envió patinando hasta que se detuvo justo en medio.

Escupiendo la verdad.

OOO

 “—¿Quieres a Qhuinn en bandeja con una manzana en la boca, Eckle? ¿Eso quieres? Pues sólo tienes dos opciones: o te ocupas tú de él y, por lo que veo, está más allá de tu habilidad, o dejas que yo me ocupe de todo ¿Qué escoges? Eso está mejor. Ahora dime, ¿cuántas nuevas direcciones de nobles conseguiste en ese consejo de administración, mmm?

—Ninguna, todavía están demasiado recelosos después de lo ocurrido el verano pasado. Pero dentro de unos días se celebrará el primer Consejo del Princeps en Caldwell tras el regreso de la glymera. Las familias aprovecharán para preparar la fiesta de verano y será un buen lugar para intercambiar nuevas direcciones.

—Bien. Perfecto. Quiero una libreta bien llena.

—¿Quieres algo más de mí?

—Ahora que lo dices, sí. La dirección de la clínica de Havers.”

En su puesto, junto al Rey y delante de Blaylock, Qhuinn asistió sin perder detalle al derrumbe de su hermano mayor. El perfil aquilino de Eckle se contrajo al tiempo que su piel perdía el poco color que le quedaba, a medida que la grabadora ponía negro sobre blanco todos sus delitos. Empezó a temblar como una hoja.

Qhuinn llevaba toda la semana que había durado la preparación del jodido Consejo dándole vueltas a qué sentiría o qué pensaría cuando se hicieran públicos los cargos contra Eckle.

Creyó que pensaría “hijo de puta”. “Asesino”. “Traidor psicópata”. O justo el otro extremo: “santo cielo, es de mi propia sangre, no podemos condenarle así”. Pero no lo hizo. Mientras su hermano prácticamente se meaba encima, sólo pudo pensar en lo miserable que resultaba el noble y en lo triste que era que alguien como Eckle, que no le llegaba a los talones a una rata de cloaca, le hubiera jodido la mente toda su vida.

“—Quiero a Qhuinn muerto tanto como tú. Dejaría que me despojaran del sello de mi estirpe antes que avisarle, maldita sea. He hecho todo lo que me has pedido desde que apareciste, no tienes ningún derecho a dudar de mí.

—Tengo derecho a hacer lo que me salga de las pelotas. Porque soy el hijo de un dios y puedo hacer lo que se me antoje. Pero voy a creerte. Te pareces demasiado a mí como para pensar en salvar a tu raza si el precio es perder la pieza que quieres cobrar.”

El sudor acre del miedo de Eckle llegaba hasta sus fosas nasales a pesar de los metros que les separaban y ahí fue cuando Qhuinn se distanció por completo de toda la herencia malsana recibida. Ya lo había hecho de pensamiento después de la reveladora conversación con Eckle cuando había colocado el micro en su casa. Pero, en su interior, seguía dudando de si los viejos resortes mentales volverían a hacer su aparición cuando lo tuviera delante en carne y hueso. No fue así.

Eckle era un delincuente y un traidor de la peor calaña, por cuya culpa habían muerto dos hembras inocentes, un hellren había quedado viudo y una niña huérfana. La clínica de Havers había tenido que ser trasladada porque la alternativa era una masacre de civiles hospitalizados y todas las hembras y criaturas del Refugio habían estado a punto de caer en las garras de Lash. Por no hablar de los humanos convertidos en restrictores y de la sangre que la Hermandad, y ellos mismos, habían tenido que derramar para eliminarlos.

No cabía perdón ante eso pero la venganza no devolvería a la vida a Ahna ni a Martha. La justicia era la única salida. Y Qhuinn pensaba honrar los antiguos vínculos familiares, aunque de una manera que Eckle no entendería y media sala seguramente tampoco. Mierda, hasta él encontraba difícil de explicar su propio impulso.

Rehvenge acarició el pomo de su bastón mientras atravesaba a Eckle con los ojos lilas echando fuego.

—Y ahora, ¿qué tienes que decir en tu defensa, Eckle, hijo de Lohstrong? Ahórrate lo de “esa no es mi voz” ni la de Lash. Somos nobles, no imbéciles.

Eckle balbuceó algo ininteligible. Miró la biblioteca como un robot con la placa base frita. Se frotó compulsivamente las manos. Cuando habló, lo hizo sin levantar la vista de la mesa.

—M-me amenazó. N-no sabéis… no sabéis cómo era. De… humo… y maligno… y él… No p-podía hacer otra cosa.

Mientes.— Wrath apoyó los nudillos sobre la mesa, inclinándose con el ceño fruncido como un gigantesco buitre al acecho de la carnaza—. La Hermandad acudió a tu llamada. Podrías haber explicado la verdad y te habríamos auxiliado, pero preferiste vender tu negra alma a Lash, al maldito hijo del Omega. Si pudiera modificar la jodida Ley Antigua para incluirte como un nuevo tipo de hijo de perra traidor, lo haría.

Eckle levantó la cabeza y a Qhuinn sus ojos redondos le recordaron a los de un caballo desbocado.

—S-sólo quería a Qhuinn… sólo a él. Lo juro.

—Un momento, ¿no acaba de confesar uno de los delitos?— preguntó Marissa con su tono suave habitual, haciéndose la inocente—. Hasta donde sé, Qhuinn era ahstrux nostrum cuando mató a Lash, por lo que actuó en defensa de su protegido. Aún así, su propia familia le hizo objeto de un comité de honor. No sólo no tiene ningún delito que saldar sino que fue castigado en exceso. Eckle no tenía motivos para actuar contra él. Diría que a eso le llamamos conspiración para el asesinato.

Qhuinn besaría a esa hembra de no estar emparejado, en serio.

Los gritos paranoides de Eckle los sobresaltaron a todos. El noble se puso en pie de golpe, tirando la silla al suelo con un trueno, y se enfrentó a él con las manos a ambos lados del cuerpo, temblando.

—¡QHUINN ES UNA… UNA MANCHA! ¡MIRADLE!— Le señaló con un dedo tembloroso, echando esputos de saliva por la boca— ¡ES UNA DESGRACIA PARA MI FAMILIA… PARA LA GLYMERA! Hice lo que tenía que hacer para limpiar mi nombre de su existencia.— La mueca de odio que retorcía su cara recordaba a “El retrato de Dorian Gray”—. Nunca tuviste que nacer. Nunca debimos dejarte vivir. Cualquier precio era pequeño para ver cómo te desangrabas por todos los poros.

El aire de la biblioteca parecía vapor venenoso, cargado hasta la asfixia. El aroma especiado del marcaje de Blay, a un paso detrás de él, era lo único bueno en aquel lugar claustrofóbico. Qhuinn estuvo a un tris de desenfundar sus dagas y acabar aquello allí y ahora, de abrirle la garganta a Eckle y dejar que su sangre empapara la mesa. Pero se aferró a las veces que había preparado su comparecencia con Saxton. Si todo tenía que concluir con arreglo a la Ley, él no debía perder los estribos.

—Me acojo al derecho a exponer ahora mis motivos para el ataque que Eckle ha denunciado antes.— No sabía si le entenderían, porque las mandíbulas se le habían pegado.

—Habla.— Rehvenge estaba en tensión, con la mano sobre el bastón que toda la Hermandad sabía que ocultaba un afilado estoque, a punto de saltar sobre Eckle y empalarlo.

Miró al deshecho tembloroso a que se había reducido su soberbio hermano.

—La noche que fui a tu casa coloqué el micro que grabó tus conversaciones. Lástima que sólo te rompiera la nariz. Si hubiera hecho algo más habríamos impedido muchas muertes. Estaba allí en misión de apoyo a la Hermandad.

—Eso explica bastante las cosas.— El noble vikingo había dejado de fingir simpatía por Eckle. Los ojos azules parecían cuchillos al mirarlo a través de la mesa—. Creo que ahora está diáfanamente claro quién es la escoria en esta asamblea. Majestad, ¿cuál es la condena que proponéis?

—Sólo existe un castigo para la alta traición.— Wrath se enderezó como una inmensa torre negra—. La muerte. La única lástima es que el hijo de puta es un noble y tiene derecho a la decapitación. Si por mí fuera lo desollaría.

CLONC.

El ruido que hizo Vishous cuando levantó la enorme caja de metal con la Espada del Verdugo para depositarla de un golpe sobre la mesa, a la vista de toda la concurrencia, casi le provocó una arritmia.

—N-no… no podéis… él es el defecto… yo no…— Eckle murmuraba incoherencias en voz baja como un chiflado de manicomio, con los ojos casi en blanco fijos en su cara.

Qhuinn iba a tener esa mirada de terror grabada para el resto de sus días.

Entonces pasó. Eckle cerró los ojos y sus finos sentidos captaron a la perfección cuando su hermano intentó desmaterializarse para huir de allí.

No ocurrió nada.

Rehvenge inclinó la cabeza a un lado para sonreír al noble, mostrando unos colmillos de caníbal.

—Mi padre era un hijo de perra muy desconfiado.— Movió el bastón para abarcar toda la biblioteca, el techo de artesonado de madera, el parquet del suelo y las estanterías de las paredes—. Forró toda esta puta sala con planchas de metal bajo la madera. Por si alguna rata tenía tentaciones de abandonar el barco.

Motivo por el cual habían escogido la mansión familiar del Reverendo para celebrar el Consejo, a pesar de que ni Rehv ni Bella vivían allí desde la muerte de su madre. Joder, si hasta los doggen de la mansión de la Hermandad habían tenido que encargarse de preparar la velada porque Rehvenge ya no tenía servicio. El macho había empleado su tiempo esa semana en algo más: en explicar toda la mierda a Marissa y al noble rubio. Desde la resurrección de Lash, a su verdadera naturaleza, a la caza que había tenido lugar y al papel de Eckle.

Al ser un heredero de una de las familias fundadoras en vez de un civil o un noble corriente, Wrath necesitaba el apoyo de todos los Princeps supervivientes del Consejo para poder ajusticiarlo. Por suerte, Marissa estaba totalmente de acuerdo y Rehv sólo había tenido que influir en Rhanulf. Sutilmente, porque el noble era un relamido de mierda como todos pero también un cabezacuadrada que no toleraba ninguna desviación del correcto comportamiento de la aristocracia. Por eso Wrath había cambiado el orden del día del Consejo; la posible ampliación se discutiría después de la condena de Eckle. Así no se incorporaban nuevos miembros como jurado a quienes convencer.

El infeliz de Eckle se quedó como estaba, plantado como un pasmarote cuando el intento de pirar de allí con el rabo entre las piernas no funcionó. Fue el momento que aprovechó Butch para esposarle de una mano, empujarle sobre la mesa como a un puto yonqui sobre el capó de un coche policial y esposarle la otra muñeca a la espalda.

—Quedas detenido, cabronazo de mierda.

—¿Cuál es el veredicto de los miembros del Consejo?— Wrath pareció mirarles a todos a través de las gafas.

—Muy culpable.— Rehvenge apoyó ambas manos sobre el pomo del bastón que sostenía entre las piernas.

—Culpable.— Rhanulf se cruzó de brazos sobre el pecho, casi tan enorme como uno de los Hermanos.

—Culpable, sin duda.— A pesar de su fragilidad, Marissa mostraba la misma decisión que cualquiera de los demás.

Wrath sonrió. Un gesto muy lento, amenazador como Satanás escapado del Infierno, que dejó al descubierto todo su juego de colmillos.

—Eckle, hijo de Lohstrong, yo, Wrath, hijo de Wrath, Rey de la raza, con la facultad que me asiste y el consentimiento del Consejo del Princeps, te declaro culpable de alta traición y de conspiración para el asesinato. Los bienes de tu familia serán expropiados, se transferirán a la Corona y yo los legaré, íntegramente, a Blaylock, de la casa Warrior, para dotar su Ghardhyner.— ups, seguro que eso no lo esperaban los demás aristócratas—. Dado que un condenado por traición no puede exigir actos de desagravio, declaro nula la guarda y servidumbre de Qhuinn, ahstrux nostrum, así como todos los cargos contra él por agresión en acto de servicio.— el Rey infló el pecho enorme antes de dejar caer la bomba—.  Te sentencio a muerte por decapitación a manos del verdugo de mi elección, escogido entre miembros de la Hermandad o cargos designados por mí. Dado el riesgo de fuga, la sentencia se ejecutará de manera inmediata. Ahora.

El impacto entre la asamblea fue tan animal que nadie osó despegar los labios ni respirar más alto de lo necesario. Qhuinn sabía que Wrath jamás había condenado a nadie a muerte, así que todos aquellos comeflores debían haberse formado una imagen de un Rey de mantequilla, en contraste con épocas anteriores en que las cabezas rodando y las estacas en alto habían formado parte de la justicia real bastante más a menudo.

La realidad les estaba golpeando en los hocicos como un periódico enrollado a un perro malo.

—N-no… no podéis… Soy un noble… soy un Princeps… no podéis.— un hilillo de saliva mezclada con bilis resbalaba por la comisura de Eckle, con la cabeza todavía apretada contra la mesa y Butch sujetándole en posición de detenido.

—¿A quién escogéis como verdugo?— Rehvenge se crujió el cuello, sugiriendo que, de no ser porque no cumplía con los requisitos, se habría ofrecido él mismo para la faena. Con un cortaúñas oxidado, a ser posible.

A Qhuinn le empezaron a sudar las manos.

Los Hermanos se giraron hacia el Rey, ofreciéndose, todos y cada uno de ellos, para impartir la justicia que Wrath, por su ceguera, no podía llevar a cabo.

—Yo lo haré.

Todas las miradas de la sala se centraron en él y Qhuinn estuvo a punto de vomitar ahí mismo hasta la primera papilla.

—¿Estás seguro, hijo?— preguntó Wrath al cabo de unos segundos de silencio, con un tono bastante más empático que el que venía usando.

Probó varias a veces a hablar hasta que consiguió que su lengua, seca como el corcho de repente, le obedeciera.

—Soy un guardián nombrado por el Rey, así que cumplo los requisitos. Y… Eckle es mi familia. Aunque me expulsaran… sigue siendo mi sangre.— murmuró con voz atragantada—. Nadie más le tocará.

—¡NO! Lo estabas… deseando… animal… escoria… basura…— Eckle intentó alzar la cabeza de la mesa para escupir sus acusaciones, pero el poli le empotró contra la madera con una manaza en la cara, impidiéndole hablar.

Qhuinn sabía lo que eso parecía. Venganza. La revancha más bestia del mundo. Él decapitando a su hermano en pago por que Eckle le hubiera casi matado de una paliza, le hubiera querido vender a Lash y tenerle como esclavo. Pero nada de eso era cierto en su interior. No podía darle un nombre, pero el sentimiento de que él debía dar paz a su hermano, ocuparse de llevar el proceso hasta el final, era tan fuerte que pelearía contra quien se le opusiera.

Al desviar la mirada de Eckle se topó con los ojos diamantinos de Vishous. Tenían una expresión fiera y su perilla se elevó imperceptiblemente durante un momento cuando asintió.

Comprendía y lo aprobaba. Qhuinn no estaba perdiendo la cordura por querer llevar las cosas de aquella manera.

—Está bien.— el Rey suspiró—. Nombro a Qhuinn Warrior verdugo real en el caso contra Eckle. Procede a ejecutar la sentencia en el patio de esta mansión, con todos los convocados al Consejo como testigos.

Gracias. Esto me va a matar y me va a dejar jodido de por vida, pero gracias.

No lo dijo porque su lengua estaba muerta dentro de su boca, pero lo pensó con todas sus fuerzas. Mientras los doggen abrían las puertas de la biblioteca y los nobles abandonaban la sala presas de la histeria, Blaylock se acercó a él, con la intención de apoyarle. Qhuinn meneó la cabeza. Ahora no. En aquel momento de intimidad familiar –por mucho que tuvieran decenas de testigos-, necesitaba sentirse solo con su decisión. Saber que era él quien la había tomado. Sentir a su pareja al lado podría desmoronarle.

Butch sacó a Eckle de la sala prácticamente a rastras, porque el noble había perdido la coordinación de sus extremidades. Las argollas de metal de las esposas alrededor de sus muñecas impedirían que se desmaterializara una vez fuera de la biblioteca. Él les siguió, luchando por pensar nada más que en sus pasos. Izquierda. Derecha. Sube escalón. Izquierda. Derecha. Avanza hacia el jardín. Izquierda. Derecha.

La amplia perspectiva cuando salieron de la mansión por la puerta trasera le sorprendió. Desembocaron en un jardín con parterres y setos a los lados y un camino de gravilla que partía desde los escalones para serpentear entre los rosales. A una decena de metros, distinguió un tocón de madera dispuesto en mitad del sendero, tan fuera de lugar como una losa de sacrificio en mitad de Versailles. Para que Eckle apoyara la cabeza allí y la grava y la tierra pudieran absorber la sangre arterial que manaría cuando…

No se fue al suelo porque Tohr le aguantó disimuladamente del brazo. No le dijo una palabra ni le miró, como si supiera que, si lo hacía, Qhuinn se descompondría allí mismo, tan sólo le sostuvo hasta que se rehizo.

Un fuerte olor a orines le hizo fijarse en Eckle, a quien Butch arrastraba hasta el tocón dejando marcas de sus pies en el sendero. Su hermano se había meado encima. El poli lo obligó a arrodillarse frente a la madera. La Hermandad, con el Rey y Blaylock, formó un círculo alrededor del condenado, mientras los demás nobles tomaban posiciones cerca de la mansión, sin duda peleando por el mejor sitio para contemplar el espectáculo. Nadie que no estuviera allí esa noche tendría nada de lo que hablar durante años.

Vishous dejó la caja de metal en el suelo y abrió los pesados cierres. La luz anaranjada de los farolillos del jardín arrancó un resplandor malsano de la Espada del Verdugo cuando el Hermano la extrajo de la caja, sosteniéndola horizontalmente con las dos manos. Se giró hacia él, ofreciéndosela.

A Qhuinn le temblaron tanto las manos que temió que se le resbalara al cogerla. Y que sólo cortara parcialmente el cuello de Eckle, dejándole la cabeza colgando por las vértebras, desangrándose entre chillidos y…

La he vuelto a pulir. Está tan afilada que sólo tienes que dejarla caer sobre su cuello. El peso de la espada hará su trabajo.

Oyó las palabras en su mente tan nítidas como si V las hubiera pronunciado en voz alta y adoró al Hermano todavía más por eso. Asintió, mordiéndose los labios, y extendió las manos, aceptando la Espada del Verdugo.

Era tan pesada como una losa de piedra. Al sostener la parte inferior de la hoja con la mano se cortó la palma. Vishous tenía razón. Tan afilada como un bisturí, pulida por él, con todo su esmero. De alguna manera, el Hermano sabía que él se iba a ofrecer como verdugo y había preparado especialmente la hoja para ser esgrimida por manos inexpertas y poco firmes. El gesto estuvo a punto de arrancarle un estúpido gimoteo de agradecimiento.

—Procede a ejecutar la sentencia, Qhuinn Warrior.

Las palabras rituales y el tono distante del Rey le conectaron de nuevo con la fría realidad, ayudándole a mantenerse cuerdo un momento más.

Caminó hasta situarse al lado de Eckle, haciendo crujir las piedrecillas blancas del sendero bajo sus botas pesadas. Su hermano, todavía con su traje caro, esposado y en cuclillas, tenía la cabeza sobre el tocón. Aunque sus ojos estaban muy abiertos, Qhuinn estaba seguro de que no veía nada, como si su cerebro hubiera desconectado las secciones de conexión con la realidad para autopreservarse del pánico. Su boca se abría y se cerraba, como si estuviera balbuceando incoherencias, y un hilillo de vómito le resbalaba desde la barbilla hasta la madera.

Separó las piernas, afirmando su peso, y aferró la empuñadura de la pesada espada con ambas manos. El trenzado de cuero también era nuevo y había sido empolvado con talco, para evitar que resbalara de sus palmas sudorosas. Qhuinn apretó un instante los ojos, elevando un breve ruego a la Virgen Escribana por el alma de su hermano y por la comprensión de la diosa hacia sus actos. Forzó los músculos recuperados de sus brazos para poder levantar el enorme mandoble por encima de su cabeza.

Eckle empezó a gimotear, como el maullido de un gato recién nacido.

Inspiró. Abrió los ojos.

Y dejó caer la Espada del Verdugo sobre el cuello de su hermano con toda la fuerza que pudo reunir.

CHOP.

Al sonido, parecido al de un hacha hundiéndose en el tronco de un árbol, le siguió el chapoteo de una salpicadura arterial contra sus pantalones. Con la espada apoyada sobre el tocón, Qhuinn vio en cámara lenta el cuerpo decapitado de su hermano, con su traje británico, resbalando lentamente a un lado hasta caer sobre la gravilla. Los gemelos de los puños de la camisa brillaban a la luz de los farolillos.

La cabeza cayó del tocón por el lado contrario, rodando un par de veces sobre las piedrecitas mientras esparcía un reguero de sangre, hasta que se quedó quieta sobre la base del cráneo, como una horrible calabaza de Halloween. Los ojos grises y abiertos de su hermano le miraron, irreales, y luego parpadearon. La boca se abrió y se cerró sola en los últimos espasmos del sistema nervioso antes de quedarse abierta por completo.

Alguien gritó entre los nobles que contemplaban la decapitación. Se escucharon los sonidos de un par de cuerpos cayendo al suelo, seguramente damas desmayadas.

Y él se quedó como estaba. De pie al lado del tocón, con las piernas separadas y las manos aferrando rígidamente la empuñadura de la espada, apoyada sobre la madera y chorreando sangre.

—Jesucristo…— el murmullo del poli parecía venir desde muy lejos. De otro mundo, en realidad.

Las piernas enfundadas en cuero y las botas de Vishous le cortaron la visión de los restos del único miembro de su antigua familia, muerto a sus propias manos.

—Suéltala, chico. Deja el arma.

V tuvo que separarle los dedos de la empuñadura uno a uno mientras él lo observaba como si flotara desde fuera de su cuerpo. El Hermano limpió la sangre de la hoja con un trapo empapado en aceite que llevaba en la caja y luego depositó el mandoble allí, sobre su lecho de terciopelo, antes de cerrarla.

—El sol se encargará de él cuando amanezca. Los traidores no pueden ser enterrados.— Wrath parecía hablar desde debajo del agua, o al menos así le llegaba su voz—. V, Butch, llevad a los chicos a casa. Los demás tenemos que volver dentro. El Consejo aún no ha acabado.

Qhuinn siguió con los ojos clavados en el cuerpo de Eckle mientras la Hermandad se retiraba entre murmullos. Fue consciente de la presencia de Blaylock a su lado, pero no respondió cuando su macho le acarició la espalda con la mano.

—Tenemos el Escalade aparcado fuera. Vamos a casa, hijo.

La ronca voz del poli sí que le sacó de su burbuja lo bastante como para murmurar.

—Sí… a casa.

OOO

—Se recuperará. Es fuerte.

A Blay el comentario de Wrath mientras Vishous retiraba la espada ensangrentada de las manos de Qhuinn le dolió. Su macho no debería tener que recuperarse de nada más, la Virgen sabía que ya llevaba bastantes piedras en su mochila de experiencias traumáticas. Había personas que, al parecer, venían al mundo marcadas para sufrir, como las reses. Blaylock esperaba que, al menos, Qhuinn sacara fuerzas del hecho de haber podido hacer las cosas como pensaba que eran justas. Y él iba a estar a su lado. No pensaba dejarle solo ni un momento, maldita sea, ya había pasado por bastante mierda sin que nadie le diera aliento.

Pero Qhuinn no respondió cuando se acercó a él para consolarle. El shock debía haber sido demasiado grande. Si él casi había perdido el control de su estómago, no podía imaginarse lo que Qhuinn se estaría mortificando. Siguió a su macho hasta el jardín delantero, escoltados por V y Butch. Qhuinn caminaba como un zombie, con la cabeza levantada al frente sin ver y arrastrando las botas. Se dejó caer en el asiento trasero del Escalade cuando Butch le abrió la puerta, sin dar señales de reconocer el jeep; lo mismo podría estar metiéndose de cabeza en un camión de la basura. Permaneció en silencio y con la mirada perdida en la ventana, con las manos flojas entre los muslos, durante todo el tiempo que duró el recorrido hasta la mansión.

Blay alargó la mano de vez en cuando para rozarle el muslo, intentando alcanzarle en su concha, pero Qhuinn no movió ni un músculo y le empezó a invadir el pánico. Butch se giraba de vez en cuando hacia el asiento trasero, sin decir nada, y los ojos de V relampagueaban a veces en el espejo retrovisor. El único sonido era el rap jodidamente machacón del equipo de música, que Blay estaba empezando a apreciar como salvavidas para llenar el espacio con algo parecido a la normalidad cuando toda la mierda se te caía encima, como ahora.

Vishous condujo el jeep hasta la entrada principal de la mansión, en vez de al túnel que desembocaba en el garaje, a saber por qué.

—Vamos. Qhuinn, ya estamos en casa.— le murmuró.

Su macho no respondió. Abrió la puerta y bajó del jeep a trompicones, directo hacia el porche de la casa. Él lo siguió al trote, preocupado como la mismísima mierda, imaginando la clase de gilipolleces que podía hacer si…

John salió del comedor en cuanto Qhuinn pasó por delante de las puertas, silbando para atraer su atención y seguido de Xhex.

“¿Ya ha acabado? ¿Qué ha pasado? ¿Qhuinn…?”

Su macho entró en la sala de billar en línea recta hacia el mueble bar. Cogió dos botellas de Herradura ni decir ni media palabra. Joder, hasta ahí podía dejarle estar. Blay lo interceptó cuando iba a salir a la terraza, cogiéndole los brazos con las manos.

—Eh, vamos a la habitación, ¿vale? Nos duchamos y descans…

Qhuinn se desembarazó de sus manos con un gesto brusco, levantando los brazos para mantenerlo a distancia. Negó con la cabeza con la boca tan apretada como si se la hubieran cosido, y se largó por la puerta de la terraza.

Dejándole con un boquete en el pecho.

“Voy con él”, señaló John.

—Déjale en paz.— Xhex estaba apoyada en el umbral de sala, con los brazos cruzados—. Ahora mismo no está para nadie.

—Tiene razón.— Butch acababa de engullir medio vaso de Lagavulin de un solo sorbo—. Cuando Wrath y los demás vuelvan del puto paripé os pondremos al día a todos en una reunión. Ahora dejadles tranquilos.— El poli cabeceó hacia la terraza y también en su dirección.

John frunció el ceño, a punto de discutir, pero Blay asintió. Lo último que necesitaba ahora era revivir toda la jodida pesadilla pasándole un informe. Sus amigos le dejaron a solas en la sala de billar con un poli al parecer a punto de la deshidratación. Blaylock sacó un Dunhill de la cajetilla con manos como banderas al viento y se lo encendió, importándole un carajo si activaba todos los malditos detectores de humo de la casa o no.

—No me quiere a su lado.— murmuró, dolido.

A saber por qué coño estaba comportándose como una niña llorica con el poli, cuando habría sido incapaz de hacerlo con John.

—Normal.— Butch apoyó los codos en la barra, meneando el vaso con el whisky.

—Estamos… juntos. No puedo dejarle solo.

—Hay cosas que se tienen que digerir en soledad. Cosas demasiado grandes.— El acento de Boston volvía su voz más rasposa—. Luego te necesitará. Ahora está en la fase que necesita coger toda la mierda, partirla en trocitos y mascar cada uno, darles vueltas antes de poder tragarlos y ser normal otra vez. Que estés con alguien no quiere decir que no necesites tu espacio. Dale tiempo.

—¿Cuánto?

—El que necesite. Él sabe que estás aquí.

—¿Y cuando salga el sol?

—Estará a cubierto. Qhuinn es demasiado resistente como para hacer una gilipollez. Ese chico tiene los huevos de acero.— Butch vació el vaso cuadrado de un sorbo y lo dejó sobre la barra antes de sonreírle un poco. Otro que lucía unas ojeras de ultratumba—. Dúchate e intenta descansar algo, Blay. Vas a tener mucha faena a partir de mañana.

El Ghardhyner… Joder, había olvidado su propio proyecto en mitad de aquella pesadilla salida de la Revolución Francesa. La vida seguía, ofreciéndoles, por suerte, islas de ilusión en las que refugiarse en mitad de un océano entero de mierda.

Ojalá Qhuinn saliera pronto de él.

OOO

Una hora antes del alba esa misma noche, cuando Wrath y los demás Hermanos ya estaban en sus habitaciones tras haber vuelto del Consejo y haber dado parte en una breve reunión –el asunto de la ampliación se trataría en otro momento, debido a la consternación general, blablabla-, Butch observaba el cielo a través de una de las ventanas de la Guarida.

Desde su posición, tenía a la vista la fuente de mármol, la fachada principal de la mansión y sólo un trozo de la terraza derecha, a donde tenía salida, entre otras estancias, la sala de billar. Frunció el ceño. Ya podía ser que Qhuinn hubiera entrado en la mansión en algún momento desde que él estaba de guardia frente al cristal, pero se apostaba el culo a que el chico seguía allá, sentado en el suelo y amorrado al tequila.

Se giró por encima del hombro para ojear a Vishous, aposentado como siempre ante sus Cuatro Juguetes, con el pelo húmedo tras una ducha y una toalla negra en las caderas. Lo miró un buen rato. Y siguió mirándole. Hasta que consiguió que su macho resoplara.

—Por la puta mierda, poli. Vas a desquiciarme.

—Sabes que yo no sirvo.

—No soy un jodido psicólogo, por si se te ha escapado el detalle.

—Ni falta que hace.

Otro bufido.

—Si quieres que le dé una charla tendrás que escribírmela.

—Sólo ve con él, V, ¿sí?

—Eres como la puta hada madrina, ¿lo sabías?

Sonrió de medio lado.

—Sip, ya pensaba esparcir un poco de purpurina en mi ropa de combate. Luego podrás cagarte en mí, ahora ve. Por favor.

Masculló entre dientes. Juró en varios idiomas. Pero al final V se puso en pie, dejó caer la toalla y se enfundó en unos pantalones de chándal y unas deportivas negras, sin molestarse en vestirse con una camiseta.

Ahora todo iría bien, pensó Butch. Al menos, en un par de días.

OOO

Qhuinn casi había terminado con su segunda botella de Tequila y seguía sin poder reaccionar, con el culo en el suelo de la terraza y la espalda apoyada contra la pared, al lado de la puerta de entrada a la sala de billar. Básicamente, no tenía ni zorra idea de cómo debía sentirse, sólo que no tenía fuerzas para comentar el tema con John, ni para recibir de buen grado el consuelo de Blay. Porque no estaba seguro de si necesitaba ser consolado.

Pero la cabeza cortada de su hermano, con los ojos parpadeando y la boca abriéndose y cerrándose seguía mirándole. Aparentemente, necesitaba una tercera botella para conseguir borrarse la imagen de las retinas.

El suave sonido de un calzado deportivo el interior de la sala y de un tintineo le hizo parpadear. Mierda, ¿sus amigos no podían dejarle tranquilo, por amor del cielo? Hasta que alguien salió a la terraza y la brisa le trajo el aroma de un aftershave que no era ni el de John ni el de Blay. Y de tabaco turco.

Levantó la cabeza. Vishous no era exactamente su amigo. Ahora mismo no coordinaba lo bastante como para repasar su vocabulario y dar con la palabra que lo definía. Sospechaba que V escapaba un poco a las clasificaciones de todo el mundo. Pero su aparición, en chándal, con el torso desnudo y una botella de Goose en la mano, no le molestó.

El Hermano se apoyó contra la pared, de pie, y le tendió la botella de vodka sin despegar los labios. Bueno, quizás el Goose consiguiera triunfar donde el tequila había fracasado. Qhuinn levantó el brazo para coger la botella y dar un trago largo. Estuvo a punto de escupir hasta el alma por la boca.

—¡Dios! Menuda mierda. Joder.— se limpió la boca con el dorso de la mano antes de devolverle aquel mejunje infernal.

—Tienes el puto gusto en el culo, chaval.— la perilla de V se elevó un poco.

—Dos botellas de tequila, sí. Un sorbo de esta porquería, no.

—Los críos de ahora no aguantáis el alcohol de verdad.

—Ya…

Qhuinn fue consciente con algo de retraso de que casi había sonreído. Figúrate. Era algo en V. El Hermano nunca te daba un abrazo para apoyarte, ni te sermoneaba, ni se pegaba a tu culo como una sombra para asegurarse de que estabas bien. Sólo… estaba ahí. Vishous sería capaz de mantener la misma calma pasmosa en mitad de la tormenta del fin del mundo según los mayas, estaba seguro. Y eso a pesar de toda la cantidad de porquería vivida que el tipo debía tener bien guardadita entre esos pliegues cerebrales superdotados suyos. A saber cómo lo conseguía.

—Gracias por preparar la espada para mí.— le dijo, levantando la cabeza para poder verle en un ángulo contrapicado.

No problemo.— el Hermano le dio un par de sorbos al vodka como si fuera agua mineral.

Contemplaron el jardín a oscuras durante varios minutos, en un silencio cómodo. Qhuinn sólo era capaz de permanecer calladito y tranquilo durante tanto rato cuando tenía a V al lado, sino era como un loro que hubiera desayunado lengua, siempre con alguna salida de listillo preparada. Aquel silencio acompañado le ayudaba a centrarse.

—¿Alguna vez le has cortado la cabeza a alguien?— preguntó de sopetón, sabiendo que, como mucho, Vishous le enviaría nada sutilmente a hociquear en sus propios asuntos, pero no se escandalizaría por el tema.

—Yup.— el tipo asintió, tan pancho.

—¿De verdad?

Joder, estaba hartándose de mirarle desde abajo. Apoyó las palmas en la pared y se impulsó hacia arriba. Vishous seguía siendo casi veinte centímetros más alto que él, pero al menos podía verle la cara. El Hermano dejó el Goose en el suelo y se sacó su eterno paquete de tabaco del bolsillo para prepararse un liado.

—Trabajé como mercenario para un mercader de los nuestros en Venecia, hace tiempo.— Por el ligero fruncimiento de labios, Qhuinn dedujo que fue mucho tiempo atrás—. Cuando tenía que acabar con alguien, a veces insistía en que fuera de forma limpia. La decapitación es lo más rápido.

Y para cenar tendremos puré de patatas con cordero al horno.

Coño, cómo puñetas podía hablar de una burrada así sin que le temblara el pulso. Qhuinn se lo quedó mirando unos segundos, mientras V espolvoreaba hierba en el papel de fumar y luego lamía uno de los lados para pegarlo. Lo frotó entre los dedos para después llevárselo a la boca y encenderlo. Volvió a hablar tras la primera calada.

—Con el tiempo aprendes a separar las culpas de lo inevitable en este oficio.— comentó con el ceño fruncido.

—¿Sabes por qué lo hice?— Qhuinn tenía que conseguir una respuesta, como fuera, porque sus dos mitades estaban a punto de irse al carajo.

—Yo y todos los demás Hermanos.— V se giró a mirarle— ¿Tu familia y tus mierdas? Asunto tuyo. Ningún extraño tiene derecho a meterse. Le hiciste un honor a ese miserable, cuidaste de él hasta el final a la manera de los guerreros. Lo llevas en la sangre. Nadie más lo entenderá.

Joder. Puta mierda.

Qhuinn iba a desgastar la palabra “gracias” con Vishous, fijo. Al menos de pensamiento porque seguro que, si lo decía en voz alta, le enviaría a tomar por culo. Era su instinto el que le había pedido tomar las riendas del asunto, el impulso de proteger lo suyo aunque fuera en la condena. A honrar la sangre que no le había honrado a él evitando que manos extrañas acabaran con su familia. Pero eran los códigos morales civiles los que le estaban cortocircuitando.

Él ya no era un civil, ni un recluta, ni un noble. Era un guerrero. Y los de su clase le comprendían.

Lo cual alivió gran parte del peso que llevaba atascado dentro, pero los ojos muertos de su hermano seguían parpadeando. Qhuinn se dio cuenta de que habían transcurrido unos cuantos minutos en silencio. V seguía fumando despacio, bebiendo un trago de Goose de vez en cuando.

—¿Y qué haces con las imágenes que te quedan? ¿Alguna vez se borran?

Los irises blancos volvieron a dispararle una mirada de reojo antes de que Vishous perdiera la vista en el cielo que empezaba a clarear.

—Nunca. Sólo les haces sitio. Como a las culpas.

Qhuinn tuvo el privilegio, que sospechó que sólo disfrutaba Butch, de avistar el interior de V durante unas décimas de segundo. El tiempo durante el cual el Hermano aspiró medio cigarro como si fuera un narcótico para sus demonios internos. Y, a juzgar por la expresión de su rostro, tenía una amplia corte de ellos a los que sosegar. Después expiró el aire al cielo que empezaba a calentarse y, cuando le miró, sus ojos ya no traslucían nada.

—Va a salir el sol.

Inspiró. No quería volver a la habitación con Blay. No por su macho, sino por él mismo. Necesitaba más tiempo.

—No voy a trabajar en la fragua durante un par de días. Sólo lo digo, ¿cierto?

Qhuinn asintió, con los labios apretados, y después se restregó el rostro con las manos antes de entrar en la casa por la sala de billar, dejando a V apurando la oscuridad con el cigarro entre los labios.

No siempre era necesario dar las gracias. Había gente que entendía los silencios mejor que las palabras.

OOO

—¿Seguro que no estoy ridículo?

Blaylock levantó la vista del ceñidor de seda blanca con que estaba atándose la nívea túnica ceremonial para echar un vistazo a su macho. Qhuinn tenía los brazos abiertos, mirándose ante el espejo de pie de una de las puertas del armario de su habitación. Antes de poder evitarlo, Blay soltó una risilla por lo bajo. Sinceramente, la túnica blanca con el prendedor negro, uno de los colores de su casa, resultaba tan adecuado para Qhuinn como un tutú rosa para un elefante.  El moreno frunció el ceño al oírle.

—Lo sabía. Mejor voy en bolas.

Blay se acercó a él, abrazándole por la cintura desde detrás para contemplar el reflejo de los dos en el espejo.

—Rhage te mataría por ofender el día de la presentación de su hija. Casi puedo ver la escena. Sería espeluznante. Además, todos los Hermanos irán con la misma pinta.— depositó un beso en el cuello tibio de Qhuinn mientras sus manos se colaban entre las solapas de la túnica—. Por otra parte, tiene sus ventajas. Es muy fácil de quitar…

Qhuinn se dio la vuelta y le tuvo contra el espejo en menos de lo que se tarda en decir “joder”.

—Bien, podemos ponerlo a prueba.

Blay tuvo que frenarle con las palmas abiertas contra su pecho.

Después. No vamos a llegar tarde a la ceremonia. Además… aún me estoy recuperando de lo de esta mediodía.

La sonrisa de Qhuinn adquirió el grado de inclinación adecuado para darle el aire de depredador sexual habitual en él antes de que su macho se separara un paso con las manos alzadas.

—Está bien, me comportaré. Después de todo, mierda, la ocasión lo vale.

Blaylock supuso que sí. El nacimiento de un bebé era el acontecimiento más celebrado en la vida de la raza, muy por encima de emparejamientos o funerales. La bendición de una nueva vida que había conseguido abrirse paso desde el Otro Lado a los brazos de sus padres, superando las dificultades del parto, era una ocasión que ni el guerrero más frío dejaría pasar sin festejar.

Ahna no acababa de venir al mundo, pero sí había nacido recientemente a su nueva vida. Era ya la hija legítima y heredera de Rhage y Mary, otro ángel que dulcificaba la mansión con sus gorjeos y otro motivo para seguir peleando día a día. Y seguro que la criatura no había tenido una ceremonia de bienvenida como merecía el día de su auténtico nacimiento.

Así que la familia entera, desde el Rey hasta el último doggen, se había volcado con su bendición, que se prolongaría durante noches. El recibidor de la mansión había sido engalanado con grandes cintas de raso azul intenso, el color familiar de Rhage. Esa noche, las grandes puertas de entrada permanecerían abiertas en señal de bienvenida, y la brisa del verano mecería las cintas como si fuera un pedacito de cielo. Todas las otras puertas de la casa, incluidas las de los armarios, lucían pomos de flores del jardín, para simbolizar la llegada de una nueva vida a este mundo. A pesar del calor, las chimeneas de la casa estaban encendidas, alumbradas por piezas de aromática madera tratada, cuyas llamas ardían rojas en honor de la sangre del ser querido.

Cada uno de los Hermanos, sus shellans y los reclutas como ellos tenía preparada la larguísima cinta con el color de su casa con que, uno a uno, adornarían la cuna de la pequeña Ahna, arropándola en un arcoiris de alegría, protección y amor. Recibiría joyas y regalos. Luego sus padres envolverían al bebé en una toquilla especial, tejida para ese momento, y harían el honor de dejar que los demás sostuvieran aquel pequeño gran milagro.

Blay temía ese momento más que a una horda de restrictores. Porque sabía que no sería capaz de coger a Ahna en brazos y de mirarla a los ojos sin que la culpabilidad por no haber podido salvar a su madre le carcomiera.

—¿Crees que le gustará nuestro regalo?

La pregunta de Qhuinn, planteada por milmillonésima vez, le arrancó un suspiro mientras cerraba la puerta del armario.

—¿Cuál de ellos?

Qhuinn había tirado la casa por la ventana, con su generosidad habitual. Entre los dos habían encargado una pequeña pieza de joyería como regalo “oficial” para Ahna: un pequeño ángel labrado en plata brillante con dos diminutos zafiros por ojos, un prendedor para la toquilla. Y luego estaba el otro regalo, el que entregarían cuando acabara la ceremonia oficial. Qhuinn había insistido en que un body rosa con las letras AC/DC en amarillo era perfecto para su sobrina oficiosa.

—Los dos, idiota.— Qhuinn le dio veinte vueltas en las manos a la pequeña cajita.

—Les encantarán. Los dos.— Blay recuperó el envoltorio antes de que su macho la tirara al suelo—. Deja que yo coja éste y tú el otro. Y cálzate de una vez. Llegaremos tarde.

Qhuinn revoloteó por media habitación en busca de las dichosas sandalias que completaban el conjunto, murmurando algo en referencia a “película” y “Los Diez Mandamientos”. A su pesar, Blay sonrió mientras le miraba. Wrath y Butch habían estado en lo cierto; Qhuinn se había repuesto de lo de Eckle o, al menos, lo había interiorizado.

Había dormido en la fragua de V durante dos noches, sin abandonarla durante esos días gracias a que Blay le había llevado comida. El primer día sólo murmuró un agradecimiento. El segundo le sonrió un poco y le pidió algo más de tiempo. Y el tercer día le sorprendió entrando en su habitación cuando él ya dormía y tomándole con una necesidad tan intensa que aún estaba magullado. No es que se quejara. Blay suspiró de alivio al ver que su macho estaba de vuelta con la cordura intacta. O, más bien, con la herida en su cordura cicatrizada. Pero sabía que él no iba a estar a la altura de las circunstancias en algo tan sencillo como coger a un inocente bebé en brazos.

—¿Vamos?— Qhuinn abrió la puerta de un tirón, con una bolsa en una mano y una sonrisa de impaciencia.

—Tú primero… tito.— le tomó el pelo.

—Hey, técnicamente no es mi sobrina. No soy un Hermano.

—Como si lo fuera. La malcriarás igual.

—Ahí le has dado.

El pasillo de las estatuas parecía sacado de una película del Renacimiento italiano: las mismas cintas azul intenso colgaban del techo, marcando el camino hacia la habitación de los nuevos padres. Entre las estatuas se habían dispuesto carritos con exquisiteces que los doggen llevaban horas preparando y los Hermanos vestidos con túnica se mezclaban con sus shellans, vestidas para la ocasión con vestidos sueltos del color de sus familias o de su hellren, en el caso de las humanas.

Blay distinguió a Xhex en una túnica gris, disimulando la risa ante la expresión de fastidio de John.

“Parezco Casper, joder”, manoteó su amigo, mirándose vesido de blanco de pies a cabeza.

—Únete al club, chaval ¿Cuándo entramos?— Qhuinn estiró el pescuezo para poder otear por encima de las cabezas.

“¿Qué le pasa?”

Sobrinitis aguda.— diagnosticó Blay.

—Ah, venga, la vida ya nos tira bastante mierda encima. Disfrutemos de las ocasiones felices.— Qhuinn les guiñó un ojo.

“Tu filosofía es más simple que el mecanismo de un chupete”, John rió en silencio.

—Pero acertada.

El vozarrón de Wrath a sus espaldas los hizo cuadrarse como reclutas del sargento de hierro. Recordaba a alguna especie de rey guerrero de la Antigüedad, con aquella túnica sobre su descomunal masa muscular, y Beth era la reina perfecta, con un vaporoso vestido rojo y el Rubí de Sangre en su mano.

Tras ellos, la Directrix Amalya precedía, con una cesta de mimbre blanco en sus manos, una pequeña corte de Elegidas. Estaban Layla, Selena y cinco más que Blay no conocía, todas con flores en sus tocados y alrededor del cuello, radiantes. Entonces recordó las enseñanzas de su madre: las Elegidas eran el apoyo religioso de la raza, las encargadas de bendecir los ritos de paso más importantes, entre ellos, y en primer lugar, la llegada de un niño. Phury, con ceñidor verde, y Cormia, vestida de dorado, las acompañaban, con las largas cintas ya en su mano.

La pequeña muchedumbre que atiborraba el pasillo de las estatuas se abrió en dos como las olas del mar, dejando paso a la Primera Familia y a las Elegidas. Blay y sus amigos se apretaron entre una ninfa de mármol y un pastor, intentando no perder detalle. Wrath y Beth se detuvieron ante la puerta de los nuevos padres, adornada con flores y cintas azules en todo su arco. El Rey golpeó la madera tres veces.

Abre la puerta si vienes en son de paz o retírate para salvar tu vida si no es así. Porque este es hoy el hogar de la alegría. Sólo los que vengan a compartir nuestra bendición tendrán un lugar en él.

Dios, qué serio sonaba Rhage recitando la fórmula tradicional. Blaylock supuso que había ciertas cosas que cualquier macho de valía se tomaría muy, muy a pecho. Una hija era una de ellas. Wrath sonrió de oreja a oreja cuando empujó la madera.

Haznos espacio, entonces, padre, porque venimos a celebrar tu bendición y la de tu shellan y a compartir vuestra alegría.

Desde su posición, a punto de clavarse un dedo de la maldita estatua de la ninfa, Blay vio la sonrisa de crío-con-los-regalos-de-Navidad de Rhage y el abrazo de oso que compartió con Wrath.

—Vamos, pasad todos.

El olor de las flores estuvo a punto de marearle cuando cruzaron el umbral de la habitación. O a lo mejor era por la concentración de cuerpos, a pesar de que las puertas que daban a la balconada estaban abiertas. Blay rehusó admitir se trataba de la maldita tensión que le estaba cortando el riego sanguíneo.

Mary estaba de pie en la habitación, junto a la cuna con dosel. La niña debía dormir normalmente en el pequeño cuartito adosado pero, para la ocasión, habían colocado la cuna en un lugar con espacio. La humana resplandecía, sin lugar a dudas, con el tipo de alegría que viene del interior. Vestía de azul intenso, la misma tonalidad que los ojos eléctricos de Rhage, y sus dedos acariciaban la baranda de la cuna como si fuera la manita de su hija. Sonreía de tal modo que algo de la pena que Blay arrastraba se fundió bajo ese calor.

Venid a conocer a nuestra hija— invitó Hollywood, al otro lado de la cuna.

—¿Cómo debemos llamarla?- Wrath sostenía en sus manazas la larga cinta carmesí de su rango.

Ahna, hija de Rhage y Mary, es su nombre.

Mierda, al gigante capaz de partir a un hombre en dos y de transformarse en dragón le tembló la voz. Rhage no intentó disimularlo con una tosecilla ni con ninguna idiotez. Era el orgullo lo que le tenía emocionado, no la debilidad, eso lo sabían todos los presentes. Beth se adelantó hacia la cuna, con la mano de Wrath enlazada y la cinta turquesa que la proclamaba hija de Darius en la otra.

—Bienvenida a esta familia, pequeña Ahna.

La hembra se puso de puntillas para colgar su cinta del extremo del dosel de la cuna, dejando que el satén colgara hasta el suelo, y Wrath la imitó, ayudado por ella para encontrar el lugar exacto. La directrix Amalya fue la siguiente, colgando la cinta blanca de las Elegidas y murmurando una bendición inclinada sobre la cuna, seguramente acariciando la cara de la niña.

Uno tras otro, los Hermanos y las familias de la mansión dejaron su tributo. Al cabo, el verde de Phury y Zsadist, el púrpura de Bella y Rehvenge, el dorado de Cormia, el plateado de Vishous y Payne, el también carmesí de Butch, el naranja de Tohrment e incluso el extraño tejido plata y oro de Lassiter acunaban a la chiquilla en un caleidoscopio fantástico. Xhex colgó su propia cinta gris, trenzada con el turquesa de John, y poco después Qhuinn casi patinó en sus prisas por prender la cinta negra de su familia. Su macho se inclinó sobre la cuna con una sonrisa, echándole un vistazo a Ahna.

—Joder, nena, vas a hacer lo que quieras con nosotros, ¿lo sabes?

—Vigila esa lengua delante de mi niña, chaval.

La reprimenda de Rhage, de quien nadie diría jamás que tenía un Shakespeare oculto, arrancó risas de todos los presentes, aligerando el protocolo de la ceremonia. Al volver a la formación, Qhuinn le dio un empujón en el hombro, animándole a que colgara su cinta.

Blay caminó como un autómata, superponiendo al recorrido hasta la cuna el que había hecho desde el sótano de aquella cabaña mugrienta al exterior, donde Butch había aspirado a la madre de Ahna. Estiró el brazo para poder colgar su cinta blanca, arreglándola para que cayera junto a la de Qhuinn, y miró de reojo a la cuna. La niña estaba tumbada boca arriba, con un delicado vestido de tul blanco con diminutos zapatos a juego. Sonreía, encantada con las caras que se asomaban a verla, y golpeaba el colchón con las piernas regordetas. Sus ojos, grandes y redondos, eran de un azul brillante. Pero él sólo veía la mirada desorbitada de su madre, empapada en sangre, cuando la habían encontrado tras su prisión mágica.

Retrocedió tan rápido que casi tropezó con sus propios pies.

Por suerte, si alguien se dio cuenta de su vergonzoso comportamiento, no lo mencionó. Demasiadas risas y charlas en la habitación le salvaron de que le prestaran atención. Qhuinn le pasó el brazo por los hombros cuando se escurrió a su lado y le dio un cabezazo amigable mientras la ceremonia proseguía. Amalya volvió a adelantarse, sacando de la cesta de mimbre una prenda de seda azul con pequeños bordados, tan etérea que parecía hecha por espíritus, y se la tendió a Mary.

—Este es nuestro regalo para la pequeña Ahna. La toquilla de su presentación. Todas la hemos tejido y bordado con amor, y tiene las bendiciones de la Virgen Escribana. Sin duda, es mucho menos de lo que la niña recibirá de sus padres a lo largo de su vida.

Mary apretó la prenda contra su pecho un momento antes de abrazar por sorpresa a Amalya y besarla en las mejillas, mandando a la mierda el protocolo.

—Gracias. A todas.

Bueno, quizás las Elegidas no eran tan frías y distantes como creían. Amalya enrojeció como una escolar de Primaria mientras las demás intercambiaban risitas y cuchicheos.

Mary se inclinó sobre la cuna, susurrando con ternura mientras arreglaba la toquilla. Cuando levantó a Ahna, vestida de blanco y envuelta con la prenda azul, la aguerrida Hermandad de la Daga Negra –y allegados- se transformó en un coro de marujas con ataques de aaah-ooooh-ismo. Qhuinn incluido, aunque su macho intentó fingir un carraspeo que le valió un enarcamiento de cejas en toda regla de Xhex.

Nalla, en brazos de su madre, chilló encantada al ver por fin a la otra niña, Ahna correspondió con un gorjeo acompañado de una especie de “uh-uh” y la inteligencia media de los congregados se desplomó diez puntos entre “cielos, qué dulzura” y “fíjate en mis sobrinas”. Blay reprimió una punzada de proteccionismo nostálgico al ver la reacción de los bebés. No tenía ningún derecho porque formalmente no eran su familia pero… mierda, entraría de cabeza al infierno armado sólo con tirachinas si era necesario para protegerlas.

A juzgar por la velocidad con la que Ahna empezó a pasar de brazo en brazo, recibiendo besos en las mejillas y caricias en la pelusilla rubia, el impulso era compartido.

—Voy a darles el regalo.— Qhuinn, afectado como el que más por el Síndrome de Atontamiento Infantil, empezó a manotear con la bolsa— ¿Vienes a cogerla?

Negó con la cabeza.

—No… yo… voy a tomar el aire, ¿vale? Ahora… iré.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, es sólo que hace mucho calor aquí dentro.— ensayó una sonrisa—. Ve con ella, ahora vuelvo.

—Está bien.— Qhuinn lo miró con atención un momento pero luego se internó en el corro de besadores y cogedores compulsivos de bebés.

Blaylock contempló un segundo a los reunidos, especialmente a Butch, que sostenía a Ahna entre sus enormes brazos y acariciaba su cabecita con una manaza ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo mierda había conseguido superar el hecho de que se había tragado literalmente a su madre? ¿Cómo demonios cualquiera de los que había estado allí aquella noche era capaz de mirar a la niña a los ojos y no ver a su madre agonizante? ¿O sí la veían pero alguna especie de coraza desarrollada por los años en la guerra les protegía?

Agachó la cabeza y salió de la habitación hacia la amplia balconada común de que disfrutaban todos los cuartos de esa ala de la mansión. Caminó hasta el murete con vistas a los jardines y apoyó los brazos. El aire sofocante de principios de la noche en agosto no hacía una mierda por librarle de la sensación pegajosa que arrastraba, como si los recuerdos estuvieran asfixiándole.

Daría lo que fuera por un pitillo pero el conjunto de celebrante no incluía bolsillos, así que sus Dunhill dormitaban en la mesita de noche de su habitación. Sopesó caminar hasta allí y coger el tabaco pero, en realidad, no quería alejarse del cuarto de Rhage y Mary. No quería excluirse de la alegría únicamente… joder, por ser incapaz de quitarse las imágenes de la cabeza. Así que permaneció donde estaba, con los ojos perdidos en los puntos de luz que iluminaban el jardín nocturno y el sonido de las risas de fondo, al que al cabo se unió la voz de tenor de Zsadist, seguramente cantando en honor a las niñas.

Un buen rato después, un suave tirón del dobladillo de la maldita túnica le devolvió al mundo presente y Blay bajó la vista para encontrarse, justamente, con la pequeña Ahna, sonriéndole con sus dientecitos y sus ojos azules. La niña se sentó y se llevó los puños a la boca, emocionada con su proeza de gatear por la balconada.

A él se le hizo un nudo en las tripas y miró hacia arriba, desesperado por que Mary estuviera cerca y no tuviera que coger al bebé para llevarla de vuelta con sus padres. La humana estaba sólo a un par de pasos, observando los progresos de su hija.

—Le gustas, Blay.— Mary se acercó a ellos, con la pequeña sonrisa tranquila que volvía a lucir.

—Le encanta mi túnica, querrás decir, seguro que cree que soy una hembra.— tragó saliva, intentando devolverle el gesto sin conseguirlo del todo. En el suelo, Ahna se sacó los puños de la boca y alzó los bracitos hacia él.

—¿Por qué no la coges?

Blay había sostenido en brazos a Nalla muchas veces; la pequeña de Z era como el oso de peluche de toda la casa. Pero nunca a Ahna desde la llegada de la niña.

—Porque… — pasó la mirada entre el bebé y Mary, apretando los puños. La niña empezó a gimotear—. Porque no puedo.

Mary lo miró un segundo antes de agacharse para alzar a su hija en brazos, besándole la coronilla y sacudiéndole el vestido manchado.

—¿Sabes? Durante unos días yo tampoco pude cogerla.— murmuró al cabo de un momento.

—¿Qué? ¿Por qué no?— demonios, no había nadie tan maternal como Mary en esa casa. Tacha casa, en el mundo entero.

La humana acunó a la criatura, que seguía mirándole como diciéndole “tonto, ya no te estoy, me has dejado tirada con el culo en el suelo”.

—Porque no quería ser madre así, a este coste.— murmuró tan flojito que casi no la oyó con el rumor de fondo de la celebración—. Supongo que tú tampoco querías ser adulto, entrar en la guerra, al precio de lo que sea que viste. Rhage insiste en no querer contármelo.

Meditó un momento la expliración y asintió. Como siempre, Mary daba en el clavo. Quizás sólo estaba teniendo un ataque de complejo de Peter Pan, rechazando a la niña porque en realidad rechazaba haber tenido que crecer a costa de llenarse los ojos de imágenes sangrientas.

—Los malos recuerdos no se borran nunca, ¿verdad?

—Por lo que he aprendido, no. Así que nos quedan dos opciones: o dejamos que nos consuman y vivimos amargados o nos hacemos más fuertes, aprendiendo a aceptarlos como parte de nuestro pasado sin dejar pasar las buenas cosas.— apoyó la mejilla sobre el pelo rubio de Ahna—. Ella es una de estas buenas cosas.

Blaylock estudió al bebé con fijeza hasta que la criatura hizo un puchero, impresionada por su seriedad. Sintiéndose culpable, levantó la mano para acariciarle la mejilla suave con un dedo. Ahna se lo cogió, sonriendo con un “¡Ajá!” sin palabras y él no puedo evitar corresponderle. Entonces la risa del bebé tintineó como los cascabeles. Blay no tenía mucha experiencia con niños, pero sí había visto que a las madres maltratadas del Refugio se les borraba toda señal de sufrimiento del rostro cuando sus hijos reían. Era como si su inocencia y sus ganas de vivir tuvieran el poder de limpiar a los adultos.

Tomó a la niña en brazos con cuidado, acostumbrado a sostener pesos enormes pero no algo carnoso, liviano y frágil. Ahna estalló en un concierto de gorjeos, meneando los brazos y las piernas de pura alegría.

—Le encanta cuando la cogéis los guerreros, debe parecerle que está en lo alto de una montaña.— Mary sonrió un poco más, sin perder la serenidad que la convertía en referente para todos los que buscaban su ayuda.

La niña cogió uno de sus mechones pelirrojos y tiró de él para estudiarlo, bizqueando fascinada.

—¡Au! También le gusta mi pelo.

—Cuidado, Blay, si su padre ve que intima demasiado contigo, tendrás problemas. Ya tiene un bate de béisbol preparado para ahuyentar posibles novios.— bromeó Mary.

—¡La Virgen me ampare!— Rió y el bebé lo hizo con él. Luego forcejeó para sacar la cajita del bolsillo y tendérsela a la humana sin soltar a Ahna—. Ten, es nuestro regalo oficial. Espero que te guste.

—Ya he visto el oficioso. Rhage está encantado con el body, no sabe si ponerle primero el vuestro o el de los Red Sox de V y Butch.— Mary rió por lo bajo mientras abría la cajita y dejó escapar un “oh” suspirado cuando vio el pequeño ángel de plata—. Dios, es precioso, Blay, no tendrías que haber escogido algo tan caro ¿O adivino que es un regalo conjunto con Qhuinn?— preguntó con una media sonrisa.

—Lo es.— hizo una gañota mientras Ahna le toqueteaba la cara con las manitas.

—Entonces dale también este beso de mi parte.— Se puso de puntillas para poder llegar a su mejilla y depositar un ligero beso—. Lo usaremos como prendedor para su toquilla, ¿te parece bien?

—Me parece perfecto.

Allí, con la hija de la mujer que no pudo salvar en brazos, Blaylock aprendió la lección más importante sobre la guerra: no hay que luchar sólo para evitar que lo malo vuelva a ocurrir, porque eso te hunde en el cieno de la culpa.

Sobre todo, hay que luchar por preservar lo bueno que está por venir.

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27 comentarios to ““Amantes Liberados”, parte 3 del capítulo 7, “Deja que sangre””

  1. lilo lopez Says:

    GRAACIAS, GRACIASSSSSSSSSSSSSSSSSSSS…..ME VOY NO SE CUANDO VOLVERE YCUANTAS NEURONAS ME QUEDARANNNNNN……UN ABRAZO Y UN BESO…..DIOOOOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

  2. lumross Says:

    Mil gracias Vane!!!! Es increible el esfuerzo y dedicación que has puesto en esta historia, y aún sin haber leido el final puedo asegurar que sera tan bueno como todo el fic, por ke hasta ahora todo lo ke has hecho ha sido asi.. Mil gracias por esta historia… !!!! ^_^

    • lumross Says:

      Voy a tener pesadillas con esa decapitación…. JODER! O____O… eso fue bastante… perturbador…. me has dejado atonita ( y con el estomago revuelto…. ) Muuuuy realista…. increible capi… pero ciertamente macabro… x____x

      • Um, tuve un pseudodebate conmigo misma sobre hasta qué punto tenía que describir una decapitación, si pasaba de puntillas o no. Al final me decanté por describirla como el horror que debe ser, primero para ponernos en la piel de Qhuinn y calcular lo hecho mierda que quedó y después porque, si no he puesto filtros en la violencia hasta ahora, pues no iba a empezar a dos pasos del final. Siento la perturbación^^;

  3. ultrawoman8 Says:

    Joder Vane, yo ya odiaba al hijoputa de eckle, pero después de ver a través de sus ojos has hecho que lo odie todavía más… tanto que me estaba envenenando… me ha encantado guapa y V… vamos a tener que hacerle una taza al mejor papá del año… a ver si al final va a ser un blandengue… yo creo que él ya tenía decidido ir pero esperó a que le azuzara Butch para poder decir que lo hizo obligado… Muhahaha.

    • Eckle está diseñado para ser odiado, aunque intenté que, al menos, se entendiera el por qué de sus actos. No digo que lo excuse, pero sí que se entienda. Y V… vamos, mujer. ÉL no quería ir con Qhuinn, Por supuesto que no. Para nada. No sé de dónde has podido sacar eso 😉 *ojos en blanco a los estúpidos machitos* ^^

  4. PURRITA Says:

    Oye, seguro que no eres abogado?, es increible la escena del Consejo. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, ………… podria escribir esta palabra un monton de veces y no llegaria ni de lejos a mostrarte mi gratitud por tu entrega y tu buen escribir. Voy a por la siguiente

    • ¡¡No, no soy abogado!! Pero me he chupado unas cuantas series por la tele, así que algo del vocabulario se te acaba enganchando 😉 ¡¡¡Y soy yo la que tiene que dar las gracias por haberme acompañado hasta aquí!!!! ¡¡Muchas gracias y un besote!!!

  5. BloodMoon Says:

    ¡¡¡¡AAAAAH!!! Me toca leer como una loca hasta dejarme los ojos delante de la pantalla. ¡Dios!! Gracias Vane, eres la mejor.
    Voy a leer, que ya no puedo con la intriga de como continua este pedazo finc que te has currado.

    ¡¡Mil Gracias VANE!!!!.

  6. embrulove Says:

    Estoy llorando..de verdad de la buena…y ahora a por el 8….

    • *tendiendo una caja de kleenex* Ala, mujer, que no es para tanto. Cosas más horribles han pasado en la historia ^^; ¡¡Espero que al final lo disfrutes!!! ¡¡Besotess!!

  7. Patricia Says:

    Todavia recuerdo cuando decia: ………..”empalar a Ekle”…….. La saco barata!!!!!……..solo lo decapitaron, tambien lo hubiese torturado….jajajajajajajaj
    Como siempre, soberbio el capitulo……..voy al 8

    • Ah, es lo que tiene ser de sangre azul. Las torturas quedan para los pobres civiles, a los nobles fifis se les decapita ¬¬

      ¡¡Me alegro de que te gustara guapa!!!

  8. Gracias!!! Me encanto el cap… La verdad no creí que Qhuinn realizaría el trabajo, perooo me equivoque, bastante bueno. besos!

    • Bueno, lo hizo como gesto de honor hacia su antigua familia, pero sigue siendo una barbaridad que va a llevar grabada toda su vida, pobre Qhuinn :C

      ¡¡¡¡Muchas gracias y un besote!!!

  9. ikumi Says:

    Waaa!!!! Muchas grax Vane!!!!….Me encanto de principio a fin, waaa… se me salen mis lagrimitas!!!!!….bueno huyo a leer el cap. 8!!!

    Saludos!!!

  10. nenaaaa… me dejas como siempre, con la boca abierta ante ese arte que tienes escribiendo. te sigo desde el principio del blog, y siempre que vuelvo a leer algo tuyo pienso, vaya esto es bueno muy bueno. pero cuando sigues escribiendo y yo sigo devorando todo lo que escribes, pienso vaya esto es mejor mucho mejor. y así hasta la actualidad. lo cierto es que me tienes encandilada, sugestionada, subyugada por tu impresionante forma de escribir, por la información que recopilas , de como logras plasmarla para trasmitirla con la fuerza que lo haces. la escena de la reunión de la glymera, hasta la ejecución de elclke, todo paso por paso absolutamente chapó. aahhh! mi V ,perdón nuestro V, ¿se puede ser más adorableee..? , (miro para arriba a la espera de que una mano enguantada en cuero negro y echando chispas me quiera electrocutar). y la escena del bautizo de ahna, emotiva , tierna, hacen que nuestros grandullones parezcan unos osos de peluche, tremendamente intimidantes, eso sí. bueno que esto se va pareciendo a un testamento, espero haber dejado claro que me encanta esta historia, y el talento que tienes y que nos demuestras cada día con tus magníficos escritos. nena eres buena muuyy buena. mañana seguiré leyendo lo demás, porque si sigo probablemente sufra un cortocircuito. y no quiero perderme absolutamente nada de lo que escribes. te mando abrazo de oso y un tremendo besote.

    • Quita, que yo sueño con una sombra con ojos blancos que me acecha para colgarme de un pino *glups* Bueno, V ha llegado a un punto en que es capaz de sentir cierto cariño por alguien además de Butch (ahí está Rhage, por ejemplo, y el resto de la HErmandad). ¡¡OTra cosa es que sea capaz de demostrarlo!! Suerte que tiene al poli para patearle el culo.

      Me alegro mucho de que te haya gustado y sip, algunas partes han supuesto cierto trabajo de investigación pero qué menos, ¿no? Si quieres intentar que el mundo que describes parezca real (no digo que lo consiga), pues cuantos más detalles, mejor. Y no, no te cortocircuites que, salvo desastre, esto seguirá aquí para leerlo con calma cuando puedas^^

      ¡¡Muchas gracias a ti por haberme hecho compañía desde el principio, la afortunada soy yo por haber encontrado tanta gente con la que compartir unos ratos de risas!! ¡¡Besotess!!!

  11. No comprendo como una escritora como tú no tiene un club de fans mojándole las faldas…como siempre me has hecho rabiar, entristecer, estremecer y enamorarme aún más de la Hermandad…definitivamente usted se merece un altarcito, Vane.. un besote desde Vzla.

    • Er, no, no creo que me merezca un altar^^; ¡¡¡Pero me alegro de que te esté gustando la historia en su final!! 🙂 ¡¡¡Muchas gracias y besotes!!!

  12. Ayer me salte esta ultima parte del capi, y menos mal que me agarró con otro humor (xq madre mía q subidón de emociones).

    La escena del consejo: como manejaste los tiempos y a cada uno de los personajes, sus diálogos, el clima y las emociones q me generaron como lectora fueron simplemente SUBLIMES.
    La parte de la ejecucción de Eckle, apesar de la miríada de opiniones que pueda dar lugar fue hecha sobriamente, muy bien descripta y acorde con el resto del relato. Los sentimientos de Q y la manera en q cerró esa etapa de su vida a causa de esa familia realmente me permitieron verlo como un sobreviviente, un macho de valía que se merece lugar que ocupa en la hermandad.
    Y como broche final la ceremonía de Anha y la alegría de todos en contraste con las emociones de Blay… En fin…

    Si pudiera elegir solo una palabra para expresar lo mucho q admiro la manera en q escribes, lo dedicada y detallista q sos y el amor q le ponés a tu creación creo q la estaría inventando!
    Vane, unos miles de gracias no me alcanzarían… y aunq no lo parezca no quisiera seguir embarrandote los pies con mis babas! jaja 🙂 Ahora hasta el final no paro….

    • Es que el pobre Qhuinn es un superviviente. Mira que le han dado hostias en la vida, de todo tipo, y, después de haberse descompuesto como ser “humano”, míralo, ahí está. Derecho y bien fuerte. Este tío vale, sin duda^^

      Me alegro de que te gustara la escena del Consejo, meterme en el cerebro de Eckle me dejó con ganas de bañarme en lejía, pero era necesario. Y la decapitación… bueno, tenía que hacerse. Pero intenté describirla de forma que nos permitiera comprender lo que estaba sintiendo Qhuinn más que regodearme en la cosa en sí. No sé si funcionó.

      Y Blay… Cada uno tiene sus fantasmas. Esas imágenes que todo soldado viejo lleva encima después de años en el campo de batalla. Eckle decapitado es el fantasma de Qhuinn, y Ahna (madre) el de Blay. Le ha llevado un tiempo no traspasar esa culpabilidad al bebé. Como decía, es el capi en que los chicos definitivamente se nos hacen mayores, donde dejan de lado toda esa gilipollez tan machito de banalizar la violencia y tomarse la guerra como si fuera un campamento scout. Las guerras son horribles y sus consecuencias también; dejan huellas. Eso era lo quería mostrar, no sé si lo conseguí.

      ¡¡Muchísimas gracias por todo, guapa , besotess!!!

  13. Me dio la llorantina, creo que soy de lo peor.

    Jamás había llorado por ningún capítulo, ay Dios.

    Wrath for ever

    • No, Sol, mujer, no llores que no vale la pena^^; Me alegro de que te haya gustado, esperemos que el final también *cruzando los dedos* ¡¡¡Besotes!!

  14. TaigaBriareos Says:

    Vanee!!! Te diré que aún no he podido terminar este capítulo, las otras partes ya me las leí y me encantaaannnnn… entre la falta de tiempo… y yo creo que porque no quiero que se acabe pueesss aún no he empezado esta parte…

    También me gustaría decirte que no recuerdo donde dijiste que ibas a hacer un shot o algo con un trio de VB y Rh…. mmmmm, pos a mí me gustan los tríos si son una chica y dos chicos o tres chicos, mi guta peroooo… no me gusta en una pareja que son del estilo M-I-O…. y menos aún con Rhage, que me gussta ¿eh? me encantó su historia con Mary, pero no lo veo en trío… si fuera con Saxton sería otra cosa ves jejejjejeee….

    Además me gustaría pedirte un favor, bueno, a tí y a tu musa maravillosa por supuesto jijijijiji, ej que desde que ví la peli de Master and Comanders, siempre ví una relación entre el capitán y el médico, hacían una pareja estupenda…. ¿no podrías por favor escribir un fic de ellos?… ¿un fic de Master and Comanders con la historia del capi y el médico?… ¡¡¡¿¿¿por favor???!!!

    Bueno, y ya te dejo tranquila dandote las gracias por alegrarme la vida con tus historias, esperando que te vaya bien, que tu madre esté bien, etc, etc, etc… Estaré esperando tus historias, aunque aún no he acabado esta ni empezado lo del rol ese que has cogido ^.^

    Te mando un abrazo arrechuchao!!!

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